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OPINIÓN

Flujos de capital especulativo: la interferencia destructiva

por 27 diciembre, 2018

Flujos de capital especulativo: la interferencia destructiva
Desde hace un siglo y medio las economías capitalistas desarrolladas han venido siguiendo una trayectoria que muestra, más o menos cada siete años en promedio, una oscilación corta con sus fases de crisis, depresión, crecimiento lento, crecimiento rápido, exuberancia irracional y… nueva crisis. Dichas oscilaciones se han venido sucediendo unas a otras generalmente hacia arriba, es decir, cada máximo alcanza mayor altura que el precedente. Sin embargo, más o menos cada treinta años, dichas oscilaciones se hacen más violentas y en lugar de sucederse hacia arriba lo hacen hacia abajo, es decir, caen en una nueva crisis antes de superar el máximo anterior.
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Las bolsas mundiales experimentaron su peor Navidad de la historia. Luego rebotarán, pero vale la pena aprovechar la tranquilidad de estos días de fiesta para reflexionar acerca de lo que parece estar sucediendo.

Puede ayudar la física elemental, que denomina “interferencia destructiva” la interacción entre dos ondas que se propagan por un mismo medio en armonía, es decir, con la misma frecuencia, y dirección y sentido, pero con diferentes amplitudes y a contrafase, es decir, cuando una sube la otra baja.

Imagine además que ambas ondas no son líneas continuas sino a su vez ondas, conformadas por una sucesión de oscilaciones más breves y de menor amplitud, que a veces se suceden unas a otras hacia arriba y en otras ocasiones hacia abajo, y que también se interfieren, pero de modo constructivo, es decir, en fase, cuando una sube o baja la otra también pero amplificada por la primera, de modo que, vista de lejos, su trayectoria mutua resulta a contrafase.

De ese modo complejo vienen danzando, hace a lo menos medio siglo, las economías desarrolladas y emergentes, al ritmo de los ciclos cortos y seculares de las primeras. Para complicar aún más las cosas, este último puede a su vez estar determinado por la sucesiva aparición de las segundas siguiendo el caprichoso curso de la urbanización a nivel planetario. Ambas inmersas en el medio de los flujos y reflujos seculares de mercancías, pero especialmente del capital.

Desde hace un siglo y medio las economías capitalistas desarrolladas han venido siguiendo una trayectoria que muestra, más o menos cada siete años en promedio, una oscilación corta con sus fases de crisis, depresión, crecimiento lento, crecimiento rápido, exuberancia irracional y… nueva crisis. Se registran más de veinte desde 1870 y unas treinta en total desde 1825 cuando sucedió la primera.

Dichas oscilaciones se han venido sucediendo unas a otras generalmente hacia arriba, es decir, cada máximo alcanza mayor altura que el precedente. Sin embargo, más o menos cada treinta años, dichas oscilaciones se hacen más violentas y en lugar de sucederse hacia arriba lo hacen hacia abajo, es decir, caen en una nueva crisis antes de superar el máximo anterior. La sucesión de estas oscilaciones más breves se inscribe de ese modo en una trayectoria a su vez cíclica, secular.

Esto se sabe desde hace tiempo, solo que la última crisis secular lo ha venido a confirmar sin apelación. Lo nuevo es la constatación del comportamiento de las economías emergentes, al menos en los dos últimos ciclos seculares. Antes nadie las tomaba en cuenta porque eran muy pequeñas, pero ahora que han adquirido un peso mayor a medida que las regiones más pobladas del mundo se urbanizan rápidamente, han mostrado un comportamiento asombroso.

Sus ciclos cortos parecen ser un reflejo amplificado de los que experimentan las economías desarrolladas, oscilan más o menos al mismo tiempo y en fase, es decir, cuando las primeras suben o bajan, las otras también, aunque de modo más violento. Hasta ahí nada que llame la atención.

Lo más impresionante es que, como resultado de lo anterior, la trayectoria secular de ambas se ha movido en sincronía pero a contrafase. Parece haberse acumulado suficiente evidencia de que, al menos en los últimos dos ciclos, las economías desarrolladas y emergentes han seguido una trayectoria armónica en el tiempo, solo que exactamente al revés. En efecto, las segundas capearon sin problemas e incluso rozaron el cielo en las dos últimas crisis seculares que atribularon a las primeras. En cambio se han venido al suelo cuando estas han estado en recuperación y auge.

Es quizás la principal lección que ha develado a la teoría económica la crisis mundial que se inició con el siglo. Ha acumulado evidencia para verificar el ciclo secular de las economías desarrolladas pero, además y esto es lo nuevo, la manera en que este se refleja, al revés como en un espejo, en el superciclo de materias primas, bolsas, monedas, endeudamiento y actividad general de las economías emergentes.

Este extraño comportamiento parece estar determinado por el sentido de los flujos seculares de capital de las desarrolladas hacia las emergentes, que interfiere asimismo de retorno en el curso de las primeras, crecientemente a medida que la amplitud de las últimas es cada vez mayor.

Gigantesco avance para la ciencia económica y buenos augurios para las economías desarrolladas que van en recuperación larga tras la década de crisis con que iniciaron el siglo XXI. Aunque con fuertes barquinazos como el que ahorita está mostrando las orejas sobre el horizonte, inevitables para corregir desequilibrios pendientes como la sobrevaloración global de activos financieros.

Pero nada bueno para las economías emergentes. Capearon la tormentosa primera década del siglo, en jauja por las masas de capital sobrante del Norte en crisis que bajaron en busca de mejor clima en el Sur. Al revés, las emergentes vienen capotando una tras otra en la medida que susodichas golondrinas vuelan de retorno a casa, en refacción durante la década en curso. Esta amenaza terminar para ellas tan perdida como la de 1980 y la mala racha extenderse a lo largo de otra más, como sucedió en los años 90, al menos en lo que a precios de materias primas respecta.

No se puede simplemente observar esta interferencia destructiva, cuyo medio principal son los flujos de capital especulativo. Algo hay que hacer al respecto, quizás empezar por reintroducir de urgencia el encaje Zahler y Ffrench-Davis de los años 90 no sería una mala idea.

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