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“Un campo de flores muertas” de Felipe Gómez: secretos familiares y rituales de sectas CULTURA|OPINIÓN Crédito: Instagram de Felipe Gómez

“Un campo de flores muertas” de Felipe Gómez: secretos familiares y rituales de sectas

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El horror de la novela no reside únicamente en la violencia de los asesinatos ni en las imágenes perturbadoras que los acompañan, sino en la posibilidad de que detrás de aquello que creemos comprender exista un orden completamente ajeno a nosotros.


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Esta novela de Felipe Gómez, comienza siguiendo las coordenadas reconocibles de una investigación policial. El detective Tomás Guzmán debe esclarecer el asesinato de dos niños, un asesinato horrible, al llegar al lugar de los hechos, se encuentra con (cito): “una masa informe en que habían convertido a los pequeños, a sus bracitos y piernas torcidas en ángulos abyectos, sus cuencas…las flores”.

Se trata de un caso cuyas características le recuerdan un crimen ocurrido años atrás. La única sobreviviente de aquel episodio, Ignacia, que al momento del crimen investigado por Guzmán bordeaba los dieciséis años y desconoce que su hermanito murió de manera similar en aquellos remotos años, pasa a ocupar un lugar central en la investigación.

A partir de ahí, lo que parecía un caso criminal comienza a abrirse hacia terrenos mucho más inquietantes: recuerdos incompletos, sueños, secretos familiares, rituales de sectas, y una presencia que parece tener raíces mucho más antiguas que los propios personajes.

En algún punto de la novela, el relato se comienza a alternar con artículos de Helena Correa, un personaje presentado como académica de la Universidad de la Frontera Austral, que investiga los arquetipos del bien y el mal en distintas religiones, y su posible emergencia en nuestra realidad.

Un acierto de Gómez es esa paulatina deriva del texto desde la investigación policial hacia el terror y lo fantástico. El lector entra esperando un thriller y luego comienza a transitar por un territorio de horror sobrenatural. La investigación policial funciona como una puerta de entrada a un mundo donde las explicaciones racionales empiezan a quedarse cortas. Las influencias del horror cósmico son reconocibles, pero la novela las lleva a un escenario propio, situado en Chile y con entornos de bosques, que no parecen para nada idílicos ni sugerentes para el lector.

La mencionada transición de lo policial a lo sobrenatural, se logra con cierta sopresa, a pesar de que en el breve capítulo inicial hay indicios de lo que constituye el meollo de la novela. En esa partida se narra un extraño parto de Ignacia, pero las referencias a lo desconocido son oblicuas, con lo que el pacto narrativo inaugural no necesariamente nos sitúa de lleno en el horror cósmico.

A medida que Guzmán se acerca a Ignacia, las fuerzas latentes tras los hechos se van desencadenando, hasta que se termina por comprender que la joven siempre estuvo llamada a jugar un rol, y que ni el accionar del detective ni el de ella, son ajenos a los objetivos de las personas que integran las sectas involucradas en los asesinatos.

En ese sentido, el horror de la novela no reside únicamente en la violencia de los asesinatos ni en las imágenes perturbadoras que los acompañan, sino en la posibilidad de que detrás de aquello que creemos comprender exista un orden completamente ajeno a nosotros. Guzmán intenta reconstruir los hechos como lo haría cualquier investigador, buscando causas, responsables y explicaciones; pero a medida que avanza, esas categorías comienzan a perder consistencia.

Se echa de menos una pizca más de trabajo de la parte editorial, hay algunas reiteraciones innecesarias, y otros detalles mejorables.

Independiente de lo anterior, se trata de una novela recomendable para quienes disfrutan de los thrillers, en particular de los que se internan en el horror, y para quienes valoran más una atmósfera inquietante y sugerente que una explicación exhaustiva de cada misterio.

Ficha técnica:

Un campo de flores muertas

Felipe Gómez, 2026

Editorial Zigzag

179 páginas

 

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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