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Inteligencia Artificial: entre la imaginación y la posibilidad
No descarto, desde la ciencia ficción y la imaginación, que cuando sepamos lo suficiente acerca de cómo los humanos creamos y resolvemos nuestros problemas, podamos construir un ser capaz de tener conciencia, emociones, sentimientos. Incluso, por qué no, superarnos en esos terrenos.
Los inicios de la IA
La historia de la inteligencia artificial se remonta —al menos como concepto o deseo— a la remota antigüedad. Quizás corresponde a la ambición de convertirse en un dios creador de seres animados. Homero describe mujeres de oro y bandejas autónomas en la Odisea. El ateniense Dédalo, precursor de los especialistas en robótica, construyó estatuas que se desplazaban solas. La Biblia habla de las teraphim, unas cabezas momificadas parlantes que se dedicaban a entregar el oráculo. En la vieja China se practicaba el arte del khwai shu, que infundía vida a las estatuas. Y así llegamos al convidado de piedra de Molière y otros engendros de la imaginación, como el monstruo de Mary Shelley. Esto en el mundo de la mitología, la leyenda y la literatura.
En los siglos XVII y XVIII hubo una fiebre de construcción de autómatas primitivos, cuyo punto más alto representó Jacques de Vaucanson (1709-1782). En 1737, Vaucanson construyó un flautista mecánico que tocaba melodías desplazando sus dedos sobre los orificios del instrumento. Un año después, construyó un pato capaz de nadar, batir las alas y alimentarse, el cual fue considerado la mayor maravilla de su época.
Más adelante, un excéntrico matemático inglés, profesor de la Universidad de Cambridge llamado Charles Babbage, concibió una “máquina de diferencias” (1822). El propósito de tal ingenio era realizar largos y engorrosos cálculos aritméticos basados en logaritmos, una tarea que consumía mucho tiempo humano. Babbage dedicó su vida a esta quimera; finalmente cambió su diseño al de una “máquina analítica”, auténtico antepasado de las computadoras, dotado de un procesador, una memoria y un control (software). Renunció a su propósito, pero mucho después, a fines del siglo XIX, Herman Hollerith comprobó su genial intuición usando tarjetas perforadas para procesar el censo de Estados Unidos. Eso dio origen a una empresa llamada International Business Machines (IBM). El resto es la historia de la computación moderna.
El camino de Babbage fue recorrido, en palabras de él mismo, con la finalidad de aliviar la pesada tarea de pensar. Similar tarea se propusieron matemáticos del calibre de Pascal o Leibniz, forjadores del cálculo diferencial e integral.
Albores de la disciplina
Alan Turing (1912-1954) fue un matemático trascendental para la IA, conocido por el famoso test homónimo, diseñado para probar la efectividad de una máquina presuntamente inteligente (medir la capacidad de una máquina para imitar a un ser humano a través del desarrollo de una conversación con dos sujetos, un humano y una máquina).
En 1950, Turing publicó un contundente artículo titulado “Computing Machinery and Intelligence” donde sienta las bases de la posibilidad de construir una IA y plantea dicho test. Se le considera una de las mentes más brillantes del siglo XX. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, trabajó para el servicio secreto inglés y con su equipo lograron descifrar los códigos del alto mando alemán, un triunfo impresionante.
Alan Turing y John von Neumann, otro precursor notable de las tecnologías de información, sentaron en esa época las bases de la computación moderna, que también es heredera de los ingenios de Hollerith. Nuestros computadores actuales son “máquinas de von Neumann”. En cuanto a la “máquina de Turing” que el matemático bosquejó, aún no ha sido construida. Todavía trabajamos con máquinas de von Neumann, que operan sobre base binaria, lo que representa una barrera pendiente de superar.
Ya en los años 50, surgió una serie de científicos notables que señalaron el camino de la disciplina; entre ellos John McCarthy, Marvin Minsky, Roger Schank y una extensa galería de investigadores cuyas realizaciones han permitido alcanzar el sorprendente estado del arte presente. Estamos, en consecuencia, frente al resultado de un desarrollo científico y tecnológico de ocho décadas, con una extensa y prolífica historia.
Las polémicas en torno a la IA
Por cierto, el camino ha estado sembrado de polémicas, en especial cuando se ha sentido amenazada la naturaleza humana. Siempre ha habido objeciones en contra de las tecnologías relevantes transformadoras de la sociedad: la máquina de vapor, el tren, la electricidad, la energía atómica, la radio, la televisión, internet, etc.
Que una grúa pueda levantar cantidades de toneladas en un solo movimiento fue motivo de inquietud en ciertos momentos de la historia; sin embargo, ahora nadie pierde el sueño por ello. Lo mismo aplica para todas las tecnologías de alto impacto.
Marvin Minsky señaló: “Para mí, la inteligencia es la forma como resolvemos problemas que aún no entendemos. Porque una vez que sabemos cómo resolver un problema, no consideramos que requiera inteligencia”. Es decir, el desarrollo de la IA va desplazando el límite de lo que conceptualizamos como inteligencia hacia ámbitos que pueden ir en contra de nuestras intuiciones.
La tendencia ha mostrado que la IA posee fortalezas notables en el análisis de enormes masas de datos para llevar a cabo tareas de interpretación, análisis, clasificación, así como para construir modelos de alta complejidad y predecir comportamientos o para resolver ecuaciones intrincadas y engorrosas de calcular. Justamente, varios de los terrenos que los humanos hemos reclamado como máximas cimas del pensamiento humano, la racionalidad y la lógica, vienen a ser muy simples para las máquinas de IA.
Tal vez la pregunta correcta sea: ¿cuáles son los tipos de trabajo donde los humanos seguimos siendo más competentes de manera natural? Versus esperar simplemente que las máquinas decidan y administren todo, hasta que lleguen a la conclusión de que los humanos somos un recurso inútil, una rémora o un costo reductible.
La objeción de Searle
Acá cobra valor la paradoja de la sala china de John Searle, filósofo de la Universidad de Berkeley, que al test de Turing opuso la paradoja de la sala china. En el test de Turing hay tres seres: un humano H, y dos entes, A y B, uno de los cuales es una máquina y el otro un humano. El test consiste en que el humano H interactúa a través de terminales con A y B, haciendo preguntas, hasta que se sienta capaz de discriminar con éxito quién es quién.
La sala china de Searle funciona así: hay un recinto cerrado que contiene letreros con todas las palabras en chino y su correspondiente traducción en el idioma (por ejemplo, español). Por una ventanilla de entrada se solicita el servicio de traducción de una palabra. El funcionario recibe la palabra y la busca en el interior; cuando la encuentra, camina a la ventanilla de salida con el letrero con la traducción. Es decir, traduce.
Lo que Searle plantea a través de esta paradoja, es que, vista desde afuera, la sala china parece que traduce; sin embargo, lo hace a su manera maquinal, no como lo hace un humano. No solo importa el resultado, sino cómo se logra. Plantea así un dilema difícil de dilucidar, pero que identifica aspectos relevantes de la problemática.
En esta competencia entre humanos e inteligencias artificiales, debemos tener claras las diferencias esenciales entre ambas. Los humanos somos seres biológicos, en particular mamíferos gregarios, caracterizados por su vida afectiva, capaces de transformar emociones en sentimientos, su profunda empatía y capacidad de colaboración y transformación cultural. Ciertamente, también dotados de capacidades intelectuales y racionales destacadas que han permitido nuestra evolución al estado actual, con las dudas que puedan sostenerse respecto de las imperfecciones de nuestros sistemas de gobierno y producción.
En las diversas tecnologías hemos ido delegando tareas en máquinas de diverso tipo que son más eficaces, fuertes, resistentes, eficientes que nosotros. No ha sido un camino fácil ni exento de crisis y conflictos. En la actualidad, nos parece que el efecto de la IA se acerca demasiado al campo que nos parecía privativo, exclusivamente humano. Y eso representa un peligro, una alarma.
La naturaleza de las máquinas
Las asombrosas máquinas, por más relucientes que sean, no dejan de ser máquinas. Están privadas de la capacidad de sentir, de poseer una conciencia, de tener sentimientos y emociones, de intuir. Esto se puede simular en una máquina, pero no es posible inducirlo de manera real y efectiva en una computadora, que es el mecanismo base sobre el cual opera una IA. Puede simular el amor, la empatía, el afecto, pero no sentirlo. Esto a algunos les parecerá más bien la esencia de la fragilidad humana, que nos convierte en seres débiles y prescindibles. Pero también es la causa madre de la imaginación, la creatividad, la fundación de lo auténticamente nuevo.
Es posible que la interpretación de un universo específico de datos arroje conclusiones extraordinarias de una IA con abismante rapidez (aunque habría que evaluar el costo en energía, agua, deterioro del medioambiente), sin embargo, no hay que olvidar que no pasa de ser el resultado de una operatoria binaria de enormes dimensiones. No hay allí el razonamiento de un humano, dotado de cuerpo, mente y consciencia. Es algo muy diferente; en eso, Searle tiene razón, al menos por ahora.
No descarto, desde la ciencia ficción y la imaginación, que cuando sepamos lo suficiente acerca de cómo los humanos creamos y resolvemos nuestros problemas, podamos construir un ser capaz de tener conciencia, emociones, sentimientos. Incluso, por qué no, superarnos en esos terrenos, sobre todo en los territorios de la empatía, la solidaridad, la colaboración y el respeto.
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