CULTURA|OPINIÓN
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“La Antártica empieza aquí” de Benjamín Labatut: personas invadidas por las obsesiones de otros
Los relatos, si bien atrapan, luego producen una incomodidad, lo cual es un mérito de la obra. Porque nos van mostrando la falta de un núcleo sólido de identidad. Los personajes absorben delirios ajenos, deseos ajenos, enfermedades ajenas, culpas ajenas, hasta cuentos ajenos.
Comienzo por confesar que no había leído a Benjamín Labatut, tiendo a desconfiar de la calidad de los best sellers, pero por tratarse de un compatriota, hice a un lado mis prejuicios y leí “La Antártica empieza aquí”. Fue una buena decisión. Explicito este contexto, para aclarar porqué, a diferencia de otras críticas que se han publicado, no me referiré a la relación entre este libro de relatos, publicados originalmente el año 2010, y su obra posterior (“Un verdor terrible”, “La piedra de la locura” y “MANIAC”).
Hay algo inquietante en “La Antártica empieza aquí”, que recién se vuelve visible cuando uno mira sus relatos en conjunto: si no todos, al menos en la mayoría de ellos se narran formas de algo que podríamos llamar “contagio”. No contagios biológicos necesariamente, aunque de esos también los hay, sino irrupciones de alto impacto de algunos personajes en la vida de otros, irrupciones mentales, afectivas, simbólicas. En este libro, las personas no cambian drásticamente por decisión propia; son invadidas por las obsesiones de otros.
Y quizá por eso los relatos, si bien atrapan, luego producen una incomodidad, lo cual es un mérito de la obra. Porque nos van mostrando la falta de un núcleo sólido de identidad. Los personajes absorben delirios ajenos, deseos ajenos, enfermedades ajenas, culpas ajenas, hasta cuentos ajenos. Son organismos permeables. Lo terrible o lo incómodo, aparece como algo que pasa lentamente de un cuerpo a otro.
Eso es muy claro en el primer relato, el del periodista que investiga al misterioso poeta Karol Vacek. A simple vista parece una historia clásica de investigación: un escritor desaparecido, hijo de un alemán nazi, con un pasado como alumno de la Escuela Militar, testimonios muy parciales sobre su vida, una expedición mesiánica a la Antártica liderada por él. Pero lo notable es que el protagonista (Labatut) jamás descubre nada concluyente. De hecho, mientras más se acerca a Vacek, menos entiende quién fue realmente. Lo único concreto es la capacidad de Vacek para alterar a quienes lo rodean.
Todos los que entran en contacto con él (o con sus huellas) se transforman: Riquelme deriva hacia una paranoia; Fede se pone raro y desaparece absorbido por la historia; incluso el periodista, que intenta conservar distancia racional, termina atrapado en una lógica de sospecha permanente. La carpeta de documentos funciona casi como un objeto maldito.
Y ahí aparece algo muy inteligente en la estructura del relato. Labatut evita cuidadosamente confirmar si Vacek es un fanático, un visionario, un psicópata o simplemente una ficción construida por un militar trastornado. Esa ambigüedad permite mostrar cómo operan las creencias extremas. Lo decisivo no es la verdad objetiva tras relato antártico, sino el efecto que produce en quienes lo escuchan.
La Antártica, entonces, deja de ser una geografía inhóspita para convertirse en una fuerza con la que las personas son vaciadas de sí mismas para volverse receptáculos de otras cosas: ideología, misión, fe, fanatismo o violencia.
“La cura de Ana”, es probablemente el cuento más perturbador del libro. Lo fascinante ahí es que Labatut toma un esquema reconocible —la enfermedad y el encierro clínico— y lo transforma en una especie de pesadilla sobre la pérdida de categorías. Los enfermos y los médicos terminan siendo indistinguibles; el deseo se mezcla con el deterioro físico; la maternidad aparece como un acontecimiento casi involuntario.
Pero lo más inquietante es que la enfermedad nunca termina de definirse. No sabemos exactamente qué padecen los personajes porque la enfermedad no es solamente dermatológica: es una alteración de la relación entre el cuerpo y la identidad. Ana cambia de posición constantemente. Paciente, amante, doctora, madre. Las fronteras se deshacen.
El relato entero funciona como una inversión de la idea de cura. Cito: “La cura es la enfermedad, repetían los médicos”. Sanar aquí no significa recuperar estabilidad, sino adaptarse al delirio del entorno. La cura parece ser la integración total al sistema patológico.
En “Países Bajos”, en cambio, la irrupción que cambia la vida del personaje adopta una forma colectiva y masculina. El futbolista chileno Constantino Cooper es destruido en esa parte de Europa en la que habita, por una multitud —los hinchas le dan una golpiza que lo deja en coma— y luego es lentamente reconstruido por la violencia íntima de sus encuentros sexuales (ha dejado el fútbol y se dedica a la prostitución) y experimenta un cambio luego del discurso obsesivo de un cliente, un chileno, empresario y pinochetista.
El cliente masoquista no le cuenta su historia a Constantino para confesarse; parece necesitar transmitirle una visión del mundo fundada en la crueldad. La admiración por Pinochet, la matanza de reses cuando era niño, la Escuela Militar: todo aparece narrado como etapas de formación emocional. El mal, en el cuento, no es ideología; es pedagogía.
Y por eso el final resulta tan oscuro. No lo adelanto para que esta reseña no haga spoiler, pero si comparto la sensación que deja este relato; que la violencia colectiva puede ser irresistible.
“Club de campo” lleva esta lógica todavía más lejos porque convierte el sufrimiento en circulación pura. Es un relato construido sobre cadenas de transferencia emocional: Julieta pierde un embarazo; Paula absorbe el dolor ajeno mientras soporta insultos laborales; David abandona; Marcos se descompone mentalmente; todos terminan desplazando angustias hacia otros cuerpos.
Algo interesante del cuento es cómo la distancia geográfica —Madrid, Buenos Aires, Costa Rica— no interrumpe el contagio afectivo. Al contrario: las llamadas telefónicas, los viajes y las conexiones laborales crean una red de transmisión permanente. Nadie logra aislarse del dolor de los demás.
“Deseo” es probablemente el relato más complejo estructuralmente porque transforma el contagio en problema literario. Dos narradores, dos países y dos versiones de una misma historia. Aquí Labatut parece sugerir que las narraciones también poseen capacidad infecciosa. La historia del travestí milagroso no pertenece realmente a nadie; circula, muta y coloniza distintas subjetividades. La historia narrada bien pudo pre existir a los dos escritores. El encuentro entre ellos, Marcel y Sebastián es un clímax para el lector, en parte porque ambos creen haber encontrado algo único, y descubren que esa singularidad ya existe en otro.
Por último, “Alfredo en cama” resignifica retrospectivamente todo el libro. Después de tantos personajes ambiguos, delirantes o desbordados, la historia de Alfredo introduce una figura distinta: alguien cuya fragilidad mental no aparece romantizada ni convertida en alegoría. El saxofonista parece funcionar como un contraste con los otros personajes, genera más empatía.
Y ahí aparece algo que podría ser un segundo eje temático del libro. Si bien hay temas recurrentes como la locura, las enfermedades de los personajes, la política, y el azar, lo otro que une los relatos es la pregunta por cuánta realidad puede soportar una persona antes de quebrarse.
Y quizá por eso el libro sigue dejando una sensación tan extraña después de terminarlo: la impresión de que la identidad individual no es algo sólido, sino apenas una frontera provisoria contra aquellas irrupciones que pueden llegar desde otras personas.
Ficha técnica:
La Antártica empieza aquí.
Benjamín Labatut.
Anagrama. 2026.
164 páginas.
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