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El kitsch actual

por 4 septiembre, 2019

El kitsch actual
Hay muchos autoritarios frustrados y gente que piensa que la violencia resuelve sus problemas. Y el peligro mayor del tiempo actual es que estos se expandan y lleguen a constituir minorías potentes, como aquella de 33% que en 1933 llevó a Hitler al poder. Pero no es esa la gente que más interesa hoy, sino que la que preocupa es aquella que se define –ostentosamente– como liberal y democrática y, tras el disfraz de la ecuanimidad y la ponderación que le impide emitir un juicio moral, esconde una completa desconexión de intereses y valores.
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En el magnífico libro Apaciguando a Hitler, el historiador británico Tim Bouveri relata cómo la democracia inglesa intentó durante años –ya sea por indiferencia, indecisión, parálisis diplomática y disputas internas– “comprender”, “calmar” y “conformar con una cierta normalidad” al régimen nazi y al demente que lo encabezaba, sin percatarse, como dijera el embajador de Londres en Berlín, Sir Horace Rumbold, que “con el mal no se pacta”.

Entre los que aman la historia, el libro se ha vendido como pan caliente. Tanto en el Reino (tan precariamente) Unido como en el resto de Europa y el mundo son cada día más los que sienten que los acontecimientos de los años treinta son demasiado parecidos a los actuales y se organizan para repudiarlos. Sin embargo, se trata aún de una minoría, puesto que desgraciadamente siguen siendo más numerosos los no saben o no quieren ver, los “ecuánimes”, los partidarios de la neutralidad ética ante todo lo que les pasa a los otros y no a ellos.

En realidad la mayoría tiende a comportarse siguiendo aquello que Bauman llama “adiaforía”, una actitud de “desarme moral” ante fenómenos que sienten fuera de su alcance o califican de males necesarios: cuestiones tales como el mercado, el cambio climático o la carrera nuclear. Pero también personajes como Trump y Bolsonaro, por ejemplo.

Esa gente y sus esfuerzos de conciliación son los mismos que el historiador británico describe en su libro. Son aquellos que no han aprendido nada de la historia, que resisten el juicio ético cuando contradice sus intereses económicos, que dejan fuera “del universo de obligaciones morales” lo que conviene a “la estabilidad de los mercados” o que vacilan siempre en criticar cuando la crítica puede favorecer a la izquierda.

La “adiaforía” parece particularmente expansiva en nuestra región y en nuestro país. Hace algunas semanas, escuché decir en Santiago a un conocido analista latinoamericano que “si bien Bolsonaro tiene un estilo controversial, debemos rezar por que se mantenga su ministro de Hacienda, quien hará una fabulosa reforma de pensiones”. Y en un escuchado programa radial, un representante de la derecha decía que el problema era que Bolsonaro tenía un “estilo no muy querido”, pero que “era necesario para la economía de Brasil”.

¿Por qué se dice algo así? ¿Debe uno suponer que quienes renuncian a hacer cualquier juicio moral sobre el impacto que el presidente brasileño tiene sobre su país, comparten su misoginia, su homofobia, su primitivismo ideológico y su autoritarismo? O que, en el caso de Trump, ¿participan de su proyecto de destrucción de todo aquello que se consideró como “los valores” norteamericanos: es decir, que aprueban o al menos toleran todo aquello que se aparta de ellos, como el racismo, la degradación de las instituciones democráticas o la corrupción de la verdad en el relato y en los hechos de la política?

Por supuesto que hay muchos casos en que es así. Hay muchos autoritarios frustrados y gente que piensa que la violencia resuelve sus problemas. Y el peligro mayor del tiempo actual es que estos se expandan y lleguen a constituir minorías potentes, como aquella de 33% que en 1933 llevó a Hitler al poder. Pero no es esa la gente que más interesa hoy, sino que la que preocupa es aquella que se define –ostentosamente– como liberal y democrática y, tras el disfraz de la ecuanimidad y la ponderación que le impide emitir un juicio moral, esconde una completa desconexión de intereses y valores.

Es aquella gente que reproduce actualmente a la elite industrial y financiera que, en los años treinta de Alemania e Italia, consideró interesante o inevitable la aberración política que custodió sus intereses. Ellos fueron los porteros que abrieron el paso a la barbarie. Sus remedos actuales pueden serlo de nuevo hoy.

Dicho de manera simple, en nuestra región son demasiados los que prefieren guardar silencio cuando alguien denuncia las injurias de Trump a los latinoamericanos, la persecución vergonzosa a las familias migrantes o las expresiones de racismo que reflejan sus ataques a México. Lo mismo ocurre cuando se dice que Bolsonaro, un negacionista del cambio climático, tiene una responsabilidad directa en la devastación y los incendios que afectan a parte del Amazonas, por haber desarmado todas las medidas de protección medioambiental con las que contaba su país. O los que consideran que los ataques a las mujeres, a los afroamericanos, a la libertad universitaria o a los homosexuales, son cuestiones ajenas, protegidas por la “soberanía nacional” y por la importancia de los lazos económicos.

Esa gente y sus esfuerzos de conciliación son los mismos que el historiador británico describe en su libro. Son aquellos que no han aprendido nada de la historia, que resisten el juicio ético cuando contradice sus intereses económicos, que dejan fuera “del universo de obligaciones morales” lo que conviene a “la estabilidad de los mercados” o que vacilan siempre en criticar cuando la crítica puede favorecer a la izquierda.

Por ese camino, se acercan a la definición que, en La Insoportable levedad del ser, Milan Kundera diera al kitsch: “Un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese”. Desgraciadamente, acaban fatalmente embarrados en ella

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