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La lección de la Cumbre de Acción Climática: pocas posibilidades de éxito para la COP25

por 8 octubre, 2019

La lección de la Cumbre de Acción Climática: pocas posibilidades de éxito para la COP25
Como respuesta a esta feble situación de la acción climática a escala global, comienza a surgir una idea: quizás el Acuerdo de París no es el único camino para resolver la crisis por el cambio climático, ya que todos los estados se encuentran en una crisis permanente de eficacia y credibilidad. A menos que la COP25 o a más tardar la COP26, en Glasgow, adopten por consenso un plan de acción global para reducir las emisiones drásticamente, no contaremos con una hoja de ruta clara de aquí a 2030. Si las partes no son capaces de alcanzar tal consenso, sería aconsejable olvidarse de los estados, los tratados multilaterales y buscar refugio –como palanca para los cambios– en la presión ciudadana.
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En la Cumbre de Acción Climática convocada por el secretario general de la ONU, realizada en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, el 23 de septiembre pasado, se produjeron hechos que dejaron lecciones clarísimas sobre los elementos claves, los que más gravitarán, al momento de iniciar acciones efectivas para enfrentar la grave crisis climática.

Teniendo presente lo que ocurrió, nuestras posibilidades de éxito pueden ser muy prometedoras o nulas, dependiendo de cómo la ciudadanía, gobiernos y empresas comienzan a aumentar sus compromisos de reducción de emisiones para alcanzar la meta de estabilizar el cambio climático global a 1.5 °C.

Conforme se avanza hacia la COP25, resulta conveniente revisar los resultados de la cumbre y sus consecuencias, en particular las nuevas barreras que bloquean al Acuerdo de París.

Lo que quedó muy claro frente a todo el mundo es que la cumbre terminó con resultados insuficientes. Al convocarla, se instó a los estados a que se comprometieran a asumir cuatro compromisos muy concretos: que no se construyan nuevas centrales de carbón a partir de 2020; que terminen los subsidios a los combustibles fósiles que frenan la expansión de las renovables; que sus planes para 2030 aseguren un recorte del 45% de las emisiones respecto a las de 2010; y que en 2050 logren la neutralidad de carbono, es decir, que el CO2 expulsado por cada país a la atmósfera sea igual al capturado, por ejemplo, a través de los bosques nativos y plantados.

¿Qué se obtuvo? Lo positivo: más de 70 países se comprometieron a planes más potentes para recortar sus emisiones. Europa lideró el esfuerzo, con Alemania, Francia, España, Noruega y Finlandia, entre otros. Lo negativo: no se comprometieron EE.UU., China y la India, 3 de los 4 emisores más grandes del planeta. El cuarto, la Unión Europea (UE), no pudo actuar unitariamente, incapaz de diseñar estrategias conjuntas ante la crisis climática.

El bloqueo de Polonia, Hungría, Estonia y la República Checa revela un problema económico de fondo: cómo afrontar la descarbonización en países dependientes del carbón. La UE junto a China, EE.UU. y la India acumulan cerca del 60% de todas las emisiones del planeta. La India y China, a diferencia de Estados Unidos, participaron en la cumbre, aunque no asumieron los compromisos de reducción. Rusia, el quinto emisor mundial, recién se incorporó al Acuerdo de París el lunes 23 de septiembre y tampoco se comprometió.

Los compromisos propuestos por el secretario general también fueron aceptados por 10 gobiernos regionales, 102 ciudades, 93 empresas y 12 grupos inversores. La aparición de este tipo de actores al margen de los estados se está potenciando cada día más. Pero, frente a todo ello, el compromiso de los más de 70 estados, obviamente, no es ni lejanamente suficiente.

La cumbre dejó al descubierto que la humanidad hoy se enfrenta no solo a una grave crisis climática sino también a un verdadero caos, debido a serios conflictos éticos, políticos, económicos y sociales. El surgimiento de las extrema derecha y los neonacionalismos en todos los continentes; Trump con su Ucraniagate y su posible “impeachment”; Boris Johnson con su metida de pata por el cierre del Parlamento inglés; la recesión económica en Europa; y para rematar la guerra comercial entre EE.UU. y China, entre otros. Sin olvidar a Bolsonaro, con su autogol debido a los incendios y la apertura a destajo a la minería en la Amazonía; los vientos de guerra en Irán-Arabia Saudita-Israel-EE.UU.; y el descalabro de los gobiernos latinoamericanos por la corrupción. Todas son grandes calamidades, entre muchas otras regionales y locales, que vienen repitiendo a diario los medios de comunicación.

Este cuadro de la situación mundial evidentemente disminuye las posibilidades de éxito para la COP25, que se realizará en Chile en diciembre próximo. El caos hará imposible que los estados dediquen la atención y el esfuerzo necesario para asumir mayores compromisos y así evitar el sobrecalentamiento global. Algunos especialistas reconocen que la frustración refleja una tremenda inseguridad. No saben qué es más peligroso: la crisis climática o el caos político-económico generalizado actual.

Pero la ciencia lo sabe, muchas de las causas del caos, paradójicamente, tienen su origen en la crisis climática que transversalmente abarca a todas las actividades humanas, superando en magnitud a todas las amenazas anteriores en nuestra historia. Pero eso aún parece no ser comprendido por nuestros gobernantes y empresarios, al menos, no por los más poderosos.

Hoy, junto a este gris panorama, también se corre el peligro de que el Acuerdo de París se transforme en un instrumento redundante, ya que las alarmas científicas pronostican que será muy difícil, casi imposible, que las emisiones paren de crecer. Si no se adhieren los principales emisores de CO2 a los compromisos solicitados para reducir drásticamente las emisiones, el sobrecalentamiento continuará aumentando hasta el fin de siglo.

Cuando se firmó el acuerdo, los negociadores estaban conscientes de que se necesitarían planes más ambiciosos. Por esa razón, se establecieron revisiones periódicas al alza de esas contribuciones nacionales determinadas, que son voluntarias y establecen metas para 2025 y 2030. La primera revisión es en 2020 y el intento tendrá que continuar para forzar a los gobernantes a presentar planes más ambiciosos. Son pocos los optimistas, porque hasta ahora no se perciben avances notables.

Como respuesta a esta feble situación de la acción climática a escala global, comienza a surgir una idea: quizás el Acuerdo de París no es el único camino para resolver la crisis por el cambio climático, ya que todos los estados se encuentran en una crisis permanente de eficacia y credibilidad. Muy pocos piensan que los estados serían incapaces de introducir cambios drásticos y urgentes en el corto plazo. Ninguno de los líderes actuales da el ancho.

A menos que la COP25 o a más tardar la COP26, en Glasgow, adopten por consenso un plan de acción global para reducir las emisiones drásticamente, no contaremos con una hoja de ruta clara de aquí a 2030. Si las partes no son capaces de alcanzar tal consenso, sería aconsejable olvidarse de los estados, los tratados multilaterales y buscar refugio, como palanca para los cambios, en la presión ciudadana. Un buen anticipo muy auspicioso fue el tremendo éxito de la Huelga Mundial por el Clima convocada por Greta, el pasado 20 de septiembre.

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