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La vieja guardia DC se resiste a jubilar

por 13 mayo, 2019

La vieja guardia DC se resiste a jubilar
Ya a estas alturas la falange se ha convertido en el verdadero comodín de La Moneda. Sumidos en una crisis que cada vez parece más terminal, confundidos con el truculento episodio de Gabriel Silber, tironeados en lo ideológico-moral, divididos por el caso Frei y percibidos como un grupo que busca su destino sin tener claro si es de derecha, centro o centroizquierda, la verdad es que era el partido ideal para poder “meter una cuña”. Y hay que reconocerlo, fue un golazo del Presidente Piñera, que, dicho sea de paso, logró salir del lío que le ocasionó el paseo familiar a China y que incluso le significó tener que suspender la gira a Alemania y Holanda.
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“El año 90 pudimos conversar con todos los sectores. El partido más abierto era RN y me tocó negociar con el actual Presidente. El gesto que hizo hoy muestra una actitud similar: buscar, escuchar…”, la frase pronunciada por Alejandro Foxley a la salida de La Moneda, la semana pasada, refleja en plenitud la estrategia que desde hace un tiempo viene desplegando un grupo de antiguos dirigentes de la Democracia Cristiana, que han vuelto a tener un fuerte protagonismo político.

Por cierto, la cita del ex ministro de Hacienda refleja en plenitud esa especie de toma y asalto que este grupo ha hecho de la alicaída falange, reflotando estilos y formas de hacer política de... ¡hace 30 años! Se iniciaba recién la época de la transición, después de 17 años de dictadura, Augusto Pinochet aún era comandante en Jefe del Ejército y los partidos volvían a constituirse después de un largo receso. Era la época de “en la medida de lo posible”.

Sin duda, este es uno de los momentos de mayor debilidad del Gobierno desde que el Presidente Sebastián Piñera inició su segundo período en marzo de 2018. Encuestas que muestran una clara tendencia a la baja, un panorama económico con fuertes nubarrones –el Imacec del primer trimestre alcanzó a 1.8% versus el 4,7 del mismo período el año anterior– y un intento por retomar la agenda de las autoimpuestas reformas estructurales, respecto a las cuales, la verdad, a estas alturas, La Moneda parece conformarse, apenas, con pasar la valla de la idea de legislar. De hecho, la tributaria logró sortear ese primer paso luego que los ministros Felipe Larraín y Gonzalo Blumel tuvieran que ceder más de lo esperado antes que el proyecto iniciara su tramitación.

Lo ocurrido con la presentación de la reforma laboral es la expresión del temor repentino que se apoderó de La Moneda y que tuvo un punto de inflexión en la fallida ida a Cúcuta.

Originalmente, contemplaban un proyecto que habían definido como una “contrarreforma”, querían cambiarlo todo, aunque finalmente terminaron dividiendo el proyecto en tres, ingresándolo por la Cámara de Diputados y el Senado, excluyendo los puntos más críticos, como regulación de grupos negociadores, reemplazo en huelga y cambio a los Servicios Mínimos. En paralelo, se autoimpusieron la obligación de agilizar la reforma de pensiones y avanzar con ambas iniciativas en el Congreso.

Más allá de la anécdota de este grupo de ex ministros, aquí hay varios temas de fondo que quedaron al descubierto. En primer lugar, desde comienzos de este año que la elite de la ex Concertación está intentando rearmarse. Las señales son evidentes, hemos visto a Insulza, Genaro, Foxley, entre otros, salir a reivindicar la política de los acuerdos que caracterizó a los primeros años de la transición. Han regresado también con un relato muy pegado al centro y muy crítico de los sectores más progresistas dentro de los propios partidos a los que pertenecen y, por supuesto, del Frente Amplio y lo que fue la ex Nueva Mayoría, especialmente por el rol del PC en el conglomerado.

Teniendo el viento en contra, el Gobierno tomó la decisión de cambiar de estrategia y jugar más audaz. Notificaron a la oposición que no estaban dispuestos a ceder ni menos negociar antes de iniciar el trámite legislativo, por tanto, que darían la batalla. Una alternativa que desconcertó incluso a sus partidarios y que dejó muchas interrogantes de las razones que sustentaban el giro. Pero, claro, el jueves 9 se develó la primera pista: Piñera volvía a apostar –la primera vez fue con la Reforma Tributaria– en la Democracia Cristiana.

Ya a estas alturas la falange se ha convertido en el verdadero comodín de La Moneda. Sumidos en una crisis que cada vez parece más terminal, confundidos con el truculento episodio de Gabriel Silber, tironeados en lo ideológico-moral, divididos por el caso Frei y percibidos como un grupo que busca su destino sin tener claro si es de derecha, centro o centroizquierda, la verdad es que era el partido ideal para poder “meter una cuña”. Y hay que reconocerlo, fue un golazo del Presidente Piñera, que, dicho sea de paso, logró salir del lío que le ocasionó el paseo familiar a China y que incluso le significó tener que suspender la gira a Alemania y Holanda.

Sin excusas y de manera directa, un grupo de siete próceres de la DC de los 90 concurrió a un encuentro con el Mandatario. Aunque la convocatoria se camufló a través de Cieplan, lo cierto es que estuvieron presentes ex ministros de la talla del propio Foxley –simbólicamente ubicado al lado de Piñera para la foto–, Eduardo Aninat, Genaro Arriagada, René Cortázar y Juan Pablo Arellano. También concurrieron Meller, Marfán e Ignacio Walker. ¿Conclusión? La ex Concertación en pleno.

Y el mensaje de los democratacristianos a la salida también fue claro: hicieron un llamado a apoyar la idea de legislar en la reforma a las pensiones. Una señal potente, considerando que apenas un mes antes habían sellado un pacto con el resto de la oposición, el que solo alcanzó a durar un par de días antes de ser desconocido por la DC en la comisión de Hacienda de la Cámara Baja.

Más allá de la anécdota de este grupo de ex ministros, aquí hay varios temas de fondo que quedaron al descubierto. En primer lugar, desde comienzos de este año que la elite de la ex Concertación está intentando rearmarse. Las señales son evidentes, hemos visto a Insulza, Genaro, Foxley, entre otros, salir a reivindicar la política de los acuerdos que caracterizó a los primeros años de la transición. Han regresado también con un relato muy pegado al centro y muy crítico de los sectores más progresistas dentro de los propios partidos a los que pertenecen y, por supuesto, del Frente Amplio y lo que fue la ex Nueva Mayoría, especialmente por el rol del PC en el conglomerado.

Pero además de intentar resucitar a la ex Concertación, este grupo ha demostrado que el “poder es más fuerte” y que, por tanto, las diferencias ideológicas parecen haber pasado a ser secundarias a la hora de reinventarse y abandonar los cuarteles de invierno. ¿Qué hace el ex progresista e intelectual Genaro Arriagada de asesor del conservador Fuad Chahin? De seguro, sus historias y posiciones valóricas tienen muy poco en común. ¿Qué le pasó a Genaro?

Otra interrogante que surge de la visita a La Moneda de los ex ministros DC es cuál será la política de alianzas que seguirá el otrora partido más grande de Chile y que en la última elección presidencial, con Carolina Goic, apenas logró un 5,91% de los votos, además tiene 14 diputados versus los 38 con que contaba en los 90. Todo indica que la corriente se está cargando a la derecha y, por qué no, hacia el Gobierno de Sebastián Piñera, quien de paso cumpliría con un sueño: demostrar que el que estuvo en lo correcto al alejarse de ese partido fue él. No sería extraño que varios en la falange estén pensando que es mejor integrar un pacto de centroderecha.

Pero, finalmente, lo que más preocupa de esta señal entregada la semana pasada por la vieja guardia DC es la –frustrante– falta de nuevos liderazgos, de renovación de una política que ha terminado por generar desconfianza en la ciudadanía, especialmente por la entropía con que funciona.

No es posible que los mismos que fueron protagonistas hace 30 largos años quieran volver para aplastar a los nuevos liderazgos. ¿Tanto desconfían de la gente joven, incluidos aquellas y aquellos de sus propias filas? ¿O será que algunos se sienten con la superioridad moral como para pensar que ellos son los únicos que pueden conducir a Chile?

¿No será la hora que los Aninat, Arriagada o Foxley empiecen a pensar que el Chile de los 90 no tiene nada que ver con el actual y evalúen jubilarse de la política y dejarles espacios a las nuevas generaciones de la DC? Tal vez también podrían mirar a España, a lo mejor descubren algo.

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