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El policía que inspiró el personaje traidor Carlos Wieder de Roberto Bolaño CULTURA Crédito: Archivo

El policía que inspiró el personaje traidor Carlos Wieder de Roberto Bolaño

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Juvenal Rivera Sanhueza
Por : Juvenal Rivera Sanhueza Periodista de la Universidad de Concepción.
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Mientras John Malkovich encarna en los teatros del mundo al piloto que escribe versos en el cielo con sangre, en Concepción la historia real tuvo nombres, rangos y documentos oficiales que prueban que el monstruo literario tuvo su reflejo más exacto en un oficial que entregó a los suyos en 1973.


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El 11 de septiembre de 1973, a primera hora de la mañana, un grueso contingente de efectivos de fuerzas especiales de Carabineros armados con fusiles SIG irrumpió en el cuartel de la Prefectura de la Policía de Investigaciones de Concepción, en la esquina de calle Los Carrera con Angol.

Medio centenar de detectives fueron apuntados con ametralladoras, esposados y obligados a permanecer con la vista frente al muro. Temerosos, sin saber qué les sucedería, fueron subidos después en buses del Ejército y trasladados a la Base Naval de Talcahuano. Más tarde los enviaron a la isla Quiriquina, el recinto de la Armada que se convertiría en uno de los mayores campos de prisioneros del país. Paradojalmente, los primeros presos políticos que llegaron ahí fueron policías.

En medio de las detenciones apareció uno de sus jefes.

El traidor

A diferencia del resto de sus colegas, este subcomisario no fue obligado a rendirse ni esposado ni golpeado ni acusado de izquierdista. Por el contrario: se paseó con total tranquilidad por el cuartel, fumaba sin prisa y conversaba con los oficiales de Carabineros a cargo del operativo. A veces se volvía furibundo hacia sus colegas esposados contra el muro y los insultaba y acusaba de comunistas.

Un detalle que no pasó inadvertido: llegó vistiendo el uniforme de oficial de la reserva de la Fuerza Aérea de Chile. En el pecho lucía la piocha roja que lo identificaba como piloto de guerra, grado otorgado en 1971 por la FACH.

Cincuenta años después, ese hombre vestido de aviador que traicionó a sus camaradas tiene un nombre en la literatura universal.

Se llama Carlos Wieder.

El personaje

Wieder es el infame piloto poeta de la Fuerza Aérea chilena que siembra el terror y la traición en Estrella distante, la novela que Roberto Bolaño Ávalos catalogó como la más chilena de todas. Publicada en octubre de 1996, el propio autor explicó que intentaba en ella “una aproximación, muy modesta, al mal absoluto”.

A tres décadas de su aparición, el personaje ha tomado vida propia más allá de los libros: en marzo de 2026, el actor John Malkovich estuvo en Santiago para protagonizar su adaptación teatral, como parte de una gira mundial que lo ha llevado a escenarios en Estados Unidos, Europa y América Latina.

Lo que muy pocos saben es que ese personaje monstruoso no surgió enteramente de la imaginación de Bolaño. Tiene un reverso histórico, un rostro de carne y hueso que caminó por las costuras más oscuras de la dictadura: un subcomisario de la Policía de Investigaciones de Concepción. Su nombre se mantiene en reserva, pero que es bien conocido por sus víctimas, entre ellas varios ex detectives.

Y hay algo más. La historia de ese detective-piloto que traicionó a sus camaradas la escuchó Bolaño de la manera menos esperada: encarcelado en una celda del cuartel de Investigaciones de Concepción, de boca de su propio celador, que resultó ser su compañero de curso del Liceo de Hombres de Los Ángeles a mediados de los 60.

Bolaño no tuvo que inventar el horror. Lo escuchó.

Trayectoria

En 1973, este subcomisario no era cualquier detective. Su hoja de servicio era impecable: más de veinte años en la institución y más de 15 en la Brigada de Homicidios, solo sumaba evaluaciones elogiosas y felicitaciones diversas por el esclarecimiento de casos complejos. Al arribo de la Unidad Popular al poder tejió relaciones de confianza con las nuevas autoridades.

Se cree que forjó una relación de particular cercanía con Eduardo “Coco” Paredes, hombre de confianza de Allende y director de Investigaciones durante los primeros dos años de la UP y que después se haría cargo de ChileFilms.

Por eso, estuvo a cargo de la seguridad durante la ceremonia de cambio de mando presidencial y en la visita que Salvador Allende realizó a Concepción junto a Fidel Castro en noviembre de 1971. Sus superiores anotaron esas actuaciones con felicitaciones en su hoja de vida. Sus colegas aseguran que también instruyó en técnicas de interrogatorio y defensa personal a miembros del Grupo de Amigos Personal del mandatario, el GAP.

Esa confianza le abrió puertas más allá del ámbito policial. Una de ellas fue la del cineasta Raúl Ruiz, a quien el subcomisario aportó información para una película sobre un crimen que conmocionó a Concepción en marzo de 1973: el asesinato de Jorge Tomás Henríquez, un pintor de brocha gorda que había sido atado y ejecutado por un comando de Patria y Libertad encabezado por Michael Townley (nadie sabría en ese entonces que aquel ciudadano norteamericano, casado con la escritora chilena Mariana Callejas, iniciaría en la capital penquista su larga lista de crímenes en Chile y el extranjero al servicio de la DINA, la policía secreta de Augusto Pinochet).

La cercanía del subcomisario con el gobierno lo puso en el centro de una de las investigaciones más delicadas del período en Concepción: el crimen del cabo de Carabineros Exequiel Aroca Cuevas, muerto de un disparo en el pecho en pleno centro de Concepción, atribuido a militantes del Partido Socialista. Las pericias de la Brigada de Homicidios fueron objeto de duras críticas por su lentitud, exacerbado por el ambiente de crispación política. El subcomisario estaba en el ojo del huracán.

Lo que tampoco nadie supo entonces es que el policía ya tenía un pie en el otro bando.

La muerte de Aroca conmocionó a Concepción. Crédito: Cedida

De los cerca de 50 detectives detenidos y enviados como prisioneros de guerra a la Escuela de Grumetes de la isla Quiriquina, algunos volvieron a los pocos días, otros lo hicieron a fines de septiembre y un puñado de ellos nunca retornó.

Ruperto Arriagada fue uno de los primeros en volver. Cuatro días después de su detención estaba de regreso en el cuartel de Investigaciones como si nada hubiese pasado, aunque ya nada volvería a ser lo mismo. Nunca supo por qué lo detuvieron ni por qué lo soltaron. Esa incertidumbre, en ese momento, era parte del método.

Arriagada y Roberto Bolaño tenían la misma edad. Habían sido compañeros de curso en el Liceo de Hombres de Los Ángeles entre 1965 y 1968. En septiembre de 1973, uno era detective y el otro era un joven escritor recién llegado de México para sumarse al proceso político iniciado por Allende, pero que había sido detenido en un control policial cuando viajaba en bus hacia Los Ángeles para visitar a sus parientes. Los dos se encontraron en el pasillo del cuartel de Investigaciones de Concepción de la manera más improbable: uno esposado, el otro con pistola.

Fue Arriagada quien lo reconoció al verlo bajar del furgón de Carabineros. “Hueón, no te acordái de mí, fuimos compañeros de curso”, le dijo cuando lo llevaba esposado rumbo a una estrechísima celda.

En los días que siguieron, en conversaciones furtivas tras las rejas o en el patio de la unidad, el detective le fue contando al futuro escritor lo que había ocurrido el 11 de septiembre. Le habló de los buses del Ejército, de la isla Quiriquina, de sus colegas esposados contra el muro. También del subcomisario.

Le contó cómo supo que había sido él: los nombres de los detectives estaban en una lista mecanografiada, separados por llaves trazadas a mano que indicaban la supuesta militancia política de cada uno. El tono de la tinta, una mezcla de rojo y negro, era una particularidad en la atildada escritura del subcomisario.

—Ese fue el conchesumadre que nos traicionó —se dijo Arriagada para sí mismo cuando se percató del detalle.

Como él, los detectives de esa generación jamás olvidaron la traición de uno de sus jefes, un hombre con más de veinte años de servicio en la institución. Décadas después, un Fanpage de policías en retiro llamado “Quiriquina, paradigma de la traición y la injusticia” sigue activo en las redes sociales, dedicado a preservar la memoria de ese episodio que la historia oficial nunca registró.

Una historia inolvidable

Bolaño escuchó el relato desde una celda estrecha y maloliente, con el sonido de los gritos ajenos llegando desde algún lugar del edificio en las noches. No tomó notas. No era necesario hacerlo. Ese tipo de historias nunca se olvida.

Años después, ese hombre tendría un nombre en la literatura.

Paradojalmente, los destinos de Bolaño y el subcomisario se cruzaron una última vez sin saberlo.

A fines de noviembre de 1973, el futuro escritor era dejado en libertad por falta de méritos. Después de ocho días de cautiverio, salió del cuartel al amanecer y volvió a la casa de su amigo Fernando Fernández en Concepción. Semanas después tomaría un avión hacia México. No volvería a Chile.

En esos mismos días, según se lee en su hoja de servicio, el subcomisario era calificado en lista 4 y dado de baja de la Policía de Investigaciones después de más de veinte años de servicio. Las razones exactas nunca quedaron claras. Se tejieron varias teorías, desde que se le descubrió recibiendo coimas hasta que le pasaron la cuenta por la investigación del asesinato del rondín, que incluyó el duro interrogatorio a un alto ejecutivo de canal 5.

Sus excolegas recuerdan que tomó su automóvil marca Volvo y huyó hacia Argentina y después a Perú. Desde ahí se le perdió la pista durante más de una década.

Cuando volvió a aparecer, a mediados de los años 80, lo hicieron en el Palacio de Tribunales de Concepción. Ya no era ese jefe policial que exudaba confianza y aplomo. Era un hombre temeroso que rehuyó del saludo cuando fue abordado por uno de los detectives que había enviado a la isla Quiriquina aquella mañana de septiembre.

El hombre que había llegado vestido de aviador para entregar a sus camaradas terminó huyendo en un Volvo hacia la oscuridad.

Mientras tanto, Bolaño escribía.

Desde México, desde España, desde el exilio que nunca terminó del todo, fue transformando en literatura lo que había vivido y escuchado en esos cuatro meses en Chile. La celda, los gritos nocturnos, las conversaciones furtivas con Arriagada, la historia del detective-piloto que traicionó a los suyos: todo eso decantó durante años hasta encontrar su forma definitiva.

En “Estrella distante”, publicada en 1996, Carlos Wieder es un piloto de la Fuerza Aérea que delata a los integrantes de un taller literario, sus propios compañeros, y después desaparece en la impunidad. Es poeta y asesino. Usa el arte como extensión de su capacidad de hacer daño. Bolaño dijo que en esa novela intentaba “una aproximación, muy modesta, al mal absoluto.”

Lo que nunca dijo es que el mal absoluto tenía un modelo real.

Tenía nombre, rango y hoja de servicio. Tenía una piocha roja en el pecho como piloto de guerra. Tenía un Volvo con el que huyó cuando el sistema que había servido ya no lo necesitaba.

Medio siglo después, su traición, documentada en su propia hoja de vida y en sus registros como oficial de la reserva de la FACH, sigue siendo una herida abierta en la memoria policial de Concepción. El fanpage de los ex detectives se nutre de los recuerdos de quienes fueron apresados el 11 de septiembre.

Y mientras John Malkovich encarna en los teatros del mundo al piloto que escribe versos en el cielo con sangre, en Concepción,  Chile, la historia real tuvo nombres, rangos y documentos oficiales que prueban que el monstruo literario tuvo su reflejo más exacto en un oficial que entregó a los suyos la mañana en que el país comenzaba a derrumbarse.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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