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Cine de barbería CULTURA|OPINIÓN Crédito: EFE

Cine de barbería

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Pablo Perelman Ide
Por : Pablo Perelman Ide Director de cine. Consejero audiovisual. Miembro del directorio Asociación de directores y guionistas, ADG.
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No creo haber visto preguntarse, en una película chilena, si estamos ante el fin de la civilización, aunque la pregunta sea pertinente. Ese desparpajo que tiene Hollywood para mandarse al pecho los destinos de la humanidad o, ya que estamos, del universo entero, nosotros no lo tenemos.


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¿Será el fin de nuestra civilización?, pregunta Penélope varias veces en La Odisea de Christopher Nolan, y todos entendemos que no es Penélope sino Nolan el que pregunta.

Aunque no cabe exactamente en la categoría de película de catástrofes, la Odisea de Nolan sí lo es. De ahí la pregunta de Penélope. El cataclismo, aquí, es insidioso y sutil: es la separación producida por una fuerza centrífuga inmanejable. El colapso del vórtice ocurre cuando las mujeres dejan de esperar al marido en la casa, tejiendo.

El peligro femenino está en cada extremo de la historia: Helena abandona a su marido, cuyos celos provocarán la guerra de Troya. Penélope, al final de la película, está a un tris de ceder ante los pretendientes porque ya no está dispuesta a creer… que su marido vuelva.

Para Nolan, la forma del fin tiene proporciones hollywoodienses: vientos huracanados que hunden los barcos; masacres de inocentes por robots de la guerra de las galaxias; lluvias sin fin; mujeres casi siempre brujas y hombres casi siempre vagos e idiotas.

Según el Popol Vuh, el mundo ha conocido varias creaciones (civilizaciones) sucesivas que fracasaron, obligando a los dioses a empezar todo de nuevo. La intuición es cruda y real, y estamos viviendo el fracaso de la última.

En el Popol Vuh, la profecía es profundamente contemporánea: los objetos que la civilización ha creado se rebelan, indignados ante tanta tontera, y atacan a los humanos. ¿Acaso no es exactamente lo que se anuncia que va a hacer la IA, un objeto vuelto sujeto?

El gran tema de conversación contemporáneo es la IA. El otro gran tema debiera ser (¿o es?) la masculinidad. Uno se pregunta si no irán juntos, la masculinidad y la IA. ¿A nadie le llama la atención la ausencia de mujeres entre los superricos de lo digital?

Alguien (mi mujer) calificó la Odisea de Nolan de cine de barbería. Es un himno a la testosterona, realmente, en la línea de Robert Kennedy Jr., el secretario de Salud de Trump, que recomienda la inyectable.

La manósfera, Andrew Tate, la serie Adolescence, las implicancias políticas del caso Epstein y la mudez de nuestra ministra de la Mujer dan cuenta del debate sobre lo que significa ser hombre hoy en día.

El cine, a su manera, lo lleva adelante.

El cine chileno, por ejemplo, da una señal notable: todos o casi todos nuestros amores cinematográficos del último tiempo son homo. Es el reflejo de una crisis en la construcción y la percepción convencional del género que va mucho más allá de la anécdota y el escándalo, una que manifiesta con lucidez una preocupación generalizada por la masculinidad.

No es casual que esta se manifieste en las películas, expresión predilecta de los mínimos comunes. Independientemente de los premios o del número de espectadores, de si salió en la tele o no, el cine registra el tránsito por el tiempo y las generaciones. Para eso sirve, casi sin quererlo, y para eso va a servir en 100 años más, cuando de los presidentes y los partidos políticos de hoy nadie se acuerde.

En los últimos 60 años, pero especialmente en los últimos 30, el cine chileno ha estrenado más de 200 largometrajes de todo tipo, género y pelaje (ver el Catálogo de ADG, la Asociación de Directores y Guionistas). Si se juntan por temas, asuntos, intereses, hashtags, dan una información que no se encuentra en ningún texto escolar o artículo de prensa o académico.

200 películas es una diversidad enorme de miradas, edades, experiencias, sensibilidades… Pero, sobre todo, de públicos. Desde El Chacal de Nahueltoro hasta el estreno de ayer.

60 años de cine realista, social, político, íntimo, metafórico, poético, picante; de denuncia y de utopía; de campo y ciudad; de pueblos originarios y migrantes; de mujeres y hombres y minorías sexuales; de estudiantes, militares golpistas y clandestinos; de burguesía, policía y delincuentes comunes; de curas, hippies y evangélicos; de documental, ficción y animación; de circo, música y teatro; de retrato, autorretrato y familia… El cine chileno, quizás como cualquier cine nacional de cualquier parte, es indefinible por su dispersa diversidad, pero pertenece inequívocamente aquí, a este país.

No creo haber visto preguntarse, en una película chilena, si estamos ante el fin de la civilización, aunque la pregunta sea pertinente. Ese desparpajo que tiene Hollywood para mandarse al pecho los destinos de la humanidad o, ya que estamos, del universo entero, nosotros no lo tenemos.

Lo que tenemos son ojos y oídos puestos con atención obsesiva en este mundo nuestro, largo y múltiple.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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