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Premios iban, combos venían: sobre Elia Kazan y “La ley del silencio” CULTURA|OPINIÓN Crédito: Archivo

Premios iban, combos venían: sobre Elia Kazan y “La ley del silencio”

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Ignacio Concha Ruiz
Por : Ignacio Concha Ruiz Escritor y guionista.
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El caso nos recuerda una época, la del macartismo, en la que Estados Unidos se embarcó, con escozor puritano y ánimo restaurador, en extirpar el comunismo del país.


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En la última edición de los premios Oscar, Amy Madigan ganó el premio a mejor actriz de reparto por su papel de Gladys en el thriller La hora de la desaparición. A propósito de su reconocimiento, vi en algún lugar un video de la ceremonia de 1999, en la que ella, también con su marido Ed Harris al lado, contemplaba seria y sin aplaudir el homenaje que ese año se le realizó al director Elia Kazan.

Las razones para la actitud de Madigan y Harris, y de una parte de los presentes, es la siguiente: en 1953, Kazan acusó a compañeros de profesión ante una comisión del Congreso presidida por el senador Joseph McCarthy. Lo que elaboraba la comisión eran listas negras de simpatizantes comunistas, para así vetarlos de la vida pública. Las consecuencias para los apuntados por el cineasta no se hicieron esperar, y dramaturgos y actrices vieron truncadas sus carreras de por vida.

Me pregunté, entonces, por la obra de Kazan. Poco después volví a ver On the Waterfront, traducida según el país como La ley del silencio o Nido de ratas, película que Kazan hizo en 1954, al año siguiente de su delación. En ella nos cuenta la historia de Terry Malloy, un exboxeador convertido en estibador que se enfrenta a la mafia sindical corrupta de los muelles de Nueva York.

La ley del silencio colinda con algo muy actual, y es que funciona como una obra que se adelanta o intenta mitigar una funa, dando claves de la decisión del autor en otras áreas de la vida. Así, lejos del riesgo de que caigamos en las arenas movedizas de si separar o no la obra del autor (¿aló, Rosalía?), en este caso es el propio autor el que lanza su obra a defender o apuntalar hechos de su vida, postura en adelante explicitada por Kazan en numerosas ocasiones. La lectura de la obra se complejiza, pues obliga a ser pensada con la biografía del creador, ¿cómo dejarla fuera?

Lo cierto es que La ley del silencio es una apología al sapeo, o la delación y el soplonaje. También se puede decir que es una buena película, y que contiene actuaciones inmensas (“un muy buen director”, dijo Orson Welles sobre Kazan, segundos después de llamarle traidor). Marlon Brando, quien hizo del golpeador de distancias cortas Terry Malloy, y que ganó un Oscar por su interpretación, no quiso entregarle el Oscar honorífico a Kazan, y es por eso que Martin Scorsese lo hizo junto al protagonista de la última de sus películas, Robert de Niro.

Con todo, el caso nos recuerda una época, la del macartismo, en la que Estados Unidos se embarcó, con escozor puritano y ánimo restaurador, en extirpar el comunismo del país, y en la que gente como Kazan, buscando acusar a los que consideraba vendepatrias, vendió a sus compañeros de juventud.

El primer plano de La ley del silencio muestra una cruz. En la última escena, es el propio dueño del muelle quien recibe a un Brando redimido, porque no vaya a ser cosa que el espectador piense que los portuarios, al liberarse de la opresión que le imponía el sindicato y su cruel líder, administrarán el barco o todo el puerto.

Este mensaje es una rara contradicción, o es que simplemente es una muy medida ambición: al concluir el recorrido cristológico del personaje de Brando, la película se encarga de contener las interpretaciones más rupturistas. La redención de los trabajadores llega hasta aquí, pareciera decir, y todo lo demás queda como siempre ha sido.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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