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No, gracias

por 23 marzo, 2019

No, gracias
Vivimos tiempos muy difíciles en el mundo. Las amenazas que se ciernen sobre instituciones y valores que creíamos eran nuestra garantía para la supervivencia de la especie humana, hoy en día, están en entredicho. No hay que banalizar las consecuencias que pueden traer aparejado estos discursos de odio. La acciones que hoy nos avergüenzan como civilización, siempre han sido consecuencia de un clima de amenaza y crispación, promovido por quienes se sienten llamados a liderar naciones para engrandecerlas, limpiando a su paso, todo aquello que consideran un obstáculo.
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Tras la decisión que adoptó la mesa del Senado -con el amplísimo apoyo de todas las bancadas opositoras- de no concurrir a cualquier acto de homenaje al actual presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, los sectores oficialistas nos han criticado alegando que el solo hecho que haya sido electo a través de procedimientos democráticos, obligaría a todo el espectro político a participar de una ceremonia convocada para rendirle honores a un mandatario que durante su trayectoria, entre otras cosas, ha levantado un discurso de odio y ha justificado los crímenes de lesa humanidad ocurridos en Chile.

Asimismo, otros sostienen, con cargo a un viejo realismo internacionalista, que se debe hacer todo aquello que sea necesario para asegurar el “interés nacional”, incluso homenajear a líderes con las credenciales que tiene el jefe de Estado brasileño. Curiosamente, en este caso, el interés nacional estaría determinado fuertemente por la relación comercial que existe entre ambos países, la que claramente no se debilitará por la ausencia de las mesas directivas del Poder Legislativo chileno al almuerzo con el presidente de Brasil.

A nuestro juicio, unos y otros se equivocan, pues Bolsonaro, hoy en día, representa en América Latina, un movimiento de alcance planetario que está poniendo en jaque, ya no solo la democracia como forma de gobierno, sino que los avances civilizatorios que había conquistado la humanidad entera tras el holocausto. Lo dijimos al asumir la presidencia del Senado y estamos siendo consecuentes con aquello: debe ser un imperativo ético defender la democracia y sus principios de todos quienes pretendan amenazarla desde la trinchera del populismo con tintes totalitarios. Justamente, la decisión de marginarnos del acto en La Moneda fue una manera de plantear nuestra profunda preocupación hacia la naturalización de discursos violentos e intolerantes.

Muy por el contrario de lo que han señalado algunos críticos, nuestro problema jamás han sido las derechas, sino quienes levantan discursos que nos hacen retroceder como humanidad. Por ello, junto al presidente de la Cámara de Diputados, Iván Flores, estuvimos el jueves en un agradable almuerzo con el presidente Piñera y su homónimo de Colombia, Iván Duque, reconocido político conservador.

Bolsonaro hizo carrera política por décadas, basando su acción política en denigrar a las personas diferentes, especialmente a minorías como la población afrodescendiente, los indígenas en Brasil, a las personas homo y transexuales. Agrediendo verbalmente a las mujeres, por su sola condición de tales. Homenajeando a los ejecutores de atroces violaciones a los derechos humanos cometidas durante las dictaduras latinoamericanas, como son los casos de Stroessner y Pinochet.

Bolsonaro sabía perfectamente que avalar la dictadura chilena y emplear expresiones basadas en el odio provocarían un amplio rechazo en gran parte de nuestra sociedad. Lo sabía, por eso en cuanto aterrizó a Chile dijo que no hablaría de Pinochet y responsabilizó a las fake news de las manifestaciones públicas en su contra. Fue una manera sencilla de evadir la crítica política que, desde la centro izquierda y la sociedad civil, hemos decidido presentar sin ambigüedades.

Pero sus palabras están ahí, están escritas. E incluso, por si no fuera suficiente, previo a su aterrizaje en Chile uno de sus más importantes ministros señaló que “Pinochet tuvo que dar un baño de sangre para lavar las calles de Chile”. Son palabras causan dolor y sólo vinieron a reafirmar nuestra decisión. Siendo esta una visita oficial y no una de Estado y no existiendo por ello ninguna participación obligatoria del poder legislativo ni tampoco alguna instancia de cooperación real entre ambas naciones en donde pudiéramos incidir, quienes aborrecemos los discursos de odio y discriminación no podíamos actuar de otra manera.

Muy por el contrario de lo que han señalado algunos críticos, nuestro problema jamás han sido las derechas, sino quienes levantan discursos que nos hacen retroceder como humanidad. Por ello, junto al presidente de la Cámara de Diputados, Iván Flores, estuvimos el jueves en un agradable almuerzo con el presidente Piñera y su homónimo de Colombia, Iván Duque, reconocido político conservador.

Vivimos tiempos muy difíciles en el mundo. Las amenazas que se ciernen sobre instituciones y valores que creíamos eran nuestra garantía para la supervivencia de la especie humana, hoy en día, están en entredicho. No hay que banalizar las consecuencias que pueden traer aparejado estos discursos de odio. La acciones que hoy nos avergüenzan como civilización, siempre han sido consecuencia de un clima de amenaza y crispación, promovido por quienes se sienten llamados a liderar naciones para engrandecerlas, limpiando a su paso, todo aquello que consideran un obstáculo.

A veces es mejor decir: No, gracias.

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