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La energía social desatada en 2018 asoma expectante el 2019

por 7 enero, 2019

La energía social desatada en 2018 asoma expectante el 2019
La energía social se expresa en forma de protesta y movimientos sociales con capacidad de elevar un pliego de demandas de orden reivindicativo y/o transformador, mientras en paralelo asume nuevas formas organizativas, que se despliegan en distintos frentes de disputa que surgen desde las contradicciones irresueltas del modelo chileno. Evidentemente, no porque haya finalizado un año cronológico más, los movimientos subalternos mencionados dejarán de pervivir. Todo lo contrario, su crecimiento, maduración e irrupción parecieran ser exponenciales en épocas de aceleración del tiempo histórico.
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La energía social desatada en el Chile contemporáneo –la cual tiene su principal diagnóstico para el período en la tesis del malestar social desarrollada por Alberto Mayol a partir de la publicación de El derrumbe del modelo (2012)– se explica en gran medida por: a) las contradicciones que incuba la instauración y consolidación del modelo capitalista-neoliberal en Chile; b) las capas de dominación histórica asentadas en el país (como, por ejemplo, la dominación: hacendal-colonial, del Estado chileno en contra de los pueblos originarios, especialmente el pueblo mapuche, patriarcal, etc.); y c) la degradación institucional del Estado ampliado a partir de distintas formas de corrupción develadas en los ámbitos político, empresarial, Iglesia católica, FF.AA. y de Orden y Seguridad, etc., última dimensión trabajada con mayor detención en la primera columna que abre el presente “balance” sobre los síntomas que arrojó este 2018.

Junto a estos factores explicativos, también es dable establecer que la acumulación de energía social en forma de malestar se expresa en “estallidos” cada vez más resonantes, debido a que el Estado subsidiario es incapaz de procesar adecuadamente el torrente de malestar social, desfondando la legitimidad de sus principales entidades hegemónicas (hipótesis de lectura que hemos trabajado al interior de Fundación Crea).

En estos días, el Estado subsidiario –forjado a imagen y semejanza de las necesidades del gran empresariado por la mano cuasidivina de los apologetas del mercado– emprende una nueva “reforma modernizadora” que es necesario mirar con absoluta detención, ya que el antecedente previo es nada más ni nada menos que la reforma del año 2003, consensuada entre el principal líder de la oposición de ese entonces, Pablo Longueira (UDI), y el ministro del Interior del Gobierno de Ricardo Lagos, José Miguel Insulza (PS).

El “Acuerdo para la Modernización del Estado, la Transparencia y la Promoción del Crecimiento” era la principal respuesta por parte de las coaliciones políticas (Alianza/Concertación) tras el bullado caso MOP-Gate. Ese mundo, el del “reparto duopólico del poder”, se ha ido y no volverá. ¿Qué tipo de pacto buscará posicionar el transversal “partido del orden” para promover una necesaria reforma de modernización del Estado en tiempos donde se han alterado las reglas del consenso político? ¿Tendremos nuevamente una reforma del Estado creada a imagen y semejanza del empresariado?

Enhorabuena, uno de los fundadores de la formación política Podemos (España) y de visita en estos días por el país, Juan Carlos Monedero, ha ofrecido un diagnóstico-respuesta al fenómeno recientemente aludido a partir de su último libro, titulado La izquierda que asaltó el algoritmo: Fraternidad y digna rabia en tiempos del big data (2018): “O las mayorías vuelven a ser necesarias, de una forma u otra, o la revolución conservadora vendrá para quedarse mucho tiempo. Los que recaban y procesan datos venden nuestra indignación y la convierten en un algoritmo que se convierte en GPS ideológico. Los que compran datos juegan con las emociones”.

Como esto es harina de otro costal, dejémoslo en pausa, y volvamos al tema que nos convoca.

La energía social puede tomar distintos afluentes para expresarse en los más diversos formatos y sentidos. De ahora en más, se analizarán dos derivaciones asumidas por la energía social desatada este 2018, las cuales resultan fundamentales para caracterizar en buen término el paisaje social y político que emerge, en lo que pareciera ser una nueva fase en el ciclo de crisis por descomposición que experimenta el país desde el acontecimiento del 2011.

Discurso reaccionario vs. movimientos subalternos

La energía social desatada puede adoptar formas reaccionarias que instalan implícita o explícitamente el odio y el miedo hacia “lo diferente”, oponiendo –por lo general– a los “últimos” individuos del escalafón social con los “penúltimos”, esto es, a los sectores mesocráticos y populares frente al inmigrante latinoamericano, las “minorías” sexuales, los pueblos originarios, las activistas feministas y/o el hoy más que nunca bullado “terrorismo”.

No está de más señalar que el Gobierno de Sebastián Piñera ha utilizado como táctica preferente la “activación” de aquellos perfiles a fin de retomar una escurridiza agenda política: “expulsión de inmigrantes” (en oleadas sucesivas durante el año), “combate al terrorismo” (presentación del Comando Jungla en La Araucanía en junio), “Aula Segura” (desacreditación del movimiento estudiantil ante específicos casos de violencia en liceos metropolitanos entre septiembre y octubre). Son, estas, algunas de las “cartas bajo la manga” preferentes utilizadas por el Gobierno para intentar retomar el control de una agenda que se le escurre “como el agua entre los dedos”.

En efecto, es importante observar el último atentado explosivo acaecido a inicios del 2019 en Providencia, siguiendo la secuencia precedente. Después de condenar enérgicamente el atentado, exigir la mayor rigurosidad en la investigación, esperar que los responsables materiales e intelectuales de la colocación del artefacto reciban todo el rigor de la ley, habrá no obstante que preguntarse: ¿no hay detrás de todo esto un patrón que se repite por parte de este Gobierno? Desatar la energía social en forma de miedo y rabia, alentar el combate al terrorismo, recuperar algunos puntos en las encuestas, volver a controlar la agenda.

El Gobierno juega con fuego. El auge del miedo demanda consecutivamente la restauración del orden, generando el caldo de cultivo para la regresión de formas autoritarias. Ya que el análisis internacional se ha concentrado en Brasil durante los últimos meses, no está de más recordar que fue Michel Temer –recordemos, designado tras un impeachment contra Dilma Rousseff en Brasil el año 2016– quien tomó una de las medidas más radicales del último tiempo para frenar la delincuencia en Río de Janeiro (por supuesto, apoyado por el Congreso y el actual presidente de Brasil, Jair Bolsonaro), con lo cual también esperaba subir su dramática popularidad (que en ese entonces bordeaba el 5% de apoyo en las encuestas). La medida: entregar al Ejército el control de los servicios de mantenimiento del orden público de Río durante el transcurso de 10 meses. En Chile, la línea editorial de La Tercera celebró, destacando la “Positiva intervención de la seguridad en Río” (21/02/2018). ¿Quién será el político que incentive, ya no solo la militarización de La Araucanía, sino de Chile entero? Y es que… “¡todo esto no pasaba cuando estaba mi general!”.

En esta atmósfera, Sebastián Piñera ha guardado la capa de guardián del consenso aylwinista con la que comenzó este Gobierno, además del atuendo de juglar moderno asociado a sus inesperadas “piñericosas” (aunque algo de este gesto mostró en una de las exhibiciones más deplorables en la historia de la diplomacia moderna, a partir del icónico meme que Piñera obsequió a Donald Trump en su segunda visita a la Casa Blanca). Incluso, ha deslucido su mejor traje: el de autocrítico de su propio sector, contraviniendo la fórmula de los “cómplices pasivos” que había lanzado durante la conmemoración de los 40 años del golpe de Estado.

A cinco años de lanzada su crítica a los “cómplices pasivos” (varios de sus actuales ministros son representativos de la categoría), Piñera cambia nuevamente sus valores al momento de dar cabida al pinochetismo “desacomplejado” en la interna de Chile Vamos. Es parte de la “diversidad de pensamiento” del conglomerado. Hoy en día, la confección del nuevo traje discursivo de Piñera se parece cada vez más a la fórmula del “Chilezuela” utilizada durante la fase más álgida de su última campaña.

La derivación de la energía social en forma de discursos de odio y miedo hacia un “otro diferente”, ha sido apropiada y reproducida tanto en Chile como en el extranjero, por posiciones de extrema derecha que horadan la eficacia política de las posiciones centristas y/o liberales profesadas en el mismo sector. En Chile, quienes celebraban la entrada de RN a la Internacional de Partidos Demócratas de Centro, conquistada a inicios del 2018, hoy lloran la ovación que el último Consejo RN del año otorgó al pinochetismo.

En los discursos que exaltan la sensación del temor por medio de lo “políticamente incorrecto”, no muestran como principal objetivo táctico –al menos por ahora– la construcción de mayorías sociales (a diferencia del movimiento de masas expresado por los “fascismos tradicionales” incubados en el período de entreguerras). Hoy en día, les resulta más efectivo conquistar posiciones de poder explotando los suculentos dividendos políticos que otorgan las redes sociales y, por sobre todo, la promoción de fake news.

Enhorabuena, uno de los fundadores de la formación política Podemos (España) y de visita en estos días por el país, Juan Carlos Monedero, ha ofrecido un diagnóstico-respuesta al fenómeno recientemente aludido a partir de su último libro, titulado La izquierda que asaltó el algoritmo: Fraternidad y digna rabia en tiempos del big data (2018): “O las mayorías vuelven a ser necesarias, de una forma u otra, o la revolución conservadora vendrá para quedarse mucho tiempo. Los que recaban y procesan datos venden nuestra indignación y la convierten en un algoritmo que se convierte en GPS ideológico. Los que compran datos juegan con las emociones”.

En relación con esta última coordenada, la derivación de malestar social en forma de movimientos sociales y de protesta ha sido apropiada y reproducida –tanto en Chile como en el extranjero– por la izquierda. Para este sector, la irradiación y aglutinación de las demandas enarboladas por los sectores subalternos es la tarea más importante para el actual período, proyectando como horizonte estratégico la posibilidad de articular las distintas luchas particulares en la construcción de un “bloque histórico” pro transformador, que no solo busca cambiar el Gobierno ganando el predominio de la posición ejecutiva del Estado, sino también, y por sobre todo, busca transformar la descomposición de “la vía chilena al neoliberalismo”, promoviendo un orden donde impere el bien común y los derechos sociales.

Suena utópico y descabellado, pero es la única solución viable frente lo que “verdaderamente” es utópico y descabellado hoy en día, esto es: pensar que la descomposición sistémica que reina “a plena luz del día” dentro del concierto global será recompuesta mediante meros “ajustes técnicos”. En este contexto, el Frente Amplio se constituye como una derivación política de distintos organismos y demandas surgidas al calor de la lucha durante los últimos años. Evidentemente, esto último no quiere decir que la coalición emergente “agote” y/o sea “plenamente coherente” con los diversos organismos surgidos al “calor de las contradicciones” que engendra el Chile contemporáneo.

Los brotes movilizadores que origina una crisis por descomposición no pueden ser fácilmente morigerados por la capacidad administrativa de un gobierno restaurador. Por supuesto, la energía social desatada rebasa con creces los esfuerzos de un conglomerado emergente que avanza posiciones en la estructura del Estado; con potencial, pero con un “primer año de instalación” al debe.

Con todo, las fuerzas que (re)aparecen con fuerza este 2018 son: la ola feminista (abril-mayo), la defensa de la memoria y los DD.HH. ante la instauración de un converso negacionista en la cabeza del Ministerio de Cultura (agosto), la protesta de las comunidades “convertidas en zonas de sacrificio” (agosto), la movilización del pueblo mapuche en contra del Estado chileno y las principales empresas forestales de la zona en el contexto del asesinato de Camilo Catrillanca (noviembre-diciembre), además de la acción sindical portuaria de nuevo cuño en Valparaíso (noviembre-diciembre).

La energía social expresada en forma de protesta y movimientos sociales con capacidad de elevar un pliego de demandas de orden reivindicativo y/o transformador, mientras en paralelo asume nuevas formas organizativas que se despliegan en distintos frentes de disputa que surgen desde las contradicciones irresueltas del modelo chileno. Evidentemente, no porque haya finalizado un año cronológico más, los movimientos subalternos mencionados dejarán de pervivir. Todo lo contrario, su crecimiento, maduración e irrupción parecieran ser exponenciales en épocas de aceleración del tiempo histórico (estas características, por supuesto, no pueden ser consideradas como “positivas” a priori, ya que el proceso en sí mismo no está exento de conflictos y tensiones).

Si la energía acumulada no es más que la condición de posibilidad de nuevos estallidos que revelan la incapacidad estructural del Estado subsidiario para procesar el conflicto social, cabe preguntarse: ¿qué forma particular y colectiva asumirá el torrente de energía social este 2019? ¿Asumirá la forma de la deriva autoritaria o, por el contrario, la forma de la radicalización democrática?

El “momento populista”, al menos en Chile, es un campo de disputa política abierta y en juego.

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