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Autopoiesis y regeneración: la vida se recrea a sí misma CULTURA|OPINIÓN Crédito: Lothar Schermelleh – Lothar Schermelleh

Autopoiesis y regeneración: la vida se recrea a sí misma

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Christian Tiscornia
Por : Christian Tiscornia Docente especializado en desarrollo sustentable Universidad de San Martin, abogado, licenciado en políticas públicas de la London School of Economics. Fundador de la escuela de sustentabilidad Quinta Esencia, presidente de la ONG ambientalista Amartya.
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No tenemos que salvar el mundo. Tenemos que dejar de impedir que la vida continúe recreándose a sí misma. Tal vez esa sea, en esencia, la forma más profunda de inteligencia ecológica.


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Los seres humanos no regeneramos la naturaleza; lo que sí podemos hacer es crear las condiciones para que los procesos autopoiéticos de la vida puedan expresarse.

El maestro Humberto Maturana solía decir: “Los seres vivos somos sistemas autopoiéticos moleculares, o sea, sistemas que nos producimos a nosotros mismos, y esta autoproducción constituye el vivir.”

Pocas ideas transforman tanto nuestra manera de comprender la vida como esta.

El término autopoiesis, creado por Humberto Maturana y Francisco Varela, significa literalmente auto-creación. Describe la capacidad que tienen todos los seres vivos de producir continuamente los componentes que los constituyen, manteniendo su organización a través de un proceso ininterrumpido de renovación y reparación.

Nuestro cuerpo reemplaza millones de células cada segundo. La herida cicatriza sola. El sistema inmunológico combate infecciones. La piel renueva completamente su epidermis mes a mes. Los huesos están en remodelación continua. El corazón ajusta automáticamente su ritmo según las necesidades del cuerpo. Cada órgano humano participa en una red de procesos que produce y mantiene las condiciones necesarias para que el organismo siga siendo el mismo mientras cambia continuamente.Solo necesita condiciones favorables que permitan su propia capacidad de autorregulación.

Una de las pocas certezas que tenemos es que el cambio es constante. La vida se mantiene en un proceso dinámico de transformación. Esta es una de las grandes enseñanzas de la biología contemporánea: un organismo conserva su identidad precisamente porque cambia.

Este patrón de renovación y continuidad, aunque expresado mediante procesos diferentes, también puede observarse en escalas más amplias de la naturaleza. Los ecosistemas mantienen su integridad gracias a procesos permanentes de organización interna. Un bosque renueva sus árboles, los suelos regeneran su fertilidad mediante la actividad de millones de microorganismos, los ríos depuran naturalmente el agua mediante complejas interacciones biológicas y las relaciones entre los distintos componentes del ecosistema se reconfiguran continuamente. Este flujo constante expresa un principio central de la alfabetización ecológica: el equilibrio dinámico, es decir, la capacidad de los sistemas vivos de conservar su funcionalidad a través del cambio permanente.

La vida existe porque es capaz de regenerarse a sí misma.

Pero esta capacidad no significa que sea indestructible. Los procesos autopoiéticos requieren condiciones favorables para sostenerse. Un organismo sometido de forma crónica al estrés, una alimentación deficiente, la falta de descanso, el sedentarismo o la exposición continua a contaminantes ve limitada su capacidad de autorreparación y de mantener su equilibrio interno. Del mismo modo, un suelo degradado, un humedal destruido, un río contaminado o un bosque empobrecido por la pérdida de biodiversidad y la fragmentación de sus hábitats ven reducida su capacidad de regenerarse y de sostener las funciones ecológicas que hacen posible la vida.

Aquí aparece una pregunta fundamental para los seres humanos: ¿cómo crear las condiciones para que la vida haga lo que sabe hacer desde hace miles de millones de años: desplegar su capacidad de regeneración?

No somos quienes regeneramos la naturaleza. Participamos —o interferimos— en sus procesos. Favorecemos o nos interponemos a la capacidad autopoiética de los seres vivos.

En nuestro propio cuerpo, esto implica sostener hábitos que permitan la expresión de esa capacidad: una alimentación diversa y nutritiva, descanso adecuado, movimiento, contacto con la naturaleza, vínculos saludables, manejo del estrés y un ambiente libre de contaminantes. No “producimos” nuestra salud; podemos facilitar que el organismo despliegue su extraordinaria capacidad de autorregulación para mantenerse vivo.

Lo mismo sucede en la restauración de ecosistemas, en la agricultura regenerativa o en el diseño de ciudades sostenibles, entendidas como sistemas donde la vida biológica y la organización humana coevolucionan. No regeneramos directamente un suelo, un bosque o un río. Podemos, en cambio, habilitar las condiciones para que los microorganismos, los hongos, las plantas, los insectos y todas las redes de la vida vuelvan a desplegar sus propios procesos de organización.

La vida no es un objeto que deba ser rescatado, sino un proceso que necesita condiciones para seguir desplegándose. Durante casi cuatro mil millones de años, la biosfera ha demostrado una extraordinaria capacidad de regeneración. La verdadera pregunta es qué lugar elegiremos ocupar en esa historia.

Mientras el resto de las especies ha contribuido a fortalecer la trama de la vida a lo largo del tiempo, ¿cuándo aprenderemos los seres humanos a formar parte de ese proceso en lugar de obstaculizarlo?

No tenemos que salvar el mundo. Tenemos que dejar de impedir que la vida continúe recreándose a sí misma. Tal vez esa sea, en esencia, la forma más profunda de inteligencia ecológica.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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