“Los domingos”: una fe incomprendida
Este jueves llega a las salas Los domingos, la última ganadora del Goya a Mejor Película, dirigida por Alauda Ruiz de Azúa. Una de las obras más interesantes del cine español reciente. Aborda la espiritualidad sin respuestas fáciles y, por tanto, se abre a múltiples interpretaciones.
Aunque Sirat, de Oliver Laxe, fue la película seleccionada por España para los Premios Óscar y la gran triunfadora de los Goya, con seis galardones, Los domingos se quedó con el premio más importante de la ceremonia: el de Mejor Película. La cinta obtuvo cinco premios de sus trece nominaciones, siendo además la producción más nominada de aquella edición. Quizás la diferencia entre ambas obras radique, en parte, en sus respectivas apuestas: mientras Laxe se adentra en un territorio mucho más radical, Alauda Ruiz de Azúa construye una película aparentemente más convencional, pero no por ello menos compleja.
Los domingos fue, sin duda, una de las grandes apuestas del cine español en 2025. Su reconocimiento no se limitó a los Goya: también obtuvo la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián, consolidándose como una de las películas españolas más relevantes de la temporada.
La película sigue a Ainara (Blanca Soroa), una joven de 17 años que debe enfrentarse a una de las primeras grandes decisiones de su vida: escoger qué carrera estudiará. Sin embargo, sus planes toman un giro inesperado cuando comienza a considerar seriamente la posibilidad de convertirse en monja de clausura. La noticia desconcierta a su familia y desencadena un conflicto que trasciende la mera disconformidad generacional: ¿debe su entorno respetar una decisión que considera incomprensible o intentar intervenir para protegerla de una elección que se ve cómo irreversible?
Uno de los mayores aciertos de la película reside precisamente en su renuncia al juicio. Ruiz de Azúa no parodia la religión, no somete la fe a la ironía ni convierte la vocación religiosa en objeto de ridículo. Tampoco intenta demostrar que Ainara está equivocada. La directora observa, con una distancia respetuosa, la radicalidad de una elección que nace de una convicción íntima y que conduce a una de las formas más extremas de renuncia al mundo contemporáneo.
La película no cuestiona directamente el deseo de Ainara de ingresar en un convento, pero tampoco condena la incomprensión de su familia. En lugar de establecer un bando correcto y otro equivocado, desplaza el centro de gravedad hacia la introspección: hacia ese territorio íntimo en el que la protagonista intenta comprender qué significa para ella la fe y por qué encuentra en ella una respuesta que el mundo exterior parece incapaz de ofrecerle.
Y ahí aparece otro de los grandes méritos de la película: la familia tampoco es presentada como enemiga de la fe. En la sociedad contemporánea, la decisión de abrazar la clausura monástica puede resultar difícil de comprender. Sin embargo, el filme no construye a los familiares como representantes de un mundo laico incapaz de aceptar la espiritualidad, sino como personas que aman profundamente a Ainara y que experimentan su decisión como una posible pérdida.
Son, de cierta forma, representantes de un sentido común moderno. Su resistencia no nace necesariamente de la discrepancia hacia la religión, sino del temor de que una joven de 17 años esté renunciando demasiado pronto a aquello que todavía no ha tenido la oportunidad de conocer. El conflicto, por tanto, no enfrenta simplemente a creyentes y no creyentes, sino a dos concepciones distintas de la libertad: aquella que entiende la realización personal como apertura hacia el mundo y aquella que puede encontrarla precisamente en la renuncia a él.
La película tampoco pretende explicar mediante fórmulas racionales un llamado espiritual. Y quizá ahí esté parte de su inteligencia. Una elección religiosa, por definición, pertenece a un ámbito de la experiencia que no puede ser reducido por completo a la lógica. Los domingos no intenta traducirla ni justificarla: se restringe a mostrar el peso, la calma y la convicción con que Ainara atraviesa ese proceso interior.
La renuncia al mundo, por ello, no aparece necesariamente como un acto de huida, sino también como una búsqueda activa de sentido.
Desde esta perspectiva, la película ofrece una gran riqueza de interpretaciones. Un espectador creyente puede verla como una historia de iluminación, devoción genuina y renuncia en favor de un propósito trascendente. Por otro lado, un espectador ateo o agnóstico puede interpretarla como un inquietante estudio psicológico sobre el aislamiento, el trauma, la búsqueda de refugio emocional o, incluso, la interiorización dogmática de un sistema de creencias.
Lo interesante es que ninguna de estas lecturas termina de imponerse sobre las demás.
Para un creyente, la serenidad de Ainara puede ser la expresión de una auténtica paz espiritual. Para un espectador secular, esa misma serenidad podría interpretarse como el resultado de un proceso de adoctrinamiento tan profundo que ha terminado por transformar la renuncia en deseo. La vocación puede ser entendida como un llamado divino o, desde una perspectiva radicalmente opuesta, como la adopción profunda de una religión que acaba determinando la manera en que se entiende y experimenta la vida.
El cine contemporáneo padece con frecuencia un exceso de didactismo: películas que explican de antemano qué debemos pensar, qué debemos sentir y cuál es la conclusión moral correcta. Los domingos apuesta por algo mucho más complejo: la polisemia. No entrega una respuesta, sino que devuelve la pregunta al espectador.
En ese sentido, una película no demuestra su madurez cuando resuelve las interrogantes que plantea, sino cuando consigue que espectadores con perspectivas completamente opuestas se enfrenten exactamente a las mismas preguntas.
El conflicto familiar provocado por la decisión de Ainara se desarrolla, además, mientras el mundo exterior continúa funcionando con absoluta normalidad. El contraste resulta significativo: mientras la protagonista se sumerge progresivamente en una búsqueda interior, la vida cotidiana permanece indiferente, sometida a sus propios ritmos. Incluso el título adquiere una dimensión simbólica: el domingo aparece como un espacio de tiempo suspendido, alejado por unas horas del ruido, la velocidad y las obligaciones de la vida contemporánea.
En el terreno de las actuaciones, la película alcanza una altura notable gracias al auténtico duelo actoral entre Patricia López Arnaiz y la debutante Blanca Soroa. López Arnaiz, ganadora del Goya a Mejor Actriz protagonista, interpreta con enorme sutileza el intento desesperado del mundo adulto y laico por racionalizar una decisión que escapa a sus parámetros. Su personaje representa la sospecha de que detrás de la decisión religiosa pueda existir manipulación y, al mismo tiempo, la imposibilidad de aceptar que una adolescente pueda tener una solución tan extrema sobre su futuro.
Frente a ella, Blanca Soroa sorprende con una interpretación contenida y extraordinariamente segura. Su Ainara no construye la fe desde un misticismo exaltado, sino desde una serenidad casi desconcertante. No intenta convencer a nadie ni imperar sobre los demás. Su convicción se manifiesta, sobre todo, como una presencia tranquila. Y es precisamente esa tranquilidad la que termina desestabilizando a quienes la rodean, porque no encaja con las expectativas sociales asociadas a una joven de 17 años.
Alauda Ruiz de Azúa evita deliberadamente el esteticismo religioso y opta por un naturalismo depurado. El convento no aparece como un espacio lúgubre ni como una representación cinematográfica de la muerte del mundo, sino como un lugar atravesado por cierta luminosidad y, paradójicamente, por una inesperada sensación de esperanza.
La película abre así un debate tan incómodo como pertinente: ¿por qué en el siglo XXI nos resulta tan difícil aceptar una decisión religiosa? ¿De qué manera la fe puede condicionar o transformar la vulnerabilidad durante la juventud? Y, al mismo tiempo, ¿hasta qué punto nuestra propia idea de libertad está condicionada por la necesidad de permanecer conectados con el mundo?
Los domingos no pretende resolver ninguna de estas preguntas. Su mérito consiste justamente en atreverse a formularlas sin convertirlas en un sermón.
En definitiva, estamos ante una obra que confirma el excelente momento que atraviesa el cine español: un cine capaz de abordar cuestiones profundamente universales desde historias aparentemente pequeñas, con sencillez y una mirada humana.
Una de las grandes sorpresas que dejó 2025 llega este jueves a las salas con el precedente de los Goya, la Concha de Oro de San Sebastián y un importante recorrido comercial en España. Pero, por encima de sus premios y su éxito de taquilla, Los domingos tiene una virtud mucho más difícil de conseguir: es una película que no termina cuando aparecen los créditos, sino cuando comienza la conversación que deja detrás.
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