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Bailando al ritmo de Kaiser Opinión Archivo (AgenciaUno)

Bailando al ritmo de Kaiser

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Álvaro Ramis Olivos
Por : Álvaro Ramis Olivos Teólogo, doctor en filosofía, Presidente Centro de Estudios Territorio y Comunidad.
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Chile ya sabe lo que cuesta que la política se subordine a satisfacer una identidad antes que a construir acuerdos. La pregunta no es cuánto va a durar este baile. Es qué clase de gobierno queda cuando ya solo sabe moverse a la melodía que le pone el más ultra entre los ultras, aunque el país esté b


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Johannes Kaiser lo dijo sin darse vueltas, casi disfrutando el momento: “Tenemos a todo el gobierno bailando la música que ponemos nosotros”. Lo dijo hablando de los indultos generales, la comisión por los niños haitianos, el intento de entroncar responsabilidades de hoy hasta el gobierno de Bachelet y el proyecto antiaborto “Escucha su corazón”.

Iván Moreira le contestó por el oficialismo y la respuesta dice más de lo que parece: si la música del líder del PNL es “romántica”, bueno, invitémoslo a bailar.

Ahí no hubo ninguna corrección de fondo. Ninguna pelea programática. Solo la aceptación, medio resignada, de que la orquesta la dirige otro. Y Kaiser, lejos de incomodarse, le devolvió la pelota: aclaró que a ellos no les gusta poner la “música”, sino la “melodía”.

Uno se pregunta por qué el gobierno de Kast se dobla tan fácil ante una agenda que ni siquiera era prioridad en su campaña, y por qué esto ya se volvió la norma. Y la respuesta, en el fondo, no es tan complicada: la derecha radical no negocia temas, negocia identidad. Y contra una identidad no hay argumento que le gane.

El núcleo duro de Kaiser —poco, pero terco— no le está pidiendo al gobierno resultados que se puedan medir. Pide algo más íntimo: que le saquen de encima una acusación que nunca aceptaron. No se mueven por impuestos ni por subsidios. Se mueven por una herida bien concreta: haber sido señalados, con más o menos matices, como cómplices —activos o pasivos— de la dictadura, y de paso, corresponsables de lo peor que pasó en derechos humanos.

Ahí está la clave de dos de los “temas” que Kaiser exhibe como trofeo. Los indultos generales no son ninguna medida humanitaria neutra: son un gesto de reivindicación para los que cargan con esa culpa.

Y lo de entroncar responsabilidades de hoy con el gobierno de Bachelet tampoco busca aclarar nada puntual: busca correr el origen de nuestros problemas hacia el otro lado, para que el peso de la historia deje de caerles encima a “los nuestros”. Da lo mismo si esas iniciativas después no resisten ni el análisis técnico ni el judicial. Lo que importa es que a su gente más dura la liberen de una acusación que les avergüenza y, a la vez, los mantiene juntos.

Esto no es nuevo ni es solo chileno. Es algo que se ve en ciertas corrientes revisionistas: cuando un relato ya fue desmentido mil veces —con archivos, con sentencias— y aun así sigue teniendo público fiel, casi nunca la explicación está en los hechos que muestra. Está en la identidad que repara. Se arma un “nosotros” que insiste en que a él lo exculpen, porque fue víctima de una amenaza que justificaba lo que pasó. Y ese mensaje queda a prueba de balas frente a cualquier refutación, porque nunca quiso argumentar nada. Solo quería absolver.

Esta derecha se junta alrededor de una identidad que, una vez instalada, pesa más que cualquier argumento, sea cual sea el tema. La comisión por los niños haitianos apela a una identidad racista que encuentra ahí un desagravio. Detrás de “Escucha su corazón” hay una identidad patriarcal, amenazada por la ley del aborto que existe desde 2017.

En estos casos el mecanismo es el mismo: no importa el contenido técnico de la medida, importa que reafirme a un “nosotros” frente a un peligro que se percibe. Esa necesidad de imponer un relato que blinde al grupo —más que cualquier programa de gobierno— explica por qué la agenda de Kaiser avanza sin ningún control dentro del oficialismo.

El problema no es solo que el Ejecutivo no tenga conducción propia sobre la agenda del Congreso. Es que esa falta de control tiene una razón de fondo: cuando la base que se quiere contentar no responde a razones sino a una lógica emocional, medio narcisista, de autoafirmación identitaria, ningún acuerdo la va a contener. No están buscando acuerdos. Están pidiendo que su relato se imponga completo. Y eso, a diferencia de un proyecto de ley, no se negocia a medias: o se entrega entero, o no hay trato.

Esa falta de control tiene, además, una explicación bien concreta a nivel institucional. El propio Kast decidió, al día siguiente de ganar, no armar una coalición formal, sino algo llamado “coordinación política”, y desde entonces el gobierno insiste en que no existe “una coalición propiamente tal” con Chile Vamos, solo instancias de colaboración puntual entre los partidos que lo apoyan. En ese vacío, el presidente de Republicanos, Arturo Squella, que sí forma parte del oficialismo, señaló que el PNL es su “aliado natural”. O sea que Kaiser no dirige la orquesta desde afuera: dirige un partido que el principal socio del gobierno reconoce como más cercano que los partidos de Chile Vamos, a los que utilizan para hacer el trabajo técnico que no sabrían hacer solos.

Tratar la ofensiva de Kaiser como una melodía “romántica” que se puede bailar sin más es no entender —o preferir no entender— que ahí no hay ningún estilo en juego, sino una correlación de fuerzas dentro de la propia derecha. Cada vez que el gobierno cede terreno simbólico para no pelearse con ese núcleo duro, le está dando la razón a Kaiser: la música la sigue poniendo él. Y cada concesión, en lugar de calmar esa demanda, la alimenta, porque una identidad que se sostiene en el “nosotros contra el mundo” no se conforma con gestos a medias. Quiere el relato completo: indultos, comisiones, revisionismo, mega reforma feroz, todo junto, ahora y sin fisuras.

El momento que Kaiser eligió para su alarde también dice algo. Lo dijo justo durante la semana de las peores inundaciones en décadas, con el país sumando pérdidas que la Cámara Nacional de Comercio calcula entre US$20 y US$25 millones a nivel nacional. Y lo dijo reconociendo el límite de su propio poder: la agenda que ellos controlan cubre “todos los temas”, según sus palabras, menos los que están ligados a esta catástrofe. O sea, el mismo Kaiser admite que hay un terreno —el de la emergencia real— donde su relato identitario no logra meterse, porque ahí solo hay necesidades concretas.

Y ese mismo desajuste tiene, para colmo, una fecha ya puesta en el calendario: el 3 de septiembre Santiago va a ser sede del V Encuentro Regional del “Foro Madrid”, que junta a políticos y activistas conservadores de Europa, Estados Unidos e Iberoamérica para celebrar, según ellos mismos, “la derrota del socialismo” y firmar una “Declaración de Santiago de Chile” con hoja de ruta para la derecha internacional.

Mientras el país todavía trata de levantarse de los daños del sistema frontal, este sector tiene la cabeza en otra parte, armando la capital como vitrina de su alianza ideológica transnacional. Otra vez el interés nacional queda abajo, ante la necesidad de reafirmarse como parte de una identidad compartida con la derecha radical del mundo.

Que el gobierno haya dejado, aun así, que esos mismos temas se comieran la conversación pública, mientras el país seguía bajo el agua, no es un desliz de agenda: es la misma pulsión de siempre. Ninguna mayoría social pedía esta cruzada, y menos discutir la escucha de los latidos fetales con el agua entrando a las casas. La pide el nicho ideológico más radical de un sector que quiere mostrarse fiel a un relato ideológico sin matices, aunque el costo sea gobernar de espaldas a los hechos.

Ese desajuste entre lo que el gobierno prioriza y lo que la gente necesita explica bastante por qué su aprobación cae justo cuando debería estar más cerca de la gente. La última encuesta Pulso Ciudadano puso al proyecto “Escucha su corazón” —el que obliga a la mujer a escuchar los latidos fetales antes de un aborto por violación o inviabilidad fetal— como el suceso que genera más rechazo en el último mes: 51,3% en contra, más que la delincuencia o el desempleo. Entre las mujeres, ese rechazo llega a 54,4%. La misma encuesta marca la aprobación de Kast en su piso histórico: 28,9%.

Chile ya sabe lo que cuesta que la política se subordine a satisfacer una identidad antes que a construir acuerdos. La pregunta no es cuánto va a durar este baile. Es qué clase de gobierno queda cuando ya solo sabe moverse a la melodía que le pone el más ultra entre los ultras, aunque el país esté bajo el agua.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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