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En modo fantasma
“Nadie puede decir de dónde proviene un libro, y menos que nadie la persona que lo escribe”, reconocía Auster en “Una vida en palabras: conversaciones con I. B. Siegumfeldt”. Quizás por eso resulte valioso volver hoy a ese volumen.
Fantasmas es el título de uno de los tres relatos que componen La trilogía de Nueva York (1987), la obra que consolidó a Paul Auster como un narrador de primera línea en la literatura contemporánea. Dos años después de su muerte, la idea del fantasma vuelva a instalarse alrededor de su figura. Su viuda, la también escritora Siri Hustvedt, acaba de publicar Historias de Fantasmas, un texto híbrido entre diario, memorias y reflexión literaria que reconstruye los 43 años de relación entre ambos.
Según ha contado Hustvedt, poco antes de fallecer el autor le dijo que quería convertirse en un fantasma: regresar para ver cómo estaba ella, qué escribía tras su partida y cómo crecía su nieto Miles.
Auster escribió durante décadas sobre personajes que se extravían en ciudades laberínticas, hombres perseguidos por el azar, narradores que se confunden con otros narradores. Sus novelas parecían insistir en una misma pregunta: cuánto de nuestra vida depende realmente de nosotros y cuánto pertenece a fuerzas imprevisibles.
Más allá de su muerte, Auster ha permanecido como una referencia para nuevos lectores y también para quienes vuelven a sus libros buscando otra lectura posible. A la fecha se cuentan más de 40 textos publicados sobre su obra. Uno de los ejercicios más interesantes y recientes es Una vida en palabras: conversaciones con I. B. Siegumfeldt, publicado en 2017. El documento reúne una extensa serie de conversaciones entre Auster y la académica danesa Inge-Birgitte Siegumfeldt, desarrolladas durante cinco años a partir de 2011.
Más que una entrevista convencional, se trata de una exploración de su obra. El volumen está dividido en dos grandes partes: la primera dedicada a sus textos autobiográficos y la segunda a sus novelas. Siegumfeldt interroga a Auster sobre el oficio de escribir, las circunstancias concretas en que surgieron sus libros y las obsesiones que atraviesan toda su literatura.
Uno de los aspectos más reveladores del libro es la disposición del propio Auster a aceptar interpretaciones ajenas sobre su obra. En varias ocasiones, frente a observaciones de la entrevistadora, responde: “Es interesante, no lo había pensado”. La frase parece confirmar algo esencial en su manera de entender la literatura: escribir no consiste en ejecutar un plan completamente racional, sino en avanzar entre incertidumbres.
El libro también permite desmontar ciertas simplificaciones sobre la relación intelectual entre Auster y Hustvedt. En una de las conversaciones, el escritor explica que aceptó participar en el proyecto, entre otras razones, “para desenmarañar las retorcidas ideas sobre mi presunta influencia en la obra de Siri”. Añade que “cuando salió la primera novela de Siri, incluso hubo un periodista que le dijo –en su propia cara– que era imposible que ella hubiera escrito ese libro y que por lo tanto tenía que haberlo escrito yo. Sería difícil pensar en un insulto más desagradable. (…) Una absoluta estupidez. Siri es una de las personas más inteligentes que he conocido en la vida. Ella es la intelectual de la familia, no yo”.
En este contexto, es valioso el ejercicio que propone Historias de Fantasmas, porque no solo aparece como un libro sobre la pérdida, sino también como la continuación de un diálogo literario e intelectual que ambos sostuvieron durante más de cuatro décadas. Hustvedt no escribe desde el lugar de la viuda encargada de preservar un legado, sino desde una voz propia que siempre estuvo ahí.
“Nadie puede decir de dónde proviene un libro, y menos que nadie la persona que lo escribe”, reconocía Auster en Una vida en palabras: conversaciones con I. B. Siegumfeldt. Quizás por eso resulte valioso volver hoy a ese volumen, porque nos permite leer a Auster mientras todavía piensa en voz alta sobre su propia obra, antes de convertirse definitivamente en esa figura fantasmal que ahora recorre las páginas de Hustvedt.
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