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De la universidad tradicional a la pluriversidad: en busca de la innovación social

por 24 noviembre, 2020

De la universidad tradicional a la pluriversidad: en busca de la innovación social
Experiencias como la pandemia del COVID-19, la amenaza del calentamiento global, los desastres socioambientales, los estallidos y crisis sociales emergentes o las fronteras éticas que remueven las neurociencias, nos muestran que la realidad no se puede abordar disciplinariamente, sino sobre la base del estudio de problemas sistémicos o transdisciplinares. La construcción monodisciplinaria del conocimiento se muestra cada vez más impotente. Se requiere avanzar hacia una mirada global, que vaya en la dirección de considerar el mundo en su configuración cambiante, compleja y diversa.
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El modelo en el que seguramente hemos sido educados presupone la existencia de las monodisciplinas, claramente separadas, cada una con sus métodos y enfoques particulares. Este paradigma piensa un mundo ordenado, sin incertidumbres, donde se impone una estricta barrera entre el conocimiento y el sujeto que lo produce. El resultado es un diálogo de sordos entre las ciencias experimentales y el de las ciencias sociales y humanidades. La consecuencia de esta mirada es promover transformaciones mecanicistas de la realidad, donde se cree que alterando solo un aspecto circunscrito o una variable predeterminada, se podrá alcanzar un fin previamente planificado.

Sin embargo, el edificio de las ciencias está cambiando rápidamente. Experiencias como la pandemia del COVID-19, la amenaza del calentamiento global, los desastres socioambientales, los estallidos y crisis sociales emergentes o las fronteras éticas que remueven las neurociencias, nos muestran que la realidad no se puede abordar disciplinariamente, sino sobre la base del estudio de problemas sistémicos o transdisciplinares.

Este modelo educativo entiende que existen cuatro tipos de aprendizajes: aprender a conocer, adquiriendo las capacidades necesarias para entender y comprender en el mundo; aprender a hacer, para ponderar las formas de apropiarse e intervenir en una realidad; aprender a convivir, desde la participación activa y la cooperación inteligente; y aprender a sentir, involucrando aspectos emocionales, valorativos e interpretativos, que deben plasmar la responsabilidad profesional.

La construcción monodisciplinaria del conocimiento se muestra cada vez más impotente. Se requiere avanzar hacia una mirada global, que vaya en la dirección de considerar el mundo en su configuración cambiante, compleja y diversa. Para eso, la educación superior no debe separar lo que solo se puede entender y comprender desde un conocimiento lo más completo posible, una razón impura, capaz de dialogar con la pluralidad de los saberes humanos.

Para responder a los desafíos del presente y del futuro, necesitamos reinventar muchos de los sistemas humanos básicos: desde cómo nos alimentamos, cómo construimos, cómo hacemos negocios, cómo nos sanamos, cómo nos regulamos, cómo vivimos. Se amplían proyectos institucionales como el nuestro, que desde el 2021 incorpora nuevas carreras a su propuesta formativa. Pero esta expansión no implica solamente un incremento en los títulos ofertados (Ingeniería Comercial, Auditoría, Terapia Ocupacional, Fonoaudiología, Artes y Oficios, Diseño Escénico o Arquitectura), nuestra búsqueda tiene un interés más radical, ya que intenta ampliar el paradigma en el que se ha asentado la educación universitaria.

La búsqueda es formar personas que puedan transformar sus disciplinas en actividades regenerativas de la sociedad y del entorno. Concebir la labor profesional como una interacción biocenótica, que impacta y es impactada por una comunidad en continuo movimiento, llena de preguntas, ligada social y ecológicamente.

Este modelo educativo entiende que existen cuatro tipos de aprendizajes: aprender a conocer, adquiriendo las capacidades necesarias para entender y comprender en el mundo; aprender a hacer, para ponderar las formas de apropiarse e intervenir en una realidad; aprender a convivir, desde la participación activa y la cooperación inteligente; y aprender a sentir, involucrando aspectos emocionales, valorativos e interpretativos, que deben plasmar la responsabilidad profesional.

De esa forma, los programas académicos para el Chile actual deben generar una comunidad de aprendizaje en la que estudiantes y docentes se interconectan con ejes especializados, que asuman los contenidos propios de las disciplinas, pero con el interés en innovar en el desarrollo profesional. También ejes de agentes de cambio, basados en contenidos comunes entre carreras, que permitan pensar en la transformación de sistemas y no de estructuras mecánicas y no relacionales. Por otro lado, también un eje de proyectos, que busque aplicar y desarrollar iniciativas desde el inicio del itinerario formativo en diálogo y la revisión permanente con la formación de especialidad.

En el fondo, las universidades debemos transformarnos en pluriversidades que permitan la innovación social, desde la perspectiva de la complejidad y la sostenibilidad, donde la racionalidad instrumental ceda espacio ante una racionalidad sistémica, relacional e integradora.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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