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Nunca hay que pactar con el error

por 20 diciembre, 2019

Nunca hay que pactar con el error
En la consulta ciudadana municipal claramente la gente pidió paridad de los(as) constituyentes, representación de pueblos indígenas, incorporación de independientes, que los(as) constituyentes sean 100% ciudadanos(as) electos(as) para estos fines y que las personas condenadas por corrupción, lavado de dinero o narcotráfico tengan prohibido postular a cargos de elección popular y empleos fiscales de por vida. Con este resultado en la mano, claramente los parlamentarios deberían entender que el acuerdo era “un piso”, no “el techo”, el “desde”, no el “hasta”.
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Decía el gran Mahatma Gandhi que "nunca hay que pactar con el error, aún cuando aparezca sostenido por textos sagrados". Y tenía razón.

Todos sabemos que el acuerdo firmado el 15 de noviembre por el Parlamento, donde se establece la vía de un plebiscito para convocar un proceso constituyente y así poder escribir una nueva Constitución, fue realizado de muy buena fe, pero que adoleció de ausencia de cosas fundamentales: representación paritaria de los(as) constituyentes; representación de los pueblos indígenas y/o que se someta al proceso de consulta indígena. Y, además, olvidó incorporar en el acuerdo a los independientes, los movimientos sociales y no consideró la alternativa propuesta por el mundo municipal.

Seguro que fue así por el cansancio y la presión de tener que llegar a un acuerdo esa misma noche, dada la amenaza de un golpe militar, que era el secreto a voces que se susurraba esa jornada por las casas de todo Chile. Así, en la madrugada del 15 de noviembre veíamos a los parlamentarios comunicándonos el acuerdo. Unos(as) lloraban, otros(as) con la cara hasta el suelo y otros(as) lucían sus caras orgullosas.

Se supone que este acuerdo marcaría el fin de las movilizaciones y mostraría el camino de salida de la crisis social en la que nos encontramos. Pero esa idea no duró más de 12 horas, en la tarde de ese 15 de noviembre nuevamente la Plaza de la Dignidad, otrora Plaza Italia, era el punto de encuentro de miles de personas que se juntaron para pedir la salida del Presidente Sebastián Piñera.

El plebiscito corre el riesgo de ser un fracaso porque podría votar muy poca gente y la solución pasaría a ser “el” problema. Tienen la oportunidad de hacer historia, de la buena, de la misma que haremos cuando escribamos nuestra nueva Constitución, la que escribiremos por una necesidad de un nuevo trato para los próximos 50 años, la primera que no sea una imposición después de un acto de fuerza como un golpe de Estado.

¿Qué pasó? ¿Por qué seguían las movilizaciones? El acuerdo tenía problemas. Parece que se les olvidó la multitudinaria marcha del 8 de marzo del año pasado o la identificación mundial que ha tenido la performance “un violador en tu camino" de #LasTesis. Nada les dice que la única bandera que es reconocida y que flamea desde el primer día de las movilizaciones es la bandera mapuche. Para qué decir de quienes son los convocantes a las marchas: el mundo social y una gran mayoría en las calles que son independientes y no se identifican con ningún partido político.

Rápidamente se dieron cuenta de que la acostumbrada omisión –mujeres, indígenas e independientes– esta vez les costaría cara. El ánimo no es dejarla pasar, esta vez no.

Las oportunidades para remendar dicho error fueron desaprovechadas hasta ahora. Primero, nombrando un grupo técnico que no solo no logró ninguna vía para agrandar el acuerdo, sino que lo acotó y apostó a que el Parlamento renuncie a la política señalando plazos cortos y perentorios para aprobar todo, con el argumento de que “así lo indica la ley”. No entendieron su rol, como si su nombramiento no respondiera a ningún hecho como el que está ocurriendo –hoy más de 60 días de movilizaciones–, como si el Congreso no pudiera acordar una ley corta para nuevos plazos.

Al parecer aquí la idea era restringir la posibilidad de lograr buenos acuerdos –en otras oportunidades se ha hecho, es un tema de voluntad y convicción–, todo se conversa bajo presión y cuando el tiempo se acaba, se acuerda lo que se alcanza. No se da un nuevo plazo para resolver en propiedad.

Luego, el miércoles 18 de diciembre, la Cámara de Diputados se dio el lujo de rehusar la posibilidad de darle respaldo ciudadano y consistencia al acuerdo de noviembre, al rechazar la indicación de incorporar la paridad en los(as) constituyentes, garantizar cupos de representación indígena y postulación de independientes, para que no tengan que hacerlo a través de los partidos políticos. La razón: “Cumplir el acuerdo”, pues el acuerdo de la noche del 15 de noviembre no incorporó estos temas.

Desconozco las razones de por qué esa noche no se incorporaron estos temas en el acuerdo, pero sí puedo decir que la decisión de los(as) representantes de la Cámara de Diputados fue de mirada corta, de vuelo rasante, aferrados a un acuerdo que a todas luces es “insuficiente”, demostrado por el mes de movilizaciones posacuerdo y por la consulta municipal realizada el domingo 15 de diciembre por 220 municipios, con una alta votación de más de dos millones de personas.

Allí, en esa consulta, claramente la ciudadanía pidió paridad de los(as) constituyentes, representación de pueblos indígenas, incorporación de independientes, que los(as) constituyentes sean 100% ciudadanos(as) electos(as) para estos fines y que las personas condenadas por corrupción, lavado de dinero o narcotráfico tengan prohibido postular a cargos de elección popular y empleos fiscales de por vida. Con este resultado en la mano, claramente los diputados deberían haber entendido que el acuerdo era “un piso”, no “el techo”, el “desde”, no el “hasta”.

Si quieren que el plebiscito sea parte de la solución y no un problema, avancen para incorporar, no para restringir, y si deben hacer una ley corta para nuevos plazos, la hacen, como sucedió una vez cuando la DC llegó tarde a inscribirse para unas elecciones municipales y se resolvió con voluntad.

De lo contrario, el plebiscito corre el riesgo de ser un fracaso porque podría votar muy poca gente y la solución pasaría a ser “el” problema. Tienen la oportunidad de hacer historia, de la buena, de la misma que haremos cuando escribamos nuestra nueva Constitución, la que escribiremos por una necesidad de un nuevo trato para los próximos 50 años, la primera que no sea una imposición después de un acto de fuerza como un golpe de Estado.

Háganle caso a Mahatma Gandhi: "Nunca hay que pactar con el error, aun cuando aparezca sostenido por textos sagrados".

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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