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Informe de la CEPAL: América Latina ante el mundo que viene ANÁLISIS

Informe de la CEPAL: América Latina ante el mundo que viene

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Alberto Rojas
Por : Alberto Rojas Director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Escuela de Periodismo y Comunicación de la U. Finis Terrae. @arojas_inter
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Si efectivamente transitamos desde un orden basado predominantemente en reglas hacia otro cada vez más determinado por relaciones de poder, la autonomía no consistirá en mantenerse al margen de la competencia entre las grandes potencias.


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Ya no parece tratarse de una suma de crisis. La guerra en Ucrania, la rivalidad entre Estados Unidos y China, el proteccionismo, las guerras comerciales y tecnológicas, así como el debilitamiento del multilateralismo, parecen distintas manifestaciones de un fenómeno mayor: la transformación del orden internacional.

Cada vez más voces e informes coinciden en que el sistema construido después de la Segunda Guerra Mundial, basado en instituciones multilaterales, reglas comunes y una globalización creciente, está dando paso a un escenario marcado por la rivalidad entre grandes potencias, la fragmentación y el debilitamiento de la cooperación internacional.

Hace pocos días, los expresidentes Michelle Bachelet e Iván Duque presentaron en la CEPAL “Rupturas y oportunidades: propuestas para que América Latina y el Caribe prospere en la nueva era geopolítica”, un informe de más de 400 páginas elaborado por una comisión de alto nivel integrada por personalidades de distintas nacionalidades y sensibilidades políticas. Su conclusión es particularmente significativa: el mundo no estaría experimentando simplemente un reordenamiento, sino un verdadero “cambio de orden”.

El documento identifica ocho grandes rupturas: desde una globalización, donde la seguridad comienza a imponerse sobre la eficiencia económica, hasta la erosión del multilateralismo, el paso de la hegemonía unipolar a una competencia multipolar, el retroceso democrático, la desinformación asociada a la inteligencia artificial y el debilitamiento del consenso internacional frente al cambio climático.

Pero quizás lo más interesante no sea el diagnóstico, sino los cuatro escenarios que propone para el futuro.

El primero es una reconfiguración multipolar estable, donde la redistribución del poder no impide mantener la interdependencia y reformar gradualmente las instituciones multilaterales.

El segundo contempla una fragmentación geopolítica en esferas de influencia, con cadenas productivas, inversiones y alianzas crecientemente condicionadas por consideraciones de seguridad.

El tercero, mucho más preocupante, supone un desacoplamiento extremo y una polarización sistémica, con arquitecturas económicas y tecnológicas rivales y una presión creciente sobre los demás países para alinearse.

Y el cuarto imagina un resurgimiento del multilateralismo impulsado por las potencias medianas, mediante coaliciones flexibles capaces de recuperar espacios de cooperación.

No se trata necesariamente de caminos excluyentes. Como advierte el propio informe, estos escenarios podrían superponerse y configurar un orden híbrido, volátil y profundamente asimétrico. De hecho, ya existen elementos de todos ellos: multipolaridad, esferas de influencia, desacoplamiento tecnológico y, simultáneamente, esfuerzos de potencias medianas por preservar espacios multilaterales.

Es precisamente allí donde aparece la pregunta fundamental para nuestra región: ¿cómo debe navegar América Latina en este nuevo escenario?

La respuesta del informe resulta sugerente, ya que propone preservar la autonomía estratégica, diversificar las alianzas internacionales, evitar alineamientos automáticos con las potencias rivales, fortalecer la integración regional y defender los bienes públicos globales.

La región, además, posee activos especialmente valiosos en esta nueva era geopolítica: recursos estratégicos, capacidades productivas, posibilidades de integración y poder blando. Minerales críticos, energía, alimentos, biodiversidad y enormes espacios marítimos adquieren una importancia creciente, precisamente cuando las grandes potencias buscan asegurar cadenas de suministro y reducir vulnerabilidades.

Pero aquí aparece la gran paradoja latinoamericana: tener recursos estratégicos no es lo mismo que tener poder estratégico. Para transformar esos activos en influencia se necesitan capacidades estatales, coordinación regional, estabilidad institucional y una política exterior capaz de mirar más allá de las coyunturas domésticas.

Y esa sigue siendo una de nuestras principales debilidades. Mientras las grandes potencias piensan crecientemente en términos geopolíticos, América Latina continúa fragmentada y muchas veces atrapada en sus diferencias ideológicas. Resulta especialmente pertinente, entonces, la recomendación del informe de evitar alineamientos rígidos, abandonar la búsqueda permanente de unanimidades imposibles y avanzar mediante acuerdos viables, consensos mínimos y compromisos concretos.

Durante buena parte de las últimas décadas, América Latina pudo darse el lujo de considerar su inserción internacional como una cuestión secundaria. Ese tiempo terminó. Si efectivamente transitamos desde un orden basado predominantemente en reglas hacia otro cada vez más determinado por relaciones de poder, la autonomía no consistirá en mantenerse al margen de la competencia entre las grandes potencias. Por el contrario: dependerá de contar con capacidades, alianzas y una estrategia propia para desenvolverse dentro de ella.

La transición que vive el mundo no condena necesariamente a América Latina a la irrelevancia, pero tampoco garantiza su protagonismo.

Como señala el informe de la CEPAL, la región debe dejar de ser un “seguidor pasivo” para convertirse en un “artífice de alternativas”.

Descargue aquí el informe de la CEPAL

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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