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Una pandemia amenaza las libertades

por 22 abril, 2020

Una pandemia amenaza las libertades
La crisis sanitaria del coronavirus amenaza las libertades y con ello a la democracia, pero también nos abre nuevas oportunidades. Agustín Squella, en “Libres e Iguales”, plantea que “el liberalismo nos recuerda que vivimos en sociedad y que eso es un bien, puesto que la vida personal no sería fecunda si cada cual viviera aislado de los demás”. El encierro nos muestra cuánta verdad hay en sus palabras y cuán necesario resulta replantearnos la forma en que vivimos nuestra propia libertad, para poder seguir gozando de ella en el futuro.
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Las democracias occidentales que hoy conocemos son fruto, en gran medida, del desarrollo doctrinario del liberalismo. Nos hemos acostumbrado a sus bondades: al pluralismo, la igualdad ante la ley, la libertad de movimiento, el Estado de Derecho, la separación de poderes, el sufragio universal y la propiedad, garantizadas generalmente mediante textos constitucionales. También hemos experimentado sus defectos: el individualismo como paradigma dominante, la naturalización de las desigualdades materiales y la depredación del medio ambiente. Con todo, el auge del pensamiento liberal ha generado un avance civilizatorio sin precedentes.

Pero estas ideas, que llevan un buen tiempo siendo cuestionadas por populismos de izquierda y de derecha, enfrentan una nueva amenaza con el coronavirus. Por un lado, las inevitables comparaciones entre las respuestas de las democracias liberales ante la crisis versus aquellas dadas por gobiernos autoritarios y/o tecnocráticos. Por otro, el shock cultural que implica –especialmente en países neoliberales como Chile– pasar repentinamente de un Estado ausente a uno que te mide la temperatura y te confina en la casa para proteger a la colectividad, genera una especie de crisis de identidad en la sociedad liberal, que en poco tiempo puede evolucionar hacia una fase terminal.

Tal vez –y como último punto– el liberalismo debiera enviar a una larga cuarentena al neoliberalismo. Es que el mercado es el mejor escenario para los intercambios privados, pero sus recetas no deben aplicarse a la solución de los problemas públicos, como plantea esa corriente que reduce la libertad al puro economicismo. Bien sabemos cuáles son las consecuencias de ello, entre muchas otras, grandes empresas a las cuales se les ruega por mínimos “gestos” de humanidad, AFPs que especulan con los fondos de los trabajadores e Isapres que anuncian alzas ilegales en medio de una crisis sanitaria (la próxima gran reforma en nuestro país debiera ser la creación de un seguro público universal de salud, para que el derecho a la vida no dependa de la billetera).

Bien lo sabe Hungría después del mortal golpe a las libertades que ha dado Viktor Orbán (“La primera democracia europea que cae a causa del coronavirus”, tituló la BBC). También lo alertó la alta comisionada de Derechos Humanos de la ONU, Michelle Bachelet, al señalar que algunas medidas “se están usando para justificar cambios represivos”.

Entonces, surge la pregunta, ¿qué hacer si queremos defender las libertades frente al autoritarismo? Creo que, al menos, se requerirán tres cambios fundamentales para enfrentar este desafío.

Primero, aceptar nuevos límites a la autonomía personal en pos del bienestar social y la supervivencia de la especie humana, en un contexto de crisis climática, sanitaria y económica global. Los desplazamientos deben reducirse y nuestra forma de vida tiene que cambiar, al menos mientras mayoritariamente sigamos quemando combustibles fósiles para movernos. La pandemia nos muestra que muchas actividades se pueden realizar a distancia gracias a la tecnología. Los gobiernos, entonces, deben asumir conductas proactivas para fomentar esta transformación, garantizando un acceso real y efectivo a la conectividad digital, promoviendo ciudades con una planificación urbana equitativa y minimizando las emisiones contaminantes de los sectores productivos.

También, asumir el reto de impulsar la ciencia y la tecnología para expandir las libertades, cuestión no exenta de dilemas éticos que hay que afrontar. Es cierto, por ejemplo, que el control de algunos datos de las personas puede generar escalofriantes realidades orwellianas, pero también puede salvar vidas –y evitar otro tipo de restricciones mayores– si se usan bien y de forma acotada en casos de desastres. La línea divisoria es muy fina, pero si hubiéramos logrado sortearla con éxito, se podría identificar con mucha más exactitud a los contagiados y a las personas con las que estuvieron en contacto, de manera de establecer aislamientos específicos que hacen innecesarias las cuarentenas generales, como ha ocurrido en Corea del Sur.

Tal vez –y como último punto– el liberalismo debiera enviar a una larga cuarentena al neoliberalismo. Es que el mercado es el mejor escenario para los intercambios privados, pero sus recetas no deben aplicarse a la solución de los problemas públicos, como plantea esa corriente que reduce la libertad al puro economicismo. Bien sabemos cuáles son las consecuencias de ello, entre muchas otras, grandes empresas a las cuales se les ruega por mínimos “gestos” de humanidad, AFP que especulan con los fondos de los trabajadores e Isapres que anuncian alzas ilegales en medio de una crisis sanitaria (la próxima gran reforma en nuestro país debiera ser la creación de un seguro público universal de salud, para que el derecho a la vida no dependa de la billetera).

Es que cuando el mercado se transforma en un dogma, el corporativismo emerge como un nuevo absolutismo, los gobiernos pasan a ser irrelevantes y una pequeña élite controla todas las decisiones. Eso es todo lo contrario al gobierno civil de Locke o a la separación de poderes de Montesquieu.

Una pandemia amenaza las libertades y con ello a la democracia, pero también nos abre nuevas oportunidades. Agustín Squella, en Libres e Iguales, plantea que “el liberalismo nos recuerda que vivimos en sociedad y que eso es un bien, puesto que la vida personal no sería fecunda si cada cual viviera aislado de los demás”. El encierro nos muestra cuánta verdad hay en sus palabras y cuán necesario resulta replantearnos la forma en que vivimos nuestra propia libertad, para poder seguir gozando de ella en el futuro.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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