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La verdadera batalla

por 15 mayo, 2020

La verdadera batalla
El “dinero extra” que ha producido el negocio, como resultado de su operación y de haber invertido en activos rentables, es lo que se entiende como el valor creado. Por eso, el proceso de generación de valor de una empresa debe fundamentarse en las mejores decisiones de inversión, sin perder de vista las decisiones de financiamiento que pueden afectarle. Quizá no existe mejor momento que este, en que se redefinen globalmente los parámetros de lo realmente necesario y lo suntuario, para entender a cabalidad lo que un connotado emprendedor como Warren Buffet nos quiere decir cuando afirma que “el precio es lo que pagas, (y) el valor es lo que recibes”.
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Tras casi diez semanas de paro de operaciones en actividades no esenciales en Chile, comenzamos a ver un cambio en la percepción y enfoque de los esfuerzos de las empresas, migrando desde el estado de respuesta y “movilización” ante la crisis, a una señal que dé luz a un período de “estabilización” en un nuevo entorno. Asimismo, las organizaciones también empiezan a explorar nuevas estrategias para hacer frente al cada vez más impredecible panorama futuro.

En función de lo anterior, en el futuro próximo los administradores financieros estarán constantemente enfrentando desafíos, oportunidades y amenazas que afectarán sus decisiones de corto, mediano y largo plazo, destacando el reto de la liquidez que se observa tras el shock de oferta y demanda de la economía a nivel mundial, así como las medidas de contención de costos que les permitan sobrevivir hoy sin comprometer el crecimiento futuro del negocio. La elección de los indicadores financieros adecuados, resultará fundamental para alcanzar los objetivos ligados a la nueva estrategia de la organización.

Es necesario en este punto recordar que en el ámbito de las finanzas se destacan tres grandes grupos de decisiones: las de inversión, de financiamiento y las decisiones de distribución de dividendos (utilidades generadas por el negocio que hoy están en el centro de la polémica). Estas decisiones son las que deberían guiar el actuar entre los distintos mandos de la empresa en forma coordinada para poder garantizar viabilidad de corto, mediano y largo plazo.

Necesitamos entender de verdad un concepto clave de las finanzas: la rentabilidad. Mucha gente cree que se trata de la utilidad del negocio después de pagados los impuestos. Pues no, no lo es y es hora de que empecemos a tener claridad al respecto para emitir juicios y, por cierto, tomar buenas decisiones, que es lo que hoy nos ocupa. La rentabilidad económica es una medida de rendimiento, es decir, cuánto resultado económico (resultado operacional) ha generado cada peso que hemos invertido en activos o proyectos del negocio. Esta medida es trascendental, pues derivado de este indicador podremos ir develando el concepto de creación de valor.

Las decisiones de inversión están relacionadas con la disposición de recursos en proyectos (nuevos o vigentes), los cuales en la “jerga contable” se denominan como "activos". Dichas inversiones deben contar con un sello distintivo, es decir, se espera que generen un resultado traducido en la obtención de beneficios en el futuro. Entonces, es lógico preguntarnos: ¿cuándo una decisión de inversión crea valor?, ¿cuándo una empresa crea valor como resultado de sus inversiones? Y, finalmente, ¿esas inversiones crearon riqueza para los dueños y accionistas?

Y para responder esas preguntas, necesitamos entender de verdad un concepto clave de las finanzas: la rentabilidad. Mucha gente cree que se trata de la utilidad del negocio después de pagados los impuestos. Pues no, no lo es y es hora de que empecemos a tener claridad al respecto para emitir juicios y, por cierto, tomar buenas decisiones, que es lo que hoy nos ocupa. La rentabilidad económica es una medida de rendimiento, es decir, cuánto resultado económico (resultado operacional) ha generado cada peso que hemos invertido en activos o proyectos del negocio. Esta medida es trascendental, pues derivado de este indicador podremos ir develando el concepto de creación de valor.

Como se ha dicho, las inversiones, conocidas como "activos" deben tener la cualidad de generar beneficios económicos en un período. Sin embargo, estos beneficios esperados deben contar con una fuente de financiamiento, es decir, dichos recursos deben provenir, ya sea desde terceros ajenos al negocio –como proveedores y bancos (pasivos)–, de recursos que provienen de los propios accionistas –aportes de capital– o, bien, de las mismas utilidades generadas para ser reinvertidas (utilidad del ejercicio).

Desde la perspectiva de la empresa, los dueños, por ejemplo, son un acreedor que puede o no tener plazo definido de cuándo se le hará pago de “su inversión”, sin embargo, esperan recibir un interés o “tasa de retorno” por asumir un cierto nivel de riesgo de su inversión. Para efectos de comprensión, supongamos que esto equivale a un rendimiento de 15% sobre su aporte.

Por su parte, los proveedores y/o bancos también poseen un plazo e incluso esperan que se les retribuya lo que han prestado a la empresa mediante el pago de cuotas. En específico, los bancos prestan dinero a un costo, denominado "tasa de interés", que dependerá de las condiciones imperantes en la economía y del nivel de riesgo percibido por el banco, en relación con sus indicadores de gestión.

Por ejemplo, si el negocio demuestra una trayectoria creciente en sus ventas, pero como contrapunto sus márgenes son insuficientes, presenta un elevado endeudamiento de corto plazo o su capacidad de generación de caja es reducida, probablemente el banco perciba estos indicadores de gestión financiera como inadecuados y asigne un factor de riesgo más elevado, que, a su vez, se reflejará en una tasa mayor en el préstamo.

Cuando el banco define el costo del financiamiento solicitado, supongamos que con una tasa anual del 10%, esto significará que por un millón de pesos de préstamo a un plazo de doce meses, al término de dicho año la empresa se obliga a devolver ese millón más el costo del financiamiento bancario de haber usado ese dinero para invertirlo en activos. Supongamos ahora que, si el costo de ese interés equivale a $55 mil, eso implicará que la empresa debe ser capaz de devolver el millón de pesos del préstamo, más los $55 mil, que es la porción de interés que ha cobrado el banco.

Por otro lado, supongamos además que el accionista también ha invertido en el negocio, digamos que $2 millones, a una tasa de retorno esperado de 15% (su costo de oportunidad de haber desechado otra posibilidad de inversión) y espera que dicha rentabilidad esté disponible al término de un año. En este caso hipotético, si la empresa solo está mandatada a devolver el importe que corresponde a la rentabilidad esperada por parte del accionista, esto equivaldría a $300 mil.

Es aquí, entonces, donde debemos confrontar los $3 millones que ha recibido la empresa para financiar activos, de los cuales se espera que generen beneficios, por un lado, el préstamo de un banco a una tasa anual del 10% y, por otro, el retorno esperado por el accionista de 15%.

Sigamos suponiendo que en su cuenta anual del año 2020, la empresa reporta en su Estado de Resultados un resultado operacional (ventas – costos – gastos – depreciación) de $600 mil, con un nivel de inversión en activos de $3 millones. Esto significaría que obtuvo una rentabilidad de su inversión (o ROA en inglés) de un de 20%. Dicho de otra manera, por los $3 millones invertidos en activos, se obtuvo una utilidad de $600 mil. Cuando llegamos a este punto es cuando podemos preguntarnos: ¿se ha creado valor aquí?

Antes de entregar una respuesta rotunda, analicemos el Estado de Resultados de esta empresa imaginaria, que tuvo como resultado operacional $600 mil, se debe reconocer el pago de los intereses al banco por $55 mil y al accionista por $300 mil. Si además consideramos que esta empresa paga impuestos por $100 mil, nos queda una utilidad neta de $445 mil ($600 mil de utilidad antes de impuestos –$55 mil de interés del banco–, $100 mil de impuestos).

De esa utilidad neta, se pagan los $300 mil del accionista, en relación con su rentabilidad esperada, quedando un saldo de $145 mil que puede ser reinvertido en el negocio o, bien, distribuido en partes para los demás accionistas.
Con esta claridad y basados en estos supuestos resultados, podemos afirmar con toda seguridad que esta empresa sí ha creado valor, ya que ha recaudado recursos suficientes para pagar la rentabilidad esperada del banco (tasa de interés), la rentabilidad esperada del accionista y, además, ha generado un excedente.

Es precisamente ese “dinero extra” que ha producido el negocio como resultado de su operación y de haber invertido en activos rentables, lo que se entiende como el valor creado. Por eso, el proceso de generación de valor de una empresa debe fundamentarse en las mejores decisiones de inversión, sin perder de vista las decisiones de financiamiento que pueden afectarle. Esto es, desarrollando ideas de negocios innovadoras, invertir en la creación de otras fuentes de ingresos, basadas en ventajas competitivas verdaderas y sustentables en el tiempo, logrando un modelo de negocio que cuente con la mayor flexibilidad posible, que permita efectuar ajustes sin tener que asumir grandes costos y que, en caso de fracaso, no exponga a la empresa a enfrentar enormes barreras de salida que impliquen un alto impacto económico para la organización misma y sus accionistas.

Quizá no existe mejor momento que este, en que se redefinen globalmente los parámetros de lo realmente necesario y lo suntuario, para entender a cabalidad lo que un connotado emprendedor como Warren Buffet nos quiere decir cuando afirma que “el precio es lo que pagas, (y) el valor es lo que recibes”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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