CULTURA|OPINIÓN
Crédito: C. Hélie / Gallimard
“Canción de infancia” de Le Clézio: el país de la infancia también tuvo canciones
Es un libro estremecedor y conmovedor, porque muestra dos mundos, el de los adultos y el de la niñez, que ven dos realidades, especialmente marcadas por los mismos hechos terribles de la guerra, pero vividos desde perspectivas muy diferentes.
En Canción de infancia (2020), J. M. G. Le Clézio (Niza, 1940), premio Nobel de Literatura 2008, vuelve a recuperar la infancia vivida en la Segunda Guerra Mundial, desde sus ochenta años. Sin duda, todas las infancias dejan una marca indeleble, pero en el caso de su generación, ese entorno de guerra trajo consigo un cotidiano de muerte y sufrimiento de la población. Y, como niño de esos años, los bombardeos y las muertes lo marcaron profundamente.
El libro está constituido por dos relatos: Canción de infancia, la más extensa y la que da título a la publicación y El niño y la guerra, con énfasis en su profunda convicción que define con las siguientes palabras: “la guerra es lo peor que puede pasarle a un niño”. (p.109)
Es un libro que busca recoger la memoria que todo ser humano va reconstruyendo desde los ojos de la infancia y los de la adultez: el camino de la vida, en definitiva. La narración va recuperando esa memoria, tratando de entenderla mejor, reconocer en ella la formación del ser humano que ha llegado a ser; de esa manera su lectura despierta un trabajo similar al lector, una especie de vaivén entre su propio ser de hoy y las palabras del libro que, sin duda, nos llevan a revisitar muestro propios recuerdos de infancia.
Así, caminamos por los surcos de la memoria desde que se nace, las sucesivas construcciones y reconstrucciones, las transformaciones frecuentes para acomodar la realidad de lo sucedido a nuestros deseos de cómo debería haber sido. Y, por otra parte, esa búsqueda incesante de reconocer qué es lo que permanece como parte inseparable de nosotros en el presente.
Regresa a Bretaña, una de las regiones de Francia, específicamente a Niza, donde pasó largos veranos y es su país de infancia, donde se habla francés, pero también se mantiene el bretón, y la describe así: “Bretaña no solo nos era familiar, sino que era de la familia. (…) Pues crecí convencido de que nosotros (quienes llevaban nuestro apellido, el de mi padre y el de mi madre, los de nuestra estirpe) éramos bretones y que desde los tiempos más remotos ese hilo invisible y sólido nos unía a esa región”. (p.11)
En el inicio de la primera parte, específicamente dice que no nació en Bretaña, pero que pasó allí todos los veranos entre 1948 y 1954 y agrega que “es el lugar que más emociones y recuerdos me ha dejado”. Sin duda, esas vivencias son la materia que moldeará nuestro ser futuro, aquello que vimos, percibimos, adivinamos, nos hizo llorar y reír, deseamos, rechazamos, será lo que construirá y será parte de nuestro ser y definirá nuestras características más personales y perdurables.
Como el niño que fue, añora un mundo que se asemeja al paraíso deseado, bullente de vegetación, bosques, plantaciones, casas de piedra, una naturaleza siempre por descubrir y hacer suya desde la realidad y la imaginación. Y, como suele suceder, cuando regresa a este país de la infancia después de muchos años, se ha convertido en algo muy diferente. La gente recordada ha muerto, se ha ido y han llegado otros desconocidos; hay carreteras y rotondas, casas uniformes, una ciudad ahora irreconocible.
Es muy interesante su detención en la desaparición de la lengua bretona, directamente emparentada con los celtas, pero percibida como diferente, inferior a la lengua francesa, en tanto no es reconocida por el Estado; pero para los bretones sí tiene una carga emocional indiscutible, en tanto es la verdadera lengua de infancia. Señala Le Clézio que “La generación que renunció a su lengua materna (esa lengua que se hablaba en la Baja Bretaña al nacer y con la que se crecía) a menudo fue la que acabó en primera línea de fuego en los conflictos, concretamente en la última expedición colonial que se impuso a la población rural, la guerra de Argelia”. (p. 25)
Expresa así su crítica percepción de las desigualdades y de la intolerancia basada en percibir a una parte de sus ciudadanos como inferiores solo porque su lengua materna no es la lengua oficial del país. Y más grave, cuando esa diferencia desaparece al enviarlos a morir en las trincheras.
Si bien gran parte de los libros que recuperan la infancia permanecen en un ámbito más bien idealizado, a Le Clézio le duele que apenas en una década, “la música de la lengua bretona hubiera dejado de sonar allá donde antaño la había oído (en boca de los niños chicos, en la plaza pública, en el café, en los mercados, me resultaba incomprensible y angustioso, como si con un toque de varita mágica se hubiese cambiado a una población por otra”. (p.25-26)
En la segunda parte, Le Clézio relata el periodo en que Niza estaba ocupada por las tropas italianas durante la Segunda Guerra Mundial. Fueron años de temor, de miedo profundo, de violencia muy cercana, especialmente al vivir esa experiencia en la niñez.
Como lo señalan prácticamente todas las obras literarias que se relacionan con las guerras, en cualquier tiempo y espacio, una de las consecuencias más intensas es el hambre, lo que también señala en este texto: “El hambre a la que me refiero la sentí en la primera infancia, durante la guerra. Es de lo único que me acuerdo. No era un hueco sino un vacío, en el centro de mi cuerpo, todo el rato, a cada instante, un vacío que nada puede colmar, que nada puede saciar”. (p.131)
Es un libro estremecedor y conmovedor, porque muestra dos mundos, el de los adultos y el de la niñez, que ven dos realidades, especialmente marcadas por los mismos hechos terribles de la guerra, pero vividos desde perspectivas muy diferentes. Para Le Clézio niño, es el hambre la que marca esos años, aquello que vive y sufre cada día y, paradojalmente, termina su libro recordando su llegada a África -donde su padre había estado desde antes de la guerra- de una manera inesperada y lúcida: “En África, el continente que hoy se considera olvidado, es donde conocimos la libertad, el placer de los sentidos y la abundancia de la naturaleza”. (p.156)
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