ANÁLISIS
Pablo Ovalle/AgenciaUno
Japón: una opción estratégica para renovar la Escuadra nacional
Las próximas fragatas que incorpore la Armada no solo determinarán la composición de la Escuadra durante las siguientes cuatro décadas. También revelarán hacia qué polos tecnológicos, industriales y estratégicos Chile ha decidido proyectar sus alianzas en el siglo XXI.
Cuando Chile deba iniciar el reemplazo de las actuales fragatas que integran su Escuadra, probablemente enfrentará una decisión muy distinta a la de hace dos décadas. No porque Europa haya dejado de construir excelentes buques de guerra, sino porque el mapa mundial de la industria naval militar ha cambiado profundamente. Hoy, el liderazgo tecnológico y la innovación ya no son patrimonio exclusivo de los astilleros europeos, ya que el centro de gravedad comenzó a desplazarse hacia el Indo-Pacífico.
Durante décadas, la renovación de una marina occidental pasaba casi inevitablemente por Reino Unido, Alemania, Francia, España o los Países Bajos. Chile siguió ese camino al incorporar las fragatas británicas clase Type 23 y las neerlandesas Karel Doorman y Jacob van Heemskerck, decisiones que permitieron conformar una Escuadra moderna, equilibrada e interoperable con las principales armadas occidentales.
Sin embargo, el escenario internacional evolucionó. La creciente competencia estratégica en el Indo-Pacífico y la acelerada expansión del poder naval chino impulsaron el desarrollo de nuevas capacidades industriales en Asia. Ejemplo de eso es que Corea del Sur ya se consolidó como uno de los principales constructores navales del mundo y Japón comenzó a flexibilizar las restricciones que, durante décadas, limitaron la exportación de material de defensa.
La reciente decisión de transferir cinco escoltas clase Abukuma a Filipinas constituye una señal clara de esa transformación. Desde un punto de vista militar, estas unidades -construidas entre finales de los años ’80 y comienzos de los ’90- no representan el futuro de la guerra naval. Su importancia radica en que simbolizan el ingreso de Japón al mercado internacional como proveedor de sistemas navales y el inicio de una estrategia destinada a fortalecer las capacidades de sus socios regionales.
Pero el verdadero producto que Japón comienza a ofrecer al mundo no son las Abukuma, sino las fragatas clase Mogami.
Con un desplazamiento cercano a las 5.500 toneladas y una dotación de apenas 90 tripulantes, las Mogami representan una nueva filosofía de diseño. Gracias a elevados niveles de automatización e integración digital, combinan capacidades antisubmarinas, antiaéreas y de combate de superficie, con una reducción significativa de personal, precisamente uno de los mayores desafíos que enfrentan hoy las marinas occidentales.
No es casual que Australia haya seleccionado en 2025 una versión evolucionada de la Mogami como base para su futuro programa de 11 fragatas de propósito general. La decisión de una de las armadas más profesionales e interoperables con Estados Unidos constituye un respaldo de enorme peso a la tecnología naval japonesa.
Entonces, ¿debe Chile observar más de cerca esta evolución? La respuesta no pasa por defender la compra inmediata de una determinada fragata, ni por cuestionar la histórica relación de la Armada con la industria europea. La verdadera discusión es estratégica.
Durante las próximas dos décadas, Chile deberá renovar buena parte de su Escuadra. Esa decisión definirá las capacidades operacionales de la Armada durante varias décadas del siglo XXI, pero también determinará con qué países desea construir relaciones industriales, tecnológicas y estratégicas de largo plazo.
En este contexto, la adquisición de un buque de guerra ya no constituye únicamente una compra de equipamiento, sino que se ha convertido en una herramienta de política exterior. Los grandes programas navales generan cooperación tecnológica, transferencia de conocimientos, entrenamiento conjunto y vínculos industriales que suelen extenderse durante cuarenta años o más. En otras palabras, también son instrumentos de diplomacia.
Mientras Perú fortalece su asociación naval con Corea del Sur, Australia apuesta por plataformas japonesas, Filipinas profundiza su cooperación militar con Tokio e incluso algunos países europeos comienzan a evaluar diseños asiáticos, Chile continúa observando la evolución del mercado naval principalmente desde una perspectiva tradicionalmente europea. Y quizás ha llegado el momento de ampliar esa mirada.
La relación entre Chile y Japón ofrece una base sólida para hacerlo. En 2027 ambos países cumplirán 130 años de relaciones diplomáticas y comparten una estrecha cooperación económica y política, además de una visión convergente sobre la libertad de navegación, el respeto al derecho internacional y la necesidad de preservar un orden internacional basado en reglas.
Chile suele definirse, con razón, como un país tricontinental y una nación del Indo-Pacífico. Si esa definición aspira a ser algo más que una declaración de principios, también debería reflejarse en la forma en que pensamos el futuro de nuestra defensa.
Las próximas fragatas que incorpore la Armada no solo determinarán la composición de la Escuadra durante las siguientes cuatro décadas. También revelarán hacia qué polos tecnológicos, industriales y estratégicos Chile ha decidido proyectar sus alianzas en el siglo XXI.
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