“Hangar rojo”: un militar que se opuso al golpe
Una de las películas chilenas más notables del año. Un inquietante thriller político que aborda la dictadura desde una perspectiva poco explorada: la de un militar que se opone al golpe. Increíble ópera prima de Juan Pablo Sallato.
Esta cinta seleccionada para representar a Chile en los premios Goya, me parece una de las mejores películas chilenas de la última década. No solo por la potencia de la historia que decide abordar, sino también por la extraordinaria capacidad en su ejecución cinematográfica. Basada en la crónica autobiográfica
Disparen a la bandada, de Fernando Villagrán, la película se centra en el capitán Jorge Silva, exjefe de inteligencia de la FACH, quien recibe la orden de transformar la Escuela de Aviación en un centro de detención y tortura durante las primeras hora posteriores al golpe de Estado.
A diferencia de varias obras cinematográficas sobre ese período, que han situado su mirada en la resistencia, la persecución o el dolor de las víctimas, Hangar Rojo desplaza el eje hacia los pasillos del poder militar. Desde allí explora las fisuras morales de una institución sometida a una lógica de obediencia absoluta, así como la paranoia, el miedo y la presión asfixiante que emanan de una estructura jerárquica donde desobedecer puede convertirse en un acto de supervivencia tanto como de condena.
Silva, uno de los militares que mantuvo una relación de lealtad con Salvador Allende y que, además, le había salvado la vida en una ocasión, se enfrenta así a un dilema moral de enorme complejidad: obedecer las órdenes y convertirse, aun contra sus propias convicciones, en parte de un sistema represivo, o desobedecer y asumir las consecuencias que ello podía implicar, incluida la posibilidad de ser asesinado.
La película atrapa desde sus primeros minutos y compone progresivamente un thriller psicológico de notable intensidad, pero también profundamente humano. Sallato reconstruye los acontecimientos desde la subjetividad de un militar y opta por una puesta en escena deliberadamente claustrofóbica, dominada por primeros planos inquietos que siguen de cerca el rostro del protagonista. La cámara prácticamente no se separa de él. No existe una verdadera escapatoria visual: el encierro físico del hangar termina transformándose en un encierro psicológico y emocional.
Esa decisión formal resulta fundamental. Al situar la historia desde la perspectiva de Silva, Sallato evita que el relato se reduzca a una reconstrucción distante de un episodio histórico o a la mera exposición de un expediente judicial. El interés no reside exclusivamente en determinar qué ocurrió, sino en explorar qué significa vivir dentro de una estructura donde el miedo, la subordinación y la violencia comienzan a erosionar progresivamente las creencias individuales. El verdadero conflicto se encuentra en el peso de la culpa, la responsabilidad y la imposibilidad de permanecer moralmente intacto dentro de un sistema represivo.
Buena parte de esa tensión descansa sobre la impresionante interpretación de Nicolás Zárate. Su actuación sostiene el núcleo dramático de la película y consigue transmitir, mediante miradas, silencios y pequeños gestos físicos, la dimensión del conflicto interno del personaje sin recurrir a excesos melodramáticos. Es una interpretación contenida, pero extraordinariamente expresiva. A ello se suman un diseño sonoro notable, una fotografía en blanco y negro que me parece particularmente hermosa y un reparto que consigue estar a la altura de las exigencias de la historia.
Se suele repetir en internet el dato falso de que “todas las películas chilenas hablan de la dictadura”. Quizás convenga recordar a quienes pretenden borrar u olvidar nuestra historia que estamos hablando de un período que sigue siendo necesario relatar, precisamente para que no vuelva a repetirse algo tan perverso y oscuro. Un período que, además, todavía es objeto de negacionismo y reivindicación. Y hay otra cuestión fundamental: queda muchísimo de la dictadura que aún no ha sido contado por el cine chileno.
Este es justamente uno de esos casos, y resulta especialmente interesante porque aborda este período desde la perspectiva de un militar que se opuso al golpe de Estado, como tantos otros que fueron posteriormente torturados, encarcelados o asesinados, entre ellos Alberto Bachelet, Carlos Prats, Ernesto Galaz y Raúl Vergara. La película permite así cuestionar la idea de unas Fuerzas Armadas como un bloque ideológico homogéneo y mostrar una realidad mucho más compleja: la existencia de oficiales y suboficiales cuya lealtad permaneció ligada al juramento constitucional y al respeto por la democracia, aun cuando ello les significó pagar un precio altísimo.

Crédito: Cedida
Hangar Rojo plantea también reflexiones humanas que van más allá de cualquier lectura política. Son dilemas morales complejos, en los que un hombre debe enfrentarse, desde la distancia y la frialdad que impone su posición, a hechos que contradicen sus propias ideas. Una acción imprevista, una orden desobedecida o incluso un intento de proteger a un detenido pueden tener consecuencias fatales.
La obediencia militar entra así en conflicto con la integridad humana y con una ética personal que, paradójicamente, no logra evitar su participación en una maquinaria de violaciones a los derechos humanos. El protagonista puede intentar proteger a determinados detenidos, pero también termina desempeñando un papel dentro de los interrogatorios y siendo, en ocasiones, parte de la violencia ejercida contra los prisioneros.
Está atrapado en una maquinaria institucional de la que no resulta fácil escapar. Y aunque en determinadas circunstancias intente proteger a detenidos y presos políticos, la película plantea una idea incómoda: no siempre es posible ser un héroe. Esa es, precisamente, una de sus grandes virtudes. Entender que, dentro de una dictadura tan sangrienta como la de Pinochet, las decisiones tienen consecuencias y que sobrevivir dentro de ese engranaje perverso también puede significar cargar con contradicciones, culpas y responsabilidades.
Una cinta brutal, impactante y sobrecogedora. De esas películas que provocan orgullo por saber que fueron hechas en Chile y que demuestran la fuerza que puede alcanzar nuestro cine. Una película necesaria e inquietante que golpea y permanece en la memoria mucho después de terminar.
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