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OPINIÓN

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Hacia una política de alianzas desde el Chile que despertó

por 14 mayo, 2020

Hacia una política de alianzas desde el Chile que despertó
Lo que estamos planteando es que un programa y la política de alianzas que se requieren para construir oposición y proyecto país, deben partir necesariamente de una propuesta estratégica clara: el desmonte del neoliberalismo. De este modo, un programa de oposición debe obligatoriamente ser capaz de proponer: una estructura de cuidados y salud, desde la infancia hasta la vejez. También, la profundización radical de la democracia, junto con una política feminista en el discurso y la acción; el despliegue de fuertes políticas redistributivas y, además, un nuevo modelo de desarrollo ecologista.
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En los últimos días hemos visto diversas tesis en los medios sobre cómo construir oposición(es), algunas desde sectores del transversal partido del orden, otras desde los denominados progresistas. Las mismas problematizan con quiénes o cómo llevar adelante esta empresa, no obstante no reparan en para qué. Lo anterior queda presupuesto en el registro de lo obvio, porque para la mayoría de estos sectores –a esta altura derechamente conservadores– estas elaboraciones no significan nada más que estar en el poder.

Si hay algo que esta pandemia ha demostrado a nivel mundial, es que el neoliberalismo efectivamente ha terminado siendo lo que sus críticos han vaticinado desde hace años: un sistema que solo sostiene la economía a costa de la precarización y, en este caso, de la vida de la mayoría de la población.

En ese sentido, no es casualidad que, tal como plantean Rodrigo Echecopar y Maya Fernández en su columna, el primer ministro liberal de Francia, quien desde su llegada al poder se dedicó a implementar medidas neoliberales en la mayoría de las áreas de la sociedad, haya tenido que recurrir a medidas de revitalización del Estado cuando su país entró en crisis. Lo mismo han hecho otros países, renegando del mantra neoliberal de recortes y privatizaciones. En Chile, como buenos estudiantes que superaron al maestro, nuestros gobernantes se encuentran hoy a la derecha incluso de los consensos neoliberales, rechazando, por ejemplo, el impuesto al patrimonio que el FMI, ente neoliberal por excelencia, propuso como salida a la crisis.

Desde ahí, ciertamente que tiene que ser una política lo más amplia posible, pero entendiendo que la amplitud no puede ser concebida desde los estrechos límites de la política transicional, sino que debe ampliar sus límites hacia los sectores sociales que llevan veinte años en resistencia, despertaron, fortalecieron sus orgánicas y no se sienten representados hoy. De no ser así, de no atacar realmente los pilares de este sistema, arriesgamos ser en el mejor de los casos una segunda Concertación, buscando siempre cómo perder de la mejor forma y poniéndole una sonrisa a un neoliberalismo que ya demostró su imposibilidad histórica de sostener la supervivencia de la humanidad.

Ante esta situación –con el neoliberalismo entrando en crisis a nivel mundial y en el marco de una pandemia que, además de sus devastadores efectos inmediatos, nos va a legar como resaca una crisis económica con pocos precedentes y cuyas consecuencias serán sostenidas en el tiempo– cabe preguntarnos: ¿cuál es la tarea de las fuerzas con vocación transformadora?, ¿para qué ser oposición? Y si queremos llegar al poder, ¿para qué queremos hacerlo?, ¿cuál es nuestro proyecto?

Tenemos claro que cualquier salida a esta crisis y cualquier proyecto de futuro, no puede articularse sino a partir de lo que desde el 18 de octubre son, sin duda, las demandas centrales del pueblo chileno: el desmonte urgente del neoliberalismo, el fin del Estado subsidiario y la profundización democrática. Todo esto hoy es absolutamente prioritario y no puede pensarse una política de alianzas que no tenga esta cuestión estratégica como elemento central y articulador. Desde nuestra perspectiva el para qué, no solo es claro, sino que es también ineludible.

Como es lógico, declarar lo anterior pone límites a las alianzas que debemos construir, es decir, establece líneas rojas respecto de los pasos políticos que vamos a dar: no es posible construir una alianza cuyo eje articulador sea el “todos contra la derecha”, porque el objetivo no es ganarle solo a ellos (además de la legítima pregunta en el desplazado eje político chileno por dónde es que la derecha termina), sino que al neoliberalismo, que tristemente aquí goza de buena salud y cuenta con insignes seguidores fanáticos en no pocos sectores de la así llamada oposición.

Tampoco es posible construir alianza con quienes consolidaron orgullosamente el neoliberalismo en Chile (todavía resuena el mantra laguista “hay que concesionar todo lo concesionable”), sino que además son quienes siguen creyendo en el verdadero oxímoron de un neoliberalismo con rostro humano. Y esto no es una convicción moralista, es una decisión política desde la experiencia: los sectores que durante el periodo de la Nueva Mayoría asumieron la tesis de disputar al neoliberalismo en el gobierno no solo fracasaron, sino también terminaron siendo parte de uno que implementó reformas neoliberales. Pensemos en la reforma laboral (cuyo avance en derechos laborales es igual a cero y que además terminó afirmando el plan laboral de la dictadura), en la reforma tributaria, en la defensa abierta de una AFP estatal para solucionar el problema de pensiones, y del Estado subsidiario y sus políticas focalizadas, uno de los pilares del neoliberalismo chileno.

Consuelos y justificaciones ha habido muchas. Desde que aceptaron la obra de la dictadura –sí, con esas palabras, como atestiguan los textos de Boeninger– por el miedo a la regresión autoritaria, hasta el poder de los poderes fácticos, la Constitución o las minorías parlamentarias. Pero el hecho es que, en la práctica, todo el progresismo que se ha involucrado en gobiernos neoliberales, no solo no han sido un elemento crítico de estas políticas, sino que han terminado conduciéndolas en su ejecución. Y en esto hay que ser claras: la transición se acabó y estamos frente a la apertura de un nuevo ciclo.

Eso no implica por cierto que la visión del Frente Amplio sea identitaria o estética, como le gusta caricaturizar al extremocentrismo, sino al contrario. Lo que estamos planteando es que un programa y la política de alianzas que se requieren para construir oposición y proyecto país, deben partir necesariamente de una propuesta estratégica clara: el desmonte del neoliberalismo. De este modo, un programa de oposición debe obligatoriamente ser capaz de proponer: una estructura de cuidados y salud, desde la infancia hasta la vejez. También, la profundización radical de la democracia, junto con una política feminista en el discurso y la acción; el despliegue de fuertes políticas redistributivas y, además, un nuevo modelo de desarrollo ecologista.

Desde ahí, ciertamente que tiene que ser una política lo más amplia posible, pero entendiendo que la amplitud no puede ser concebida desde los estrechos límites de la política transicional, sino que debe ampliar sus límites hacia los sectores sociales que llevan veinte años en resistencia, despertaron, fortalecieron sus orgánicas y no se sienten representados hoy.

De no ser así, de no atacar realmente los pilares de este sistema, arriesgamos ser, en el mejor de los casos, una segunda Concertación, buscando siempre cómo perder de la mejor forma y poniéndole una sonrisa a un neoliberalismo que ya demostró su imposibilidad histórica de sostener la supervivencia de la humanidad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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