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“Diligencia” de Pablo Toro: La raíz del mal y las posibilidades de superarlo CULTURA|OPINIÓN

“Diligencia” de Pablo Toro: La raíz del mal y las posibilidades de superarlo

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El libro se aparta de la novela policial clásica. No organiza toda su energía en torno a resolver las incógnitas de un crimen. El centro está en el trayecto, en la acumulación de hechos sórdidos y en la transformación de quienes participan en él.


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En “Diligencia”, Pablo Toro efectivamente nos cuenta sobre el traslado de los más diversos tipos de paquetes ilegales por Santiago, incluyendo personas, agonizantes o fallecidas. Con el avance de la lectura, se nos va haciendo natural que dos funcionaros de Carabineros, acepten ejecutar órdenes de su capitán Baza, sin preguntarse por qué las formuló, qué busca proteger y a quién perjudica. La novela convierte esa obediencia en una forma de viaje. Dracos y Mansilla avanzan por la ciudad, pero también descienden por una escala moral en la que cada encargo vuelve más difícil distinguir entre deber, amoralidad y ambición.

La novela está situada en un Santiago reconocible. Por fea y violenta que nos pueda resultar la capital real en la que habitamos, la que vemos en la novela está desplazada unos grados más hacia la pesadilla. Una mala cara de la ciudad que muestra policías que circulan vestidos de civil y ejecutan órdenes que no pueden quedar registradas, que por diversión acosan a ciudadanos, y que no paran de cometer atropellos para poder saciar su ingente necesidad de chutarse dosis de cocaína.  La pareja de policías protagonistas sobrevive con sus fosas nasales muy dañadas a punta de aspirar “La Asquerosa”. La ciudad no aparece como un escenario neutral: parece una máquina que distribuye amenazas y heridas. Sus calles no conectan solamente barrios; conectan jerarquías, negocios, instituciones y silencios.

Es interesante que Toro evita presentar la ciudad como un mapa de zonas buenas y malas. El peligro no está únicamente en el narcotraficante ni en el delincuente visible. También está en la oficina, en la cadena de mando, y sobre todo en el aparato del estado, en las instituciones policiales que administran la violencia y en los personajes que afirma estar cumpliendo su trabajo mientras cometen delitos. Santiago se vuelve así una ciudad sin heterogeneidad ética: incluso quienes supuestamente persiguen el delito cometen cada día tantos o más crímenes que los delincuentes.

Todo lo antes descrito sitúa la nivela dentro de los cánones del género policial noir, y en particular del neopolicial hispanoamericano.

Como se ha dicho, el sargento Dracos y la cabo Mansilla no forman una pareja de carabineros destinada a restaurar el orden. Tampoco son exactamente cómplices equivalentes. Son dos personas que observan una misma estructura desde posiciones distintas y que intentan averiguar qué lugar pueden ocupar en ella. Desde un inicio se observan diferencias claras entre ambos, si bien siempre los dos terminan por ejecutar las bárbaras órdenes del capitán Baza.

Un pasaje que ilustra esos matices de la dupla, tiene que ver con la desaparición del dirigente estudiantil Luis Toledo, un tema que cruza buena parte de la novela: “Rumbo a la casa de seguridad, Dracos pensaba en el estudiante como una caja de secretos que debía ser palanqueada en nombre del bienestar general. Bajo el prisma de la calle, eso le parecía legítimo. Mansilla, en cambio, estaba teniendo problemas con el asunto, porque la imagen de Toledo en el maletero le recordaba sus sueños recientes…”. 

Dracos ya ha aprendido que la institución no premia la rectitud, sino las ansias de trepar. Su experiencia le permite reconocer los códigos de la calle, esa lucidez lo vuelve más eficaz dentro de un sistema en el que cualquiera te puede apuñalar por la espalda. Mansilla representa una ambición menos sedimentada, su relación con la violencia tiene algo de aprendizaje, pero también de un proyecto personal que se devela al final de la obra. En ambos personajes, el ascenso aparece entonces como una pedagogía: cada prueba exige un poco más de silencio, un poco más de crueldad y un poco menos de memoria.

La palabra “diligencia”, que titula la obra, posee una buena cuota de ironía. En el mundo de la novela se trata efectivamente de encargos, pero unos que siempre están fuera de la ley, las diligencias son órdenes que deben cumplirse con eficacia y sin preguntas. Esa ambigüedad moral: obedezco, como debe ser en una institución uniformada y jerarquizada, pero obedezco lo que sea, permite que el título funcione en varios niveles. Son misiones concretas, pero también al mirar el conjunto de la novela, los personajes avanzan porque alguien los ha puesto en movimiento: el capitán Báez, el grupo de La Reunión en el que ese siniestro personaje participa, ¿quién detrás de La Reunión y Báez?… La pregunta no es solamente qué llevan, sino qué fuerza los transporta.

En ese sentido, el libro se aparta de la novela policial clásica. No organiza toda su energía en torno a resolver las incógnitas de un crimen. El centro está en el trayecto, en la acumulación de hechos sórdidos y en la transformación de quienes participan en él. El crimen no es un enigma sino más bien un ambiente que modifica a los personajes. El propio Toro ha descrito su propuesta como un neopolicial interesado más en el viaje y en la transformación de los personajes que en resolver necesariamente todos los crímenes.

La trama se sitúa en 2025, con una acción concentrada en un día (las horas del día dan el título a varios de los capítulos, y con retrocesos hacia distintos momentos de la postdictadura. En esos momentos, tan cercanos como el año pasado, La Reunión, la organización secreta que articula parte de la trama, se nos muestra como un poder oculto tan fuerte que las instituciones visibles, supuestamente encargadas del orden, aparecen obedeciendo a pactos que el ciudadano común no puede ver, mezclando funcionarios públicos, narcotraficantes, un senador de ética curiosa, empresarios que financian operaciones, criminales, todos bien mezclado con policías corruptos e intelectuales partidarios del aceleracionismo. Pocos personajes permanecen íntegros. A lo largo de la mayor parte de la novela, la rectitud moral se observa básicamente en un personaje, la escritora Lidia Pozo, que busca la verdad sobre la muerte de su hija Francia, quien fuera pareja del mencionado senador.

El mensaje que queda resonando, es que el sistema criminal no requiere que todos sus participantes compartan una doctrina y unos antivalores. Basta con que compartan obsesión por las utilidades, y temor a perder sus respectivas carreras, con esos dos elementos tendremos a muchos actores que, persiguiendo su propio bienestar, bregan por los intereses de algunos líderes poderosos, unos más visibles que otros. Suena a algo conocido y extrapolable, más allá del ámbito estrictamente delictivo.

Los retrocesos hacia comienzos de los años noventa introducen una segunda temporalidad. No se trata solamente de explicar antecedentes de la trama. El pasado aparece como una reserva de procedimientos que siguen disponibles en ese presente del 2025: vigilancia, secretos, aparatos de seguridad, lealtades construidas durante la transición y prácticas que no desaparecieron cuando cambiaron los discursos oficiales. Vemos la famosa Oficina, una muy similar a la real, esa entidad de inteligencia civil del gobierno de Patricio Aylwin, encabezada por Marcelo Schilling, que tuvo por objetivo desarticular a los grupos armados que habían adoptado esa forma de lucha contra la dictadura de Pinochet.

Los trasuntos ficticios de personajes reales asoman cada cierto tiempo. De hecho el senador ya mencionado se llama Ignacio Green; el nombre idéntico, el apellido de raíz anglosajona, y su declaración…” soy un hombre de centro]… [Creo en la centralidad del centro”, correlacionan bastante con un político real conocido… 

Volviendo a los flashbacks, la novela parece preguntar qué significa que un país cambie de régimen político sin desactivar por completo sus formas más oscuras de poder. En lugar de representar la postdictadura como un capítulo cerrado, la incorpora como una infraestructura en proceso de deterioro. Las malas prácticas de antaño, en lugar de estar recluidas en los museos de la memoria, reaparecen en los métodos, en las carreras institucionales y en la manera en que ciertas personas entienden la obediencia. El pasado de las diligencias de Dracos y Mansilla, resulta parecido a una filtración. El terrorismo de estado de la dictadura se filtra en el presente, contamina sus decisiones y vuelve sospechosa la idea de que la democracia comenzó desde cero.

El lector puede encontrar asesinatos, desapariciones, corrupción, protestas y operaciones clandestinas, pero no una justicia proporcional a los daños.  La impunidad es parte de los objetos de análisis de la novela.

Hacia el final de la novela, se produce más de un vuelco inesperado, que desde luego no develaremos, solo comentar que son revelaciones que funcionan. Y que dejan reflexionando sobre la raíz del mal, y las posibilidades de superarlo. Pero también nos dejan en la retina, o en la corteza del cerebro, a las y los héroes que se rebelan contra esos crímenes e injusticias, por mucho poder que tengan quienes los cometen.

Diligencia

Pablo Toro. 2026

Tusquets. Colección Andanzas

294 páginas

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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