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“Radio ciudad perdida”: el círculo interminable de la violencia en un conflicto extenso CULTURA|OPINIÓN Crédito: John D. and Catherine T. MacArthur Foundation

“Radio ciudad perdida”: el círculo interminable de la violencia en un conflicto extenso

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Juan José Jordán
Por : Juan José Jordán Egresado de Literatura, editor y crítico.
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El libro de Daniel Alarcón, reeditado este año, es una novela de alto vuelo. En determinados contextos se vuelve un lugar común ensalzar la lucha armada o la defensa a la patria, pero poco se habla de la cantidad de infiernos que debieron atravesarse en nombre de esas abstracciones.


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Daniel Alarcón (Lima, 1977) es escritor y cofundador de Radio Ambulante, un prestigioso programa de historias periodísticas en audio de NPR. Radio ciudad perdida, su primera novela, publicada originalmente en Estados Unidos en 2007, vuelve en una cuidada reedición a cargo de Banda Propia Editoras, permitiendo valorar lo vigente de su propuesta.

En un país sin nombre una guerra interna ha desangrado las entrañas de la nación. En cierto momento se supo que el conflicto entre las fuerzas subversivas de la IL y el Estado había terminado, pero sería mucho asegurar que luego llegó la paz. El acuerdo tácito para mantenerse a salvo consiste en seguir las reglas de censura impuestas por los vencedores.

Así, cualquier mención a La Luna, esa cárcel política cuya existencia era un secreto a voces, o el solo hecho de nombrar a un colaboracionista se vuelve un peligro mortal.

En esta calma tensa Norma conduce el programa radial Radio ciudad perdida, un espacio para hablar de algún cercano al que se le haya perdido la pista. Pero hay que tener cuidado: que sea la única emisora a la que se le permitió continuar al aire no significa que estén autorizados para acercarse a lo innombrable. La única opción que les queda es bailar al ritmo impuesto. Ha sido tanto por lo que han pasado que no deja de ser un detalle y para Norma se convierte en la única posibilidad para saber algo de Rey, su esposo desaparecido hace 10 años, un botánico que daba clases en la universidad, quien solía viajar a la selva con fines académicos. Cada domingo tiene la esperanza de que él mismo llame y cuente algo, quizá un cuento un poco absurdo, pero no importa, saber de él.

Un niño aparece un día en los estudios de grabación. Se llama Víctor y tiene 11 años. Viene de un pueblo del interior, uno con el nuevo nombre impuesto por el gobierno. Fue un viaje arduo, lo acompañó su profesor, que a la primera oportunidad desapareció en la ciudad. Y ahora está ahí, llevando una lista con los desaparecidos de su poblado. El programa está de capa caída. Puede ser una buena idea que la lea en la próxima emisión y darle algo novedoso a la audiencia, le aconseja el director. Pero pasa algo inesperado: el listado comienza a engrosarse con los requerimientos de un sinfín de desconocidos. Se trata de una situación crónica, un mal nacional que no se borrará por mucho que lo prohíban. Alguno de esos nombres seguramente estará proscrito y eso qué. Los familiares tienen derecho a saber.

Por mucho que la primera edición haya sido en inglés y no se mencione ningún lugar reconocible en el mapa, el Q.E.P.D. inicial dedicado al tío del escritor, desaparecido desde 1989, es una señal importante. Son pocos los países de la región que encajan en el escenario descrito: el de un grupo que enfrentó al Estado en un conflicto que se extendió por más de una década, con una crueldad ilimitada de ambos bandos. En Latinoamérica fue más habitual lo ocurrido en Chile, donde el Estado aplastó a una disidencia que carecía de la capacidad para entablar una batalla en igualdad de condiciones.

Existe una relación bastante clara entre determinados rasgos del fanatismo de los militantes de la IL (Insurgencia Legionaria) y los del PCP-SL (Sendero Luminoso). Esto se aprecia, por ejemplo, cuando Norma va con su jefe a la cárcel en busca de información sobre su esposo y observa en los prisioneros “algo de mecánico, algo aterradoramente disciplinado”, mientras se disponen a entonar cánticos del partido, sin hacer caso a las advertencias de los guardias. Pero no hay que confundirse, la obra no se propone establecer una verdad histórica. Se busca retratar el ambiente de un país en un conflicto largo, en el que los implicados se ven atrapados en una rueda de violencia y los motivos están en algún lado, nadie sabe muy bien dónde.

Por un lado esto contribuye a que el relato rompa barreras, permitiendo a lectores de diferentes países sentir que la novela les habla directamente. El drama de los desaparecidos es un dolor que cruza fronteras. También es una forma de escapar del tópico de la narrativa del período, lo que facilita que el público llegue al libro con otra disposición.

Pero a su vez, esa idea termina cojeando un poco porque no estamos ante un mundo irreconocible. Por todos lados la novela grita Perú, pero con algunos detalles de camuflaje, como esos pueblos con nombres de números, una medida refundacional que impone el gobierno. Además, es complejo mezclar ficción en una historia enmarcada en una base real, traumática, como aquella descripción de un impactante ritual utilizado por los pueblos selváticos para aplicar justicia.

Cuando los países sufren traumas tan profundos se torna difícil tratar ciertos temas. Hay demasiadas heridas y cualquier palabra puede desencadenar intensos debates, lo que explicaría que Alarcón decidiera acercarse al tema por la tangente. Un año antes de Radio ciudad perdida se publicó Abril rojo, de Santiago Roncagliolo, donde se describen los estertores del conflicto usando nombres reales para referirse a ciudades y a varios personajes históricos, sin embargo, el resultado es menos problematizador. Mientras Roncagliolo utiliza la frase corta para retratar los efectos más notorios de la violencia en una rápida novela policial, Alarcón muestra cómo estos grupos operaban desde las sombras, poseídos por un fanatismo enceguecedor. Los agentes colaboracionistas muchas veces no tienen la menor idea de lo que planea la dirigencia del partido ni se ven envueltos personalmente en hechos de violencia, pero da lo mismo: a la hora de ser capturados entran todos al mismo saco, tratados como animales con ese sadismo institucionalizado. Tampoco importa mucho que los detenidos no tengan ninguna relación con la agrupación, basta que el Ejército así lo crea: “Los torturaban, y algunos morían, pero muchos eran liberados y pasaban a engrosar las filas de quienes se sentían demasiado enojados o amargados para mantenerse como meros espectadores del conflicto. De esta manera, la guerra se extendía”. Un círculo vicioso que recuerda a muchas situaciones de la contingencia internacional.

Sin recurrir a la lógica del thriller se mantiene la atención gracias a una narración bien construida, intercalando el pasado de forma fluida, un juego al que el lector se acostumbra de inmediato. Esto permite que la historia avance por carriles distintos y cada uno de ellos tenga posibilidad de desarrollo. De este modo conocemos la vida de Víctor en su pueblo o por qué Manau llega a enseñar a ese lugar perdido. Hay calidez, los personajes tienen la oportunidad de revelar diferentes facetas. Incluso cuando escogen el mal, comportándose canallescamente, como un soplón al que vemos esmerarse escribiendo sus textos de información para el ejército, verdaderas novelas en donde no reprime su imaginación. No eran textos pensados para mostrarse, pero estaban en su bolsillo y siempre se arrastra un poco de esa vanidad, esa caricia, buscar el “oye que te quedó bien”.

Ese mismo nivel de atención a lo que hacen y sienten los personajes se traslada a la  observación del entorno, lo que se traduce en una narración de gran densidad. En una escena se describe cómo un dirigente de la IL, en un sector marginal de la ciudad, le ofrece un café a su invitado usando la misma agua en la que antes había hervido un huevo, un detalle que evita que el encuentro caiga en el tópico de las conversaciones clandestinas. Alarcón tiene una mirada aguda, sabe identificar qué elementos transmiten adecuadamente lo esencial de una situación y darle carácter.

Esta reedición de Radio ciudad perdida por Banda Propia Editoras permite reencontrarse con una novela de alto vuelo, que no se deja seducir por la idealización de la violencia. En determinados contextos se vuelve un lugar común ensalzar la lucha armada o la defensa a la patria, pero poco se habla de la cantidad de infiernos que debieron atravesarse en nombre de esas abstracciones: “La IL hacía explotar un banco o una comisaría; los tanques del Ejército destruían una docena de hogares en medio de la oscuridad de la noche. En ambos casos, moría gente.”

Al mismo tiempo, la novela funciona también como una suerte de homenaje a la radio. Somos testigos de cómo se graban anuncios con cortinas de violines, sonidos de archivos de cascadas y actores que leen sus parlamentos con un dramatismo de teleserie de la tarde, detalles sonoros para lograr la ambientación adecuada. Recuerda un poco a Días de radio (Woody Allen, 1987), película llena de afecto sobre los pormenores de este mundo. Pero, además, cumple una seriedad absoluta cuando la situación lo requiere; es el conducto por el que se dan a conocer los resultados de las pruebas de admisión universitaria o la forma en que los vencedores comunican el listado de los colaboracionistas, nombres que deberán ser eliminados de todo registro, como mandatarios soviéticos caídos en desgracia a los que se quitaba su retrato de las enciclopedias.

 

FICHA TÉCNICA

 

Título: Radio ciudad perdida

Autor: Daniel Alarcón

Novela

Año: 2026

400 páginas

Banda Propia Editoras(@bandapropia)

País: Chile

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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