Opinión
Archivo (AgenciaUno)
La verdadera valentía es volver a los propios
La odisea del diálogo está en atreverse a salir, dejarse tocar por el encuentro y tener el coraje de volver a los propios y traerles las razones del otro.
Hace unos días, en un encuentro convocado por siete universidades de La Araucanía que han participado en procesos de diálogo junto al Centro Nansen, me invitaron a responder la pregunta sobre cómo sostener el diálogo en el tiempo. Desde 3xi también hemos recorrido ese camino, con dos encuentros transversales en la región.
La pregunta cobra especial sentido hoy cuando existe una propuesta de la Comisión para la Paz y el Entendimiento que recogió acuerdos amplios, pero cuyo futuro vuelve a enfrentarnos a dificultades conocidas. ¿Cómo hacer que aquello que logramos construir juntos no se diluya cuando cada uno regresa a su mundo? ¿qué nos pasa cuando un acuerdo transversal efectivamente ocurre? ¿por qué cuando “uno de los nuestros” comienza a acercarse al otro aparece la sospecha? ¿qué cedió? ¿qué entregó? ¿de qué lado está ahora? ¿podemos permitir que los nuestros acuerden con otros?
Hemos aprendido a hablar de diálogo como si el desafío fuera llegar hasta el otro. Sentarse frente a quien piensa distinto, escucharlo y comprender sus razones. En tiempos de polarización, eso ya parece un acto de valentía. Pero quizás debemos agregar otro lugar más a esa valentía.
Un diálogo genuino con alguien, especialmente si está en la posición contraria, se parece un poco a una odisea. Supone dejar por un momento la seguridad de la propia orilla y aventurarse a un territorio donde no sabemos exactamente qué vamos a encontrar ni si volveremos pensando igual.
Imagina que el diálogo produce una transformación. No hablo de un cambio completo de posición ni del abandono de las convicciones propias. Hablo de que reconocer al otro y sus razones nos mueva algo, aunque sea para incorporar su planteamiento como una apostilla que, de ahora en adelante, tendré en cuenta. Si después de esa reunión salgo únicamente con la confirmación de lo que ya pensaba, eso, como mucho, fue conversar. Dialogar de verdad supone correr el riesgo de adentrarse en algo desconocido y salir viendo un poco más.
Lo hemos visto en distintos encuentros de conversación entre pares improbables. Personas que, al escuchar a alguien del otro lado, descubren matices que desconocían, reconocen dolores que no habían visto o entienden que detrás de una posición que juzgaban incomprensible había una experiencia que nunca habían considerado. En uno de esos encuentros, cuando preguntamos qué actitud propia reconocían como el principal obstáculo para entenderse, muchos respondieron que su propia intransigencia. Ese reconocimiento abre una grieta en nuestras certezas.
Y sin embargo, esa grieta es la parte fácil. La prueba de verdad llega después, cuando termina el encuentro y cada uno emprende el viaje de regreso y vuelve a su mundo, a sus amigos, a su comunidad, a sus redes, a su tribu. Sostener lo que aprendimos nos cuesta muchísimo más que aprenderlo. La valentía consiste en sostener frente a los propios aquello que el encuentro nos permitió ver.
Un diálogo verdadero puede movernos, sin abandonar las convicciones que nos dieron pertenencia. Puede obligarnos a mirar una certeza desde otro ángulo, reconocer algo valioso en las razones del otro o ampliar aquello que entendemos por “los nuestros”. No volvemos siendo otros; volvemos entendiendo mejor quiénes somos y qué estamos dispuestos a construir.
Aparece la incomodidad. Reflexionar, comprender e incluso revisar una posición frente al otro puede resultar estimulante; hacer visible ese movimiento frente a los propios cuesta más. Quienes nos conocen tienen expectativas sobre lo que pensamos, sobre las banderas que enarbolamos y sobre los límites que no deberíamos cruzar.
Aquí está lo que más cuesta nombrar. En nuestro grupo de pertenencia somos una voz que se escucha, con autoridad, afectos o legitimidad. Por eso la persona más capaz para introducir las razones del otro en mi grupo no es aquel, sino yo. Volver a los propios es, además del gesto más valiente, el lugar donde el cambio se vuelve posible.
Ser ese puente exige decirles a los propios cosas que no querrán oír, que el adversario no era exactamente como creíamos, que algunas de sus razones son atendibles, que probablemente tengamos algo que revisar en nuestras posiciones y que comprender al otro no significa traicionar a los nuestros.
En Chile hablamos mucho de tender puentes. Hablamos menos de lo que implica cruzarlos y, sobre todo, de lo que significa volver. Quien sale a explorar no regresa igual. Toda odisea importa porque quien vuelve trae consigo algo que antes no tenía. Ha visto otra realidad, ha conocido otras razones, alguna certeza se le ha movido de lugar. Y el sentido del viaje no está solamente en aquello que encontró lejos de casa, sino en lo que es capaz de hacer con ese aprendizaje cuando regresa.
La pregunta, entonces, no es solamente si estamos dispuestos a sentarnos con quienes piensan distinto, sino cuán dispuestos estamos a volver a casa y contarles a los nuestros lo que aprendimos.
La dinámica de la polarización necesita que volvamos intactos de cada encuentro, con las etiquetas puestas, los prejuicios en su sitio y las certezas confirmadas. Defraudar esa expectativa —volver removidos, con una mirada más amplia y confesarlo— abre la posibilidad de transformar una sociedad que lleva demasiado tiempo organizada alrededor de sus trincheras.
La odisea del diálogo está en atreverse a salir, dejarse tocar por el encuentro y tener el coraje de volver a los propios y traerles las razones del otro.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.