CULTURA|OPINIÓN
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Mirar el océano con nuevos ojos
Redescubrir el océano —aprender a mirarlo con nuevos ojos— no es solo un acto de conocimiento. Es un acto de identidad e inteligencia estratégica.
“El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en ver nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos”. Marcel Proust escribió esas palabras pensando en la experiencia humana más universal: la capacidad de transformar lo familiar en extraordinario. Difícilmente podría encontrar mejor destino que Chile, un país que convive a diario con una de las costas más ricas y poderosas del planeta, y que sin embargo todavía no ha terminado de descubrirla.
Esa es, precisamente, la gran oportunidad que tenemos por delante.
Con más de 4.300 kilómetros de costa continental —que se transforman en 83.500 al recorrer fiordos, bahías e islas—, una zona económica exclusiva entre las más extensas del planeta y presencia antártica, Chile es uno de los territorios con mayor vocación oceánica del mundo. Las proyecciones sobre la Economía Azul apuntan a un crecimiento acelerado en las próximas décadas: energías marinas renovables, biotecnología marina, turismo oceánico, transporte marítimo verde.
Chile tiene la geografía, la biodiversidad y la tradición científica para ser protagonista de esa transformación. Pero aprovecharla requiere algo que todavía se construye: una ciudadanía que comprenda el océano y una generación joven preparada para trabajar con él, cuidarlo e innovar desde él.
Ahí es donde la Cultura Oceánica deja de ser solo un concepto pedagógico y se convierte en una inversión estratégica. No se trata únicamente de incorporar más contenidos marinos en el currículo escolar. Se trata de formar ciudadanos, científicos, técnicos, emprendedores y tomadores de decisión que tengan al océano presente cuando diseñen políticas, desarrollen innovaciones o gestionen territorios costeros. Cada persona que comprende mejor el mar es un activo para el Chile que viene.
Ese camino ya está en marcha. Este año, Chile da sus primeros pasos en el programa Escuelas Azules de la IOC-UNESCO, que reconoce a establecimientos educacionales comprometidos con la cultura oceánica. El Brilliant Blue Challenge —competencia global de innovación oceánica para jóvenes de 12 a 18 años respaldada por la Década de las Ciencias Oceánicas— llega por primera vez al país de la mano del Centro COPAS Coastal de la Universidad de Concepción y PVM Consulting.
A ello se suma el Kit de Cultura Oceánica Ganamar, desarrollado por la Fundación Acción Azul y CPAS Coastal con apoyo de la empresa privada, que acerca el conocimiento del océano a niños, niñas y adolescentes. Más que iniciativas aisladas, estos esfuerzos reflejan años de trabajo colaborativo impulsado desde el Grupo de Trabajo en Cultura Oceánica del Comité Oceanográfico Nacional (CONA), articulando ciencia, educación y acción pública en torno al mar.
Pero las iniciativas no bastan sin una arquitectura institucional que las sostenga. Chile necesita una política de Estado de largo plazo que promueva la Cultura Oceánica y la Economía Azul desde la infancia, con continuidad y visión estratégica más allá de los ciclos de gobierno. Este es uno de los pocos desafíos capaz de convocar consensos transversales: el mar no pertenece a ninguna agenda política particular, y los resultados de educar a una generación no se miden en cuatrienios, sino en décadas.
Cuidar y comprender el océano no es un freno para el desarrollo: es la condición para un desarrollo que tenga futuro. Uno que genere empleo donde hoy hay precariedad costera y aproveche recursos de manera sostenible, pero que también reconozca lo que el mar nos da sin que lo pidamos: el descanso, la contemplación, la salud, el sentido de pertenencia a algo más grande. El océano no es solo una fuente de recursos; es un espacio de vida, de cultura y de sanación al que millones de personas recurren cada verano —y que merecen poder seguir encontrando limpio, vivo y generoso.
La próxima generación de oceanógrafos, ingenieros marinos, gestores costeros y emprendedores azules está hoy en las aulas. Solo falta la política que lo haga posible a escala. Porque redescubrir el océano —aprender a mirarlo con nuevos ojos— no es solo un acto de conocimiento. Es un acto de identidad e inteligencia estratégica. Proust tenía razón: el viaje más importante no nos llevará a lugares que no hemos visto, sino a comprender, por fin, el inmenso territorio azul que siempre estuvo aquí.
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