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El orgullo que queremos sentir CULTURA|OPINIÓN Crédito: Francisca Razeto

El orgullo que queremos sentir

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Gabriel Hoecker Gil
Por : Gabriel Hoecker Gil Licenciado en Historia, profesor de Historia por la Pontificia Universidad Católica de Chile e investigador y gestor de arte contemporáneo y educación artística. Actualmente es jefe del Área de Comunidades del Centro Cultural La Moneda.
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La cultura no es un lujo ni un adorno, sino un espacio profundamente humano. Ese es el espíritu de la Red Alameda Cultural: una articulación ciudadana que reúne a más de cincuenta instituciones, públicas y privadas, y que sigue creciendo.


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Desde hace mucho tiempo, incluso antes de que Chile fuera una República, los espacios culturales han acompañado la vida de las personas. Bibliotecas, escuelas, museos, teatros, centros culturales y plazas han sido lugares donde nos encontramos, aprendemos, conversamos y también imaginamos otras formas de vivir juntos.

La cultura, de este modo, no es un lujo ni un adorno, sino un espacio profundamente humano. A veces es refugio, a veces es fiesta, a veces es memoria y otras veces es una conversación incómoda pero necesaria. Puede ocurrir en una exposición, en una sala de clases, en la mesa del domingo o al encontrarnos con alguien que piensa distinto.

Ese es el espíritu de la Red Alameda Cultural: una articulación ciudadana que reúne a más de cincuenta instituciones, públicas y privadas, y que sigue creciendo. Desde la Biblioteca Nacional de Chile, fundada en 1813, hasta espacios como Casa Palacio, el Centro Cultural Lo Prado y muchas otras instituciones que dan vida a los barrios desde Plaza Italia hasta Las Rejas.

Lo que la distingue de un simple listado de espacios o centros culturales es, precisamente, la idea de la articulación. No es que las instituciones coexistan en el mismo eje, es que están comenzando a actuar juntas, con programación coordinada, públicos compartidos y una narrativa común sobre lo que ese corredor puede ser para Santiago y para Chile. Y hay referentes que permiten dimensionar lo que eso significa.

En 1978, un grupo de museos de la Quinta Avenida de Nueva York decidió hacer algo que parece simple pero que no lo era: nombrarse juntos. Crearon el Museum Mile Festival, cerraron la calle al tráfico una noche al año y abrieron sus puertas gratuitamente al público.

El resultado fue la construcción de una identidad colectiva para un corredor que ya existía pero que nadie había sabido nombrar. Ese tramo concentra ocho instituciones de clase mundial, y solo el Museo Metropolitano de Arte, uno de los más visitados del planeta, recibe más de cinco millones de personas al año.

Décadas después, São Paulo hizo algo parecido. Inspirada explícitamente en el modelo neoyorquino, la Avenida Paulista lanzó la Paulista Cultural, una iniciativa en que distintas instituciones, entre esas el Museu de Arte de São Paulo, la FIESP, el Itaú Cultural, el Instituto Moreira Salles, el Sesc São Paulo, la Japan House São Paulo y la Casa das Rosas, entre otras organizaciones, empezaron a programar juntas, a intercambiar actividades y a pensarse como un sistema.

Su primera edición convocó a más de cuarenta mil personas en un solo día. Hoy, es reconocida como el mayor corredor cultural a cielo abierto de América Latina, con espacios culturales a lo largo de sus casi 3 kilómetros.

La Isla de los Museos de Berlín, en tanto, fue diseñada en el siglo XIX bajo un principio ilustrado: que el arte y el saber debían estar al alcance de todos, y fue creciendo museo a museo hasta convertirse en Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, en 1999. De esta forma, lo que comenzó como un proyecto de educación pública es hoy uno de los destinos culturales más relevantes del mundo.

Tres ciudades, mediante distintos caminos, lograron un resultado similar: un corredor cultural que se reconoce a sí mismo, que actúa en conjunto y que se convierte en parte del alma de la ciudad.

Ahora, en Santiago, la ciudad que queremos puede construirse colaborativamente con instituciones que se miran, se escuchan y trabajan juntas, y con comunidades que sienten orgullo por sus espacios y por lo que son capaces de crear. Un orgullo sencillo, cotidiano, que nos invita a cuidar y sostener lo que compartimos.

En tiempos en que tanto hablamos de seguridad, quizás también vale la pena preguntarnos qué lugares estamos ofreciendo para encontrarnos, escucharnos y aprender a vivir juntos, porque cuando la cultura está presente, la calle deja de ser solo tránsito, la plaza deja de ser solo paso y, en este caso la Alameda puede volver a sentirse como un lugar para disfrutar y vivir.

Esa es, quizás, la fuerza más simple y más profunda de la cultura: recordarnos que no estamos solos, que compartimos una historia y que todavía podemos hacer de la vida cotidiana una experiencia más digna, sensible y humana.

¿Qué orgullo queremos sentir por los lugares donde aprendemos a vivir juntos?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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