Opinión
Ignacio Ramírez/AgenciaUno
Lo que el temporal obliga a preguntar
El agua no improvisó ningún camino durante julio de 2026. Recorrió conexiones físicas, ecológicas y geomorfológicas que existían mucho antes de nuestras ciudades. La decisión que deja este temporal no consiste únicamente en reconstruir después del próximo evento extremo.
Durante unas pocas horas, el Norte Chico recuperó la memoria física de su territorio: quebradas, humedales, sistemas dunares, desembocaduras y marejadas volvieron a interactuar como un solo sistema.
Más que un desastre climático, el temporal generó una inquietud de fondo: si el desarrollo del borde costero ha sido planificado comprendiendo esa complejidad o si seguimos tomando decisiones sobre un territorio fragmentado en expedientes administrativos.
Durante unas pocas horas, el Norte Chico volvió a parecerse al territorio que fue durante miles de años. Las quebradas secas recuperaron el agua. La desembocadura del río Elqui volvió a comportarse como una verdadera desembocadura. Los humedales dejaron de ser simples manchas verdes en un plano regulador para recuperar parte de su función de amortiguación. Los sistemas dunares volvieron a movilizar arena frente al viento y al mar. Las marejadas recordaron que el borde costero nunca ha sido una línea inmóvil. Bajo la superficie, los bosques de macroalgas continuaron disipando parte de la energía del oleaje, cumpliendo una función ecológica casi invisible para el debate público. Por unos días, el territorio recuperó una memoria que la sequía había ocultado y que el desarrollo urbano suele dar por sentada.
Desde Tongoy y Playa Socos hasta la desembocadura del Elqui, el litoral ha cambiado profundamente durante las últimas décadas. Donde antes predominaban playas abiertas, humedales costeros, dunas continuas y asentamientos de baja intensidad, hoy se observa una ocupación mucho más densa, impulsada por el turismo, la segunda vivienda y nuevas infraestructuras urbanas.
Esa transformación ha generado actividad económica, inversión y nuevas oportunidades para la región. Pero también significa que las lluvias extraordinarias, las crecidas de los ríos, las marejadas y la dinámica litoral ya interactúan con un territorio muy distinto al de hace cuarenta años.
Nada de ello permite concluir que un proyecto específico explique los efectos observados durante el temporal. Esa es una pregunta que solo puede responderse mediante evidencia técnica.
Pero precisamente por eso conviene formular una interrogante distinta y más profunda: ¿Las instituciones públicas han evaluado esa transformación considerando el funcionamiento integrado del territorio o principalmente desde la lógica de proyectos individuales?
Existe un hecho difícil de discutir. Mucho antes de las lluvias de julio, organismos públicos ya habían advertido sobre la sensibilidad ambiental de la desembocadura del Elqui, de sus humedales y de distintos sectores del borde costero. Paralelamente, continuaban las inversiones inmobiliarias, turísticas y de infraestructura, mientras el propio Estado desarrollaba obras de defensa fluvial, protección costera y adaptación.
Todo ello demuestra que la complejidad del territorio era conocida. Lo que permanece abierto es otra pregunta: si esa complejidad fue incorporada de manera suficientemente integrada en las decisiones de planificación.
Los eventos extremos no ponen a prueba expedientes administrativos. Ponen a prueba sistemas completos.
El agua no distingue entre competencias municipales, ambientales, hidráulicas o marítimas. No reconoce límites comunales ni lee permisos de edificación. Desciende por las quebradas, ocupa antiguas planicies de inundación, atraviesa humedales, alcanza las desembocaduras y finalmente se encuentra con un océano donde las marejadas, las corrientes y el transporte de sedimentos obedecen a dinámicas propias. Lo que para la administración suele dividirse entre múltiples organismos y procedimientos, para la naturaleza constituye un solo sistema físico.
Durante miles de años, ese sistema acumuló una forma silenciosa de riqueza. Las terrazas marinas favorecieron la infiltración de agua. Los humedales amortiguaron crecidas. Los sistemas dunares absorbieron parte de la energía del viento y del oleaje. Los bosques de macroalgas redujeron la fuerza de las olas antes de que alcanzaran la costa. Ninguna de esas funciones aparece en las cuentas nacionales. Sin embargo, todas disminuyen riesgos y evitan costos que, cuando se debilitan, terminan siendo reemplazados por infraestructura gris cada vez más costosa de construir y mantener.
La discusión que deja este temporal trasciende, por tanto, la emergencia. Obliga a preguntarse si nuestros instrumentos de planificación continúan representando adecuadamente un territorio cuya dinámica está determinada por la interacción permanente entre cuencas, ríos, humedales, dunas, playas, ecosistemas marinos y océano.
Cuando el territorio cambia más rápido que los modelos con los que lo analizamos, el riesgo ya no proviene únicamente de la intensidad de las lluvias. También proviene de tomar decisiones sobre una representación simplificada de una realidad mucho más compleja.
El temporal terminó. Las preguntas recién comienzan.
¿Los permisos de edificación, las evaluaciones ambientales y los instrumentos de planificación territorial incorporaron suficientemente la interacción entre cuencas, quebradas, humedales, sistemas dunares, desembocaduras y dinámica costera, o analizaron principalmente cada intervención por separado?
¿Las modelaciones hidrológicas e hidráulicas utilizadas para autorizar la expansión urbana siguen representando adecuadamente el comportamiento observado durante los eventos extremos recientes?
¿Existe evidencia pública de que el efecto acumulado de décadas de urbanización sobre la resiliencia del litoral haya sido evaluado de manera integrada?
¿Estamos destinando recursos crecientes a infraestructura gris para reemplazar funciones que antes cumplían gratuitamente humedales, dunas, planicies de inundación y ecosistemas marinos?
Y, sobre todo, ¿puede el Estado demostrar que las herramientas con las que planifica reflejan la complejidad del territorio que pretende ordenar?
El agua no improvisó ningún camino durante julio de 2026. Recorrió conexiones físicas, ecológicas y geomorfológicas que existían mucho antes de nuestras ciudades. La decisión que deja este temporal no consiste únicamente en reconstruir después del próximo evento extremo. Consiste en decidir si seguiremos planificando el borde costero como una suma de proyectos independientes o si asumiremos, por fin, que el territorio funciona como un sistema integrado cuya memoria física no desaparece cuando dejamos de verla.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en el Newsletter +Política de El Mostrador, súmate a nuestra comunidad para informado/a con noticias precisas, seguimiento detallado de políticas públicas y entrevistas con personajes que influyen.