CULTURA|OPINIÓN
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Los límites de la Inteligencia Artificial
Delegar en la IA todo el trabajo, la educación de nuestros hijos, la guía para caminar en la vida: ahí está el peligroso camino que puede acabar con la inteligencia humana.
Como hemos venido deliberando acerca del rol de la IA, sus posibilidades e impacto en la sociedad actual, nos corresponde ahora especular sobre escenarios de futuro inmediato o a plazos mayores. Se ha observado una tendencia a magnificar sus posibles efectos y extender sus límites y capacidades mucho más allá de lo que la realidad da cuenta. Se ha desatado una epidemia de temor en cuanto a la destrucción de puestos de trabajo que generará a corto plazo, incluso a la exterminación de carreras completas. Tal vez echar a correr esta clase de rumores intimidantes sea conveniente para justificar reducciones en las planillas de empleados, mucho más allá de las necesidades efectivas de las empresas. En particular aquellas reducciones de costos que apuntan a mejorar la rentabilidad del capital de los dueños.
No obstante, no puede negarse que en esta nueva y acelerada expansión tecnológica liderada por la IA, habrá trabajos que serán automatizados totalmente o en alto grado. Al mismo tiempo, también es esperable que surjan nuevos trabajos a partir de esa misma transformación; sin duda serán trabajos que requieran cierto grado de especialidad y exigencias de creatividad superiores. Es decir, oficios que se transmiten de maestros a aprendices desde tiempos inmemoriales. O labores ligadas a la imaginación y la creatividad, como las de los artistas y científicos, donde importan más las capacidades de innovar, criticar lo que existe y plantear cambios profundos.
Hemos reflexionado ya sobre las IA generativas, que son capaces de poner a disposición sistemas computacionales asombrosos entrenados a partir de la información y conocimientos alimentados digitalmente. Son capaces de hacer maravillas dentro del campo de aquello que se les ha proporcionado como materia prima intelectual: construir variantes aparentemente originales de lo que ya existía.
A partir de estas exageraciones acerca del poder de las IA, surge una suerte de paranoia que eleva a increíbles niveles la desconfianza acerca del origen de artículos o libros completos, acusando a los autores de usar herramientas de IA, llegando a ejecutar una especie de cacería de brujas en pleno siglo XXI.
La verdad es que las herramientas de IA llegaron para quedarse y es preciso darse cuenta de que ya están teniendo un efecto de transformación en el lenguaje humano, que ha dejado de ser un territorio exclusivo de las personas, como fue hasta hace muy poco tiempo. De hecho, creo que cada vez resulta una tarea más compleja detectar acaso un texto fue escrito con o sin intervención de alguna IA. Si bien hay una elevada oferta de aplicaciones capaces de detectar el origen humano o maquinal de un texto, ciertamente estas no son infalibles. Yo hice recientemente una prueba con un cuento escrito por mí -sin apoyo alguno de la IA- y la aplicación dictaminó con una probabilidad de 87% que estaba hecho por una IA. Es decir, la aplicación se equivocó, a menos que un descendiente de HAL -la supercomputadora de 2001: Odisea del espacio- se haya instalado en mi notebook y tomado el control de mi conciencia. De ser así, sería recomendable que usted interrumpa ahora mismo la lectura de este artículo y llame a la policía del Pensamiento para efectuar la denuncia correspondiente.
Muy pronto será prácticamente imposible afirmar que un texto haya sido o no escrito por una IA, porque nuestro manejo del lenguaje estará dado por de millones de humanos y máquinas interactuando cotidiana y masivamente a través de libros, correos y redes sociales en una espiral creciente. La pregunta que debemos formularnos es ¿Cómo las IA están transformando ese instrumento llamado lenguaje, que creíamos de nuestra propiedad exclusiva? Eso ya no es así.
A pesar de todo lo planteado hasta aquí, es preciso recordar que las máquinas son máquinas, y los humanos somos humanos. Los humanos somos mamíferos, simios desarrollados, capaces de tener emociones y sentimientos, marcados por el instinto gregario, por las posibilidades de la colaboración y el trabajo cooperativo. Creamos el lenguaje justamente para comunicarnos entre nosotros y poder pasar a etapas superiores de trabajo en equipo. Y por esa vía desarrollamos nuestros cerebros y nuestra vida en sociedad, creamos tecnología, dando cauce a un vertiginoso y complejo río de progresos y saltos sucesivos que parece no tener fin. Pero aún no ha llegado el fin de la humanidad: seguimos siendo el recurso principal y superior sobre la faz de este planeta, más allá de todos los errores que hayamos cometido en la historia.
Las máquinas, porque no son otra cosa que máquinas y también productos ofrecidos por gigantescas compañías tecnológicas cuyo objetivo es hacer enormes y rentables negocios, no son capaces de sentir, de emocionarse, de tener dudas, de poder convivir con la incertidumbre, de poder hacerse preguntas sin necesidad de responderlas, de intuir o de crear algo nuevo de una manera no deductiva o inductiva, que son caminos obvio y frecuentes para los potentes algoritmos.
Nadie se angustia por el hecho de que una grúa pueda levantar 50 toneladas de un envión (aunque este hecho generó pánico hace décadas). Una consideración similar aplica para las máquinas a vapor, eléctricas o nucleares.
En su momento grandes matemáticos impulsaron la construcción de máquinas calculadoras para aliviar “la pesada tarea de pensar” (sumar, restar, multiplicar, dividir, calcular logaritmos, aplicar trigonometría, etc.). Alcanzada esta meta, el nivel de lo que se consideraba inteligencia, se desplazó al nivel superior. A partir de la Segunda Guerra Mundial, las ciencias de la computación tuvieron un enorme progreso, del cual la IA viene a ser su principal estandarte. Se produce un nuevo y fuerte “corrimiento” hacia arriba de la definición de inteligencia. Muchas de aquellas tareas que durante siglos consideramos superiores en cuanto a su requerimiento de inteligencia para resolverlas con éxito son efectuadas mucho mejor hoy por “máquinas inteligentes” en vez de humanos: los cálculos complejos, el modelamiento matemático, la simulación de la realidad, la generación de textos, la traducción, la programación de sistemas computacionales…
Las IA actuales carecen de un cuerpo, no conocen la existencia a través de una conciencia como nosotros, no tienen emociones ni sensaciones ni sentimientos. No pueden vivir como hacemos los humanos. Es imposible que puedan llevar a la escritura las sensaciones y emociones que vivimos las personas de un día cualquiera, donde podrían predominar el optimismo, la pesadumbre, la sensualidad, el delirio, el amor, el cariño, el odio, la resignación. Las máquinas están privadas de saber lo fascinante que puede ser la vida. Al no tener estas cualidades originales e imponderables, la fuerza desatada y masiva de la IA generativa puede actuar como una especie de aplanadora simplificante del lenguaje humano, del mismo modo que -por ejemplo- ha actuado la televisión destruyendo las culturas locales, autóctonas, reemplazándolas por un sucedáneo elemental y uniforme. Acabando de paso con las lenguas, los dialectos, los acentos, los modismos, que son justamente el material de la literatura.
Estas capacidades especiales de los humanos (o debilidades, según el punto de vista maquinista) ligadas a la creatividad y la innovación son los factores claves que finalmente distinguirán a la literatura humana de la literatura de IA. La literatura de IA se hace a partir del entrenamiento con lo existente; es por esencia conservadora y no puede haber novedad efectiva en ella. La novedad literaria irá contra las normas estatuidas, contra el orden aparente, contra lo viejo.
El lenguaje nos sirve para transmitir realidades interiores de un ser que tiene conciencia, vida, que tiene emociones y sentimientos, dominado por la incertidumbre, cuestionador del status quo. Los humanos no podemos pensar sin sentir: somos eso, un ser que piensa y siente al mismo tiempo; no podemos evitarlo. La literatura es uno de los medios superiores para transmitir esa dualidad profundamente humana.
Las IA pueden ser extraordinariamente hábiles en los niveles inferiores de las estructuras sintácticas, pero los desafíos de la ficción narrativa encarnan otros dilemas que se relacionan con la dualidad humana pensamiento/sentimiento. El ingrediente esencial de la buena literatura se ha mantenido oculto ante las miradas agudas y escrutadoras de los más notables lingüistas, que no han logrado comprender cómo funciona el encantamiento de la escritura literaria humana, porque somos materia viva, ansiosa de relacionarnos con otros seres, de tener experiencias vitales. Esa es nuestra ventaja humana, fuera del alcance de las IA.
Hay que tener esta conciencia de superioridad de lo humano para aprovechar de manera óptima las mejores potencialidades de la IA, que es una herramienta vigorosa. El peligro está en venerarla per se, en verla como un interlocutor superior y todo poderoso; en renunciar al ejercicio de nuestra propia inteligencia y emocionalidad dejándonos arrastrar por el influjo de una falsa creatividad que no es más que la reformulación del pasado, de lo que nosotros mismos ya hicimos. Delegar en la IA todo el trabajo, la educación de nuestros hijos, la guía para caminar en la vida: ahí está el peligroso camino que puede acabar con la inteligencia humana.
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