CULTURA|OPINIÓN
Crédito: Agencia UNO
Después de la tormenta… ¿qué?: la oportunidad que dejan las lluvias históricas
Chile cuenta desde 2021 con un Plan Nacional de Restauración de Paisajes, que se propuso poner un millón de hectáreas en proceso de restauración para 2030. Lo que falta es aterrizarlo a las condiciones específicas de las zonas áridas.
En 1985 José Feliciano hizo famosa la canción “Después de ti… ¿qué?”. En ella hay una frase que hoy resuena distinto: “después de la tormenta, la calma reinará”. Este invierno, las tormentas han dejado en la región árida y semiárida de Chile valores históricos de precipitaciones. Y la pregunta queda flotando: después de la tormenta, ¿qué?
En esta macrozona, que abarca desde Arica hasta O’Higgins, los ecosistemas están naturalmente limitados por el agua. Por eso, cuando ocurren estos grandes eventos de lluvia, que llamamos pulsos, los ambientes secos se transforman en ecosistemas verdes con una alta productividad vegetal.
Este fenómeno, que solemos ver como postal por el Desierto Florido, es también la mejor
oportunidad para recuperar tierras degradadas a gran escala, un problema presente en todo este territorio, del altiplano al secano costero. Restaurar en zonas áridas es costoso, requiere asistencia intensa —riego, sobre todo— y arrastra una alta incertidumbre. Un pulso de lluvia aporta, sin costo alguno, el agua que de otro modo habría que extraer, transportar y aplicar durante años.
Pero el pulso por sí solo no es suficiente. Para que la lluvia tenga un efecto duradero, hay que llegar antes, con obras y manejo que maximicen la retención de agua en el suelo. Y hay que llegar después, reforestando sin necesidad de riego, con plantas adecuadas a la escasez hídrica, mientras el suelo aún conserva la humedad que el evento dejó. Ese sería el puntapié inicial para incrementar la cobertura vegetacional y comenzar a construir ecosistemas más resilientes.
Lo que se juega excede lo ecológico. A gran escala, la vegetación es un regulador del clima y, en zonas áridas, incrementar su cobertura es un aliado directo para mitigar los efectos negativos del cambio climático, proteger los suelos de la erosión y sostener las actividades productivas que dependen de ellos.
Y no partimos de cero. Chile cuenta desde 2021 con un Plan Nacional de Restauración de Paisajes, que se propuso poner un millón de hectáreas en proceso de restauración para 2030. Lo que falta es aterrizarlo a las condiciones específicas de las zonas áridas, donde el aprovechamiento de los pulsos de lluvia debiera ser el eje articulador.
Es urgente, por lo tanto, elaborar e implementar una estrategia específica para esta macrozona. Se sostiene en cuatro decisiones.
Zonificar el territorio según su potencial de recuperación natural. Definir, a partir de esa zonificación, dónde y cómo intervenir para favorecer la regeneración. Invertir en capacidad técnica, de modo que los viveros produzcan a tiempo plantas adecuadas a la escasez hídrica. Y por último, pero no menos importante, disponer de un fondo que se active con el pronóstico y permita actuar apenas ocurrido el pulso de lluvia.
Nada de esto exige inventar la rueda: exige coordinación institucional, pública y privada, y decisión política para echarla a andar. Los pulsos de lluvia van a seguir ocurriendo. Lo que está en nuestras manos es decidir si nos encuentran preparados o si dejamos pasar la oportunidad una vez más.
Ojalá que cuando llegue el próximo podamos cambiarle la letra a don José Feliciano y cantar: “después de la tormenta, la vegetación vamos a recuperar”.
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