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Proyecciones 2020: tiempos peores

por 30 diciembre, 2019

Proyecciones 2020: tiempos peores
En el Gobierno, el panorama se ve muy negro para 2020. Partiendo por el Presidente Piñera, quien de seguro mantendrá un apoyo en el límite de los dos dígitos, producto de su ansiedad evidente, el pensamiento hablado y la falta de filtro, que le está acarreando problemas graves, cada vez que tiene una intervención pública. Pero como también se quedó sin programa, sin proyecto, en la práctica se convertirá en un simple administrador en los dos años y dos meses que le quedan por delante. Una tortura para él, su familia y, por supuesto, sus aliados. Este es el peor destino para un Mandatario que volvió con el sueño de convertirse en el “mejor Presidente de la historia”: terminar como un intrascendente.
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Tiempos difíciles. El inicio de esta nueva década sorprende al país en un estado de incertidumbre sin parangones. Luego del estallido de octubre, Chile no ha vuelto, ni volverá, a ser el mismo. Nos acostumbramos a trabajar hasta más temprano, a mirar las paredes rayadas de grafitis, a las protestas diarias en Plaza Italia o de la Dignidad, a las tiendas con sus vitrinas con latas, a que le TV dejara de mostrar la realidad y a enterarnos por los medios digitales y las RRSS de los apaleos innecesarios o de las personas que perdieron los ojos. Chile vive hoy una normalidad anormal. Aunque algunos intentaron decretar el fin de la crisis, la crisis no se fue. Y tampoco se irá en 2020.

En primer lugar, vamos a tener un país dividido y polarizado por el proceso constituyente, particularmente por el plebiscito. Chile recobrará la lógica del Sí y No, aunque al revés, lo que despertará las pasiones e historias presentes, pero muchas del pasado como en el plebiscito de 1988. Y como el proceso estará en desarrollo por más de un año, también implicará que ese mismo “ambiente” contagie a las otras elecciones que se desarrollarán el 2020: de gobernadores, alcaldes y concejales.

De más está decir que en un país sin "un puto peso" nadie correrá el riesgo de prometer que “la alegría ya viene” o “tiempos mejores”. Las ofertas de los candidatos tendrán que ser de gestión y no recursos, algo muy difícil para nuestra clase política

Pero, sin duda, la discusión de la Constitución –sí es que se llega un acuerdo– instalará temas de carácter ideológico, como las definiciones acerca de la familia, derechos ciudadanos, propiedad de los recursos naturales, uso del agua, reconocimiento e integración de los pueblos originarios, entre otros. Acá veremos a una oposición unida en torno al Sí, de manera pragmática, como lo fue en 1988, evitando entrar a lo de fondo: la falta de un proyecto común. En el oficialismo, en cambio, la división –que ya es bastante profunda– se agudizará, partiendo a Chile Vamos en dos y acercando a la UDI a José Antonio Kast. Sin duda, esto puede marcar el inicio de un grupo de derecha más duro y extremo, copia feliz de Bolsonaro.

Renovación Nacional, que ya hace rato se desafectó del Gobierno, arriesgará un quiebre importante. El progresismo –encabezado por la dupla Ossandón-Desbordes y con la naciente figura de Marcela Sabat– tendrá que dar la batalla para evitar una fuga masiva. Al otro lado estará un irreconocible Andrés Allamand, cada vez más cercano a la UDI. Para la DC, esta será una gran oportunidad para cumplir con el sueño de abandonar un conglomerado que no le gusta, y acercarse al partido de centroderecha. Sin embargo, es poco probable que pacten en este año con RN. Por ahora, cualquier negocio con un partido oficialista sería una pésima apuesta.

Y si bien en la oposición el Sí les abre un camino, de seguro seguirán dividiéndose en dos grandes corrientes: una centroizquierda progresista –desde la DC hasta algunos partidos del Frente Amplio– y una izquierda algo trasnochada que tampoco tiene un proyecto claro, en que estarán los escindidos del FA, el PC y un grupo menor de grupos y personajes como Navarro. Creo también que en el PC pueden estar empezando a agitarse las aguas y no sería extraño que la patrulla juvenil intente tomarse el poder interno para darle un giro más moderno a la cúpula encabezada por un cada vez más perdido Guillermo Teillier. O, bien, terminen abandonando el partido.

En el Gobierno, el panorama se ve muy negro para 2020. Partiendo por el Presidente Piñera, quien de seguro mantendrá un apoyo en el límite de los dos dígitos, producto de su ansiedad evidente, el pensamiento hablado y la falta de filtro, que le está acarreando problemas graves, cada vez que tiene una intervención pública. Pero como también se quedó sin programa, sin proyecto, en la práctica se convertirá en un simple administrador en los dos años y dos meses que le quedan por delante. Una tortura para él, su familia y, por supuesto, sus aliados. Este es el peor destino para un Mandatario que volvió con el sueño de convertirse en el “mejor Presidente de la historia”: terminar como un intrascendente.

Además, a diferencia de las piñericosas versión 2010, las de esta etapa no tienen nada de divertidas. Y lo peor es que los errores y chambonadas se han extendido al grupo familiar. Cecilia Morel, que hasta el 17 de octubre aparecía como una mujer influyente e incluso con proyección política, terminó por matar a su personaje, relegándola a un lugar secundario en que se intenta proyectar a un Presidente en apuros apoyado por su señora. El desafortunado audio, que alguna de sus amigas filtró, en que hablaba de alienígenas y de su terror a compartir los privilegios, resultó fatal para su imagen.

Por su parte, los dos grandes partidos de Chile Vamos, RN y la UDI, tomarán más distancia de La Moneda, dejando a Evópoli en una incómoda posición. Mal que mal, el partido más joven y más moderno está quedando como la base de un Gobierno débil. Lo único rescatable para ellos será el fogueo político de Blumel y Briones, dos ministros que, pese al desastre actual, lograrán hacer el doctorado en gestión de crisis y tolerancia a la frustración. El resto del gabinete debería durar poco. Y aunque de seguro vendrán varios cambios, sin una conducción política clara no servirá de mucho. Aunque un nuevo(a) ministro(a) en la Segegob podría ayudar algo, porque lamentablemente el experimento de Karla Rubilar no fue más que un volador de luces.

El desembarco del Gobierno continuará de manera acelerada. A las recientes salidas de Rodrigo Cerda (director de Presupuesto), Atton y Ubilla, se sumarán los que buscarán espacios en el Parlamento y aquellos que querrán borrar pronto de su CV el paso por el Gobierno, como le ocurrió a Bachelet en la última etapa. Con una diferencia: la ex-Mandataria llegó a tener una adhesión de 18% en su peor momento, un lujo comparado con el 10% de Piñera.

Y si el panorama político estará difícil, considerando que en marzo es probable que vuelvan con más fuerza las protestas al sumarse los estudiantes y cuando la gente retome las batallas que aún no se han resuelto, como pensiones y salud, el frente económico será muy obscuro. Un crecimiento que estará entre 1% y 1.5% –el último año de Bachelet alcanzó 1.8%, siendo duramente criticada en la campaña de 2017– con un alto riesgo de que grandes inversionistas empiecen a dudar de invertir en Chile después de los conflictos con la constructora del aeropuerto de Santiago y ahora el puente Chacao.

Un factor que puede actuar como detonante de una nueva fase de la crisis será, sin duda, La Araucanía. En 2019 el conflicto bajó de tono, cumpliendo un rol clave el padre del comunero mapuche asesinado, Camilo Catrillanca. Sin embargo, en las últimas semanas, los atentados a maquinarias en la zona han aumentado de manera alarmante, a lo que se suma la extraña renuncia del intendente Atton, quien en una entrevista manifestó su disposición a que los pueblos originarios fueran reconocidos y también tuvieran cupos preferenciales en la redacción de la Constitución. Argumentos que no son compartidos por el Ejecutivo.

La Iglesia católica seguirá teniendo un rol secundario e intrascendente en el devenir de la sociedad chilena. De hecho, el arzobispo Aós –recién confirmado– prácticamente no se involucró en la crisis, ni siquiera para dar apoyo a las víctimas. Es probable que en 2020 sigan en la misma línea, preocupados más de resolver sus graves problemas por denuncias y pedofilia.

Pero, sin duda, el proceso constituyente representa la gran oportunidad del año que se avecina. Será el momento de reflexionar, de hacernos preguntas como sociedad, de mirar el futuro y el país que queremos. Ojalá sea lo más representativa posible, para que tenga una gran legitimidad. De lo contrario, mucha gente tendrá razones de sobra para seguir expresando su descontento y sumarse a un movimiento social recargado. La versión 2.0 de las movilizaciones 2020.

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