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El llamativo registro vocal de Isa Blau en “El Diablo anda suelto en Pijuilco” CULTURA|OPINIÓN Crédito: Cedida

El llamativo registro vocal de Isa Blau en “El Diablo anda suelto en Pijuilco”

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Quizás este libro es obra directa del demonio e Isa Blau es su seudónimo. Tal vez a mí me engañó el título porque el oficio de Lucifer consiste en engañar. Vaya uno a saber.


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Me engañaron el título y la portada de este libro. Creí que leería un compendio de 22 cuentos costumbristas chilenos. Pero no, el autor, Isa Blau, un cronista plurivocal, un relator de eventos con gran sentido teatral, saca al lector a viajar por medio mundo, literalmente.

“El Diablo anda suelto en Pijuilco” es el nombre de uno de los relatos; pero, a mi juicio, no es uno de los mejores. Me gustaron mucho más El Gran Capital, El cuento del tren (“Nein, Danke!, grité para avergonzarlo delante de todos los pasajeros”), Asesinato (“El cadáver del dueño de casa en la mitad de la sala completaba la escena”).

El Gran Capital habría sido un título excelente para este libro: “Saldrás con la cabeza gacha a deambular por demasiadas puertas, con infinidad de números distintos”, qué buen resumen para esta buena obra.

Pero Isa Blau debía incluir al diablo en la portada. Eso lo entiendo. Porque sin el nombre del Innombrable en la tapa de este compendio, no se habría pavimentado el camino hacia el precipicio, hacia el abismo que se observa al llegar al final.

Es difícil armar un libro de cuentos. Lo comento por experiencia. Son varios los criterios que aunar para que la estructura tenga sentido, coherencia: además de los argumentos hay que preocuparse por el ritmo y la prosodia, de lo contrario la narración no coagula, sangra por los cuatro costados.

El ritmo es lo mejor de esta compilación de relatos. Son cortos y precisos. Son interesantes y variados. Algunos giros en las narraciones son tan interesantes como inesperados. Tal vez, y solo tal vez, algunos cuentos son demasiado cortos. Quizás Isa Blau se apuró demasiado al precipitar algunos finales. En algunos textos habría sido interesante que el autor gastara más tinta para desarrollar sus personajes, porque cautivan.

Es curioso que Isa Blau pase de un género a otro con tanta facilidad, como si le acomodara cualquiera. Es especial que sus tramas sicosexuales funcionen tan bien, que provoquen sensaciones en tan cortos espacio y tiempo (pienso en El Concierto: “[…] sus besos me volvían loco. Nos convertimos en una sola silueta entre las sombras de aquella noche”).

Es peculiar que algunos relatos duelan tanto; pienso especialmente en La manta de Samoa, en La Feúcha, en Tertulia a Orillas del Mar: “A los cuarenta y cinco años, no sabía qué responder, tenía cáncer terminal y desde hacía un tiempo padecía…”. A lo mejor lo que inquieta al lector incauto es la presencia ubicua del diablo. Quizás este libro es obra directa del demonio e Isa Blau es su seudónimo. Tal vez a mí me engañó el título porque el oficio de Lucifer consiste en engañar. Vaya uno a saber.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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