CULTURA|OPINIÓN
Crédito: Municipalidad de Ñuñoa
El patrimonio no es solo un “museo”: es la vida misma
El Día del Patrimonio es una celebración y también un recordatorio. Los invito a caminar por Ñuñoa, a entrar a sus palacios, a hablar con sus vecinos. Y a preguntarse, al salir, al terminar el recorrido, qué hace que un barrio valga la pena. La respuesta, estoy segura, no será solo la arquitectura.
Cuando alguien me pregunta qué es el patrimonio, mi primera respuesta nunca se va a remitir a pensar en edificios o monumentos. El patrimonio es la plaza donde los vecinos llevan a sus hijos los domingos, la cafetería que abrió en una casona restaurada, el mural que una comunidad eligió, el local comercial de fachada renovada que lleva décadas en el mismo rincón. El patrimonio bien entendido no se congela: respira, cambia y convoca.
Ñuñoa tiene la fortuna de contar con un patrimonio extraordinario: Villa Frei, Villa Olímpica, el Palacio García, el Palacio Ossa, entre muchos otros. Espacios que tienen historia, carácter y una comunidad que los habita y los quiere. Pero también tiene el desafío que enfrentan todos los patrimonios vivos: integrarse con la ciudad que los rodea, no quedar suspendidos en el tiempo como reliquias que solo se visitan una vez al año.
Desde Revive Ñuñoa trabajamos con esa convicción. No queremos que lo antiguo se congele y quede ahí, aislado. Queremos abordarlo como un patrimonio que se conecta con la ciudad contemporánea. Por eso intervenimos las fachadas de los locales comerciales de Villa Frei con los mismos colores que llegarán al eje Irarrazaval. Por eso sumamos murales, iluminación y cámaras de seguridad en el Paseo Ñuble. Por eso los palacios tienen programas culturales permanentes y no solo puertas abiertas para el Día del Patrimonio.
Sabemos que el patrimonio va más allá que una fecha en el calendario. Valoramos mucho que cada año el país se mueva y se conecte con tantos y tan extraordinarios lugares con un valor que trasciende al integrarse en la vida de las personas.
Lo nuevo y lo patrimonial son complementarios. Una cafetería bien instalada en un palacio restaurado no lo denigra, lo activa. Un mural participativo en una villa de los años 60 no borra su historia, la amplía. Esa integración estética y funcional es la que le da coherencia a la ciudad y la que hace que la gente se apropie de sus espacios, los cuide y los use todos los días, no solo cuando hay un evento especial.
El patrimonio también tiene urgencia. No puede esperar. Cada año que pasa sin intervención es deterioro que se acumula. Tenemos una ventana abierta en Ñuñoa, y la estamos usando. Pero esta tarea no es sólo de un programa ni de una municipalidad, toda la ciudad debe tomar conciencia de que sus patrimonios más valiosos no son los que están detrás de una vitrina, sino los que siguen siendo parte de la vida cotidiana.
El Día del Patrimonio es una celebración y también es un recordatorio. Los invito a caminar por Ñuñoa, a entrar a sus palacios, a hablar con sus vecinos. Y a preguntarse, al salir, al terminar el recorrido, qué hace que un barrio valga la pena. La respuesta, estoy segura, no será solo la arquitectura.
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