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“Wild horse nine”: Rapa Nui convertida “En Brujas”

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Martin McDonagh regresa con una nueva película filmada en Rapa Nui y protagonizada por una dupla extraordinaria: John Malkovich y Sam Rockwell. Una comedia negra, ácida y mordaz, ambientada en los días previos al golpe de Estado de 1973, cuyo contenido político la vuelve más vigente que nunca.


En 1982, el cineasta franco-griego Costa-Gavras estrenó Missing, una película ambientada en los días posteriores al golpe de Estado en Chile. Debido a las evidentes restricciones y a la censura que imponía la dictadura, tuvo que rodarse en México. La historia sigue a un joven periodista y escritor estadounidense residente en Santiago que desaparece misteriosamente. Su esposa inicia entonces una búsqueda desesperada en medio del toque de queda, la censura y la represión. Se trata de una producción de Hollywood que consiguió cuatro nominaciones al Oscar y que tuvo la valentía de denunciar los horrores de la dictadura mientras el régimen de Pinochet seguía en el poder.

Décadas después, Martin McDonagh realiza una película de Hollywood que también se adentra en uno de los episodios más oscuros de nuestra historia, aunque esta vez desde los días previos al golpe. Y, si bien hoy no vivimos bajo una dictadura, la película dialoga inevitablemente con nuestro presente, especialmente cuando sectores políticos reivindican el régimen militar o relativizan sus crímenes. Por eso, su estreno resuena con tanta fuerza.

Desde sus inicios en el teatro y con su cortometraje Six Shooter, ganador del Oscar, McDonagh ya mostraba las características que terminarían definiendo su cine: una combinación de comedia negra y tragedia, personajes moralmente complejos y una capacidad extraordinaria para mezclar temas profundamente oscuros con un humor tan incómodo como inteligente. Desde En Brujas y Siete psicópatas y un perro hasta Tres anuncios por un crimen y Los espíritus de la isla, su filmografía ha mantenido una identidad muy reconocible. Muchos comparan su estilo con el de Quentin Tarantino, Guy Ritchie o los hermanos Coen, pero creo que McDonagh ha conseguido forjar una voz propia, consistente y muy particular. Es un cineasta que sabe combinar crueldad, ternura, absurdo y desesperanza sin perder nunca el equilibrio. Y esta nueva película no es la excepción.

Crédito: imagen de la película

Ambientada en los días previos al golpe de Estado de 1973, en medio de las operaciones de la CIA para desestabilizar la democracia chilena, la historia sigue a dos agentes que son amigos y que terminan en Rapa Nui, el destino elegido por uno de ellos, quien padece un cáncer terminal y sabe que le quedan pocos días de vida.

La película se siente, en varios aspectos, como una secuela espiritual de En Brujas. McDonagh retoma algunos de los conflictos y las dinámicas de aquella película, pero los traslada a un contexto mucho más político. En ambas historias, la amistad y el “trabajo” funciona como una vía de escape hacia un lugar bello y apartado del mundo que, paradójicamente, también se convierte en un espacio de desencanto.

Uno de los protagonista expresa su rechazo hacia el lugar que los acoge, el mismo llega a pedirle al otro que lo asesine, aunque por razones muy diferentes en cada caso. También hay una similitud evidente entre la dinámica de John Malkovich y Sam Rockwell y la que construyeron Colin Farrell y Brendan Gleeson. En Brujas, uno más ignorante y el otro más culto. A esto se suman guiños y ecos de otras obras del director, como Tres anuncios por un crimen y Los espíritus de la isla.

Crédito: imagen de la película

McDonagh aborda la historia chilena a través de múltiples referencias: la figura de Salvador Allende, las menciones a Pinochet, un concierto de Víctor Jara y, desde el comienzo, la extraordinaria canción Gracias a la vida, de Violeta Parra. También resulta interesante la discusión en torno al nombre de la isla, una cuestión que el director parece tener bastante clara, pero que todavía genera confusión entre muchos chilenos. McDonagh deja clara su postura política y pone el foco en el intervencionismo estadounidense, la injerencia de la CIA y las operaciones que marcaron la historia de América Latina durante la Guerra Fría. La película expone la frialdad burocrática y deshumanizante con la que Washington intervino en la política latinoamericana.

Sin embargo, pese a la centralidad de la dictadura chilena, la película desarrolla una crítica mucho más amplia al intervencionismo estadounidense y al papel de la CIA en distintos conflictos políticos alrededor del mundo. No se limita a denunciar las atrocidades cometidas en América Latina, sino que conecta estos acontecimientos con otros episodios históricos: el asesinato de Kennedy, Checoslovaquia, Vietnam e incluso la muerte de Patrice Lumumba, líder congoleño cuyo asesinato marcó profundamente la historia de la República Democrática del Congo. De esta manera, McDonagh construye un relato que conecta distintos escenarios de violencia política y deja en evidencia la responsabilidad de Estados Unidos en la desestabilización de gobiernos y procesos democráticos. Una mirada que trasciende las fronteras chilenas y que demuestra que la historia de nuestro país forma parte de una trama internacional mucho más amplia.

John Malkovich y Sam Rockwell forman una dupla excepcional. Ambos están increíbles, aunque Malkovich se lleva buena parte de los créditos. Su interpretación es de esas que merecen reconocimiento y, por qué no, un Oscar, ya ganó la Copa Volpi a mejor actor en el Festival de Venecia. Su personaje cae bien, resulta cómico y tiene un carisma innegable. Pero hay algo fundamental que no debemos olvidar: es un fascista.

Ahí reside precisamente uno de los aspectos más interesantes de su construcción. Detrás del humor, la simpatía y su aparente humanidad, se esconde un asesino responsable de una cantidad brutal de muertes en distintos países. Es un personaje perverso por dentro, lleno de contradicciones, al que la película le concede la posibilidad de redimirse antes de morir. Aunque, tratándose de alguien como él, cuesta imaginar que logre la salvación por mucho que intente pedir perdón. McDonagh juega con esa contradicción para recordarnos algo fundamental: el carisma no borra los crímenes, el humor no elimina la responsabilidad y la posibilidad de redención no convierte al verdugo en una víctima inocente.

Por otra parte Mariana Di Girolamo realiza una excelente actuación. No creo que su participación termine llevándola hasta el Oscar, como han sugerido algunos medios, pero formar parte de una producción de este calibre ya es un logro enorme. Además, su personaje cumple un papel importante dentro de la trama como una estudiante universitaria simpatizante del gobierno de Allende que tiene un vínculo fundamental con el protagonista interpretado por John Malkovich. Es una participación que merece destacarse.

Y qué decir de Rapa Nui. La película está filmada con una belleza impresionante. Al igual que en En Brujas, McDonagh demuestra una enorme capacidad para retratar los lugares en los que ambienta sus historias, aprovechando sus paisajes, su atmósfera y sus particularidades para convertirlos en espacios cinematográficos extraordinarios. Rapa Nui no es simplemente un telón de fondo: su belleza contrasta con la oscuridad de la violencia política. Ese contraste entre el paraíso natural y la podredumbre moral que se siente en el ambiente resulta especialmente potente.

El director vuelve a demostrar su talento para el buddy movie, ese subgénero que gira en torno a la relación entre dos protagonistas. Ya lo había conseguido con En Brujas y Los espíritus de la isla, y aquí vuelve a construir una conexión fascinante, marcada por el afecto, el odio, la toxicidad, la complicidad y la comedia. La relación entre ambos personajes es compleja y contradictoria, y McDonagh consigue explorarla sin perder nunca de vista el contexto político en el que se desarrolla.

El equilibrio entre humor negro y tragedia sigue siendo una de sus mayores virtudes. En toda su filmografía conviven lo absurdo y lo terrible. Sus historias están atravesadas por la violencia, la crueldad y la desesperanza, pero el director consigue abordar incluso las situaciones más brutales con un ingenio y una mordacidad extraordinarios. Esa particular capacidad para hacernos reír mientras nos enfrenta a realidades incómodas es una de las razones hace de Martin McDonagh uno de los grandes cineastas contemporáneos.

En definitiva, estamos ante una de las grandes películas del año. Y qué mejor que esté filmada en nuestro territorio y que, además, aborde críticamente uno de los episodios más oscuros de nuestra historia. Los asesinatos, las muertes y los desaparecidos no pueden quedar en el olvido. Detrás de aquella tragedia hubo además de problemas políticos internos, una intervención estadounidense que contribuyó a destruir nuestra democracia.

Siempre habrá sectores negacionistas que prefieran cerrar los ojos ante la realidad y refugiarse en su propia burbuja antes que reconocer lo ocurrido. Pero la historia está ahí, por mucho que algunos intenten relativizarla o borrarla. Y películas como esta cumplen una función fundamental: recordar y abrir conversaciones que siguen siendo necesarias.

Martin McDonagh no solo nos entrega una extraordinaria comedia negra: también nos recuerda que el cine puede ser un vehículo de memoria, reflexión política y denuncia. Y, en tiempos en que algunos parecen empeñados en olvidar, esa capacidad resulta más valiosa que nunca.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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