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El favorito y el tapado...

por 1 febrero, 2021

El favorito y el tapado...
Hoy Sichel tiene el camino difícil. Él mismo se quejó amargamente de la agresividad y los ataques que ha recibido de su propio sector. Tampoco ha logrado conquistar un apoyo más institucional de algún partido, porque la verdad es que el respaldo oficial que le entregó Mariana Aylwin parece restar más que sumar. Deberá, además, despejar las dudas y acusaciones que han surgido en las últimas semanas, las que claramente tienen su origen en gente de derecha. Y Piñera tendrá que decidir luego a quién apoyará, para tratar de darle un poco de continuidad a lo que él llama su legado.
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Sebastián Piñera volvió a postular a La Moneda en 2017 con la intención –confesa– de convertirse en el “mejor Presidente de la historia” y, de paso, dar continuidad y proyección a su legado. Tres años antes, había diseñado un contundente plan en que se llevó a Apoquindo 3000 a todos sus colaboradores más cercanos, incluidos sus principales ministros, liderados por su primo Andrés Chadwick, quienes a tiempo completo siguieron trabajando para preparar el retorno.

Era la época de gloria de un Piñera que logró integrar transversalmente a militantes de la UDI, RN, todos trabajando a su servicio. Era también el nacimiento del piñerismo. Y de manera prematura, a pocos meses de asumir su segundo Gobierno, el Mandatario comenzaba a buscar a su sucesor o, mejor dicho, al abanderado de su propio movimiento. Incluso, en algún momento se especuló que Cecilia Morel podía ser la elegida. Claro, después vino el 18/0 y todo lo que sabemos pasó.

Pero Piñera es un hombre inteligente y, pese a la soledad en que ha ido quedando, entendió que la única posibilidad de rescatar algo del sueño que no pudo cumplir, es que alguien cercano lo suceda en La Moneda. Porque mientras en Chile Vamos la carrera presidencial se desataba de manera muy anticipada, marcando así distancia con el Gobierno, el Presidente armaba en silencio su nuevo plan: levantar al independiente Sebastián Sichel. Y las señales fueron evidentes. Despedida elogiosa y exagerada al salir del gabinete, con una “comisión de servicio” a BancoEstado. Similar al verdadero espectáculo comunicacional de la bajada de la escalera de Ignacio Briones y su familia la semana pasada en La Moneda. Era el inicio del plan B.

Con todos estos antecedentes acerca de Sichel, que estarían siendo rastreados ni más ni menos que por Andrés Chadwick, La Moneda activó su plan B de inmediato. Por ahora, el Gobierno prefiere jugar las fichas a blanco y a negro, aunque es probable que la irrupción de Ignacio Briones signifique un giro hacia el ahora exministro de Hacienda. Por ahora, la cuidadosa puesta en escena diseñada por el Gobierno para despedir a Briones refleja que, al menos, se la jugaron por darle un empujón potente a su candidatura. Una salida en gloria y majestad, con aires de jefe de Estado. Sin duda, el escalerazo quedará en los anales de la política chilena.

¿Y qué pasó entonces con el candidato elegido originalmente por La Moneda? Al círculo del Mandatario, comenzaron a llegar múltiples alertas del pasado zigzagueante de Sebastián Sichel. Esto incluía su largo paso por la Concertación –fue candidato a diputado dos veces por esa coalición–, sus asesorías en el Gobierno de Bachelet (ver nota en El Mostrador), sus peleas con Claudio Orrego y Andrés Velasco, sus reconversiones políticas permanentes, que lo llevaron a salir de Ciudadanos al darse vuelta la “chaqueta” por Piñera, sus intentos de entrar al PRI y a Evópoli, la creación del movimiento “Libres” –integrado por sus seguidores– y, por supuesto, sus movimientos para conseguir el apoyo del sector duro de RN, a costa de lo que fuera.

Sebastián Sichel ha basado su estrategia comunicacional como candidato en lo que podemos definir como “biográfico”, algo en que los norteamericanos son expertos, apelando a su historia de esfuerzo y clase media. Lo más alejado posible de la “elite”, de los colegios caros y barrios exclusivos. Un self-made man. Y aunque varios desmienten que este sea el verdadero pasado del ex Sebastián Iglesias –se cambió su apellido–, lo cierto es que él sabe de comunicaciones y lobby, ya que dirigió esa área en la agencia Burson-Marsteller y luego en Paréntesis.

Y así como las alertas se encendieron en La Moneda, los precandidatos de la UDI resintieron el golpe del piñerismo. Sichel entraba por la ventana a la competencia y había que pararlo. Fue Evelyn Matthei quien disparó los primeros dardos. Otros lo han hecho de manera más sutil, pero de fondo, la crítica es que los poderes fácticos están detrás de su candidatura. La alcaldesa llegó a decir que el expresidente de BancoEstado era el candidato “de los empresarios, de Libertad y Desarrollo y políticos que no quieren perder el poder”, en lo que pareció una evidente alusión a Piñera y empresarios que financian hace años a Sichel, como Juan José Santa Cruz.

Pero, tal vez, una de las aristas más complicadas que debe aún sortear Sebastián Sichel es la acusación en la Fiscalía Metropolitana Oriente por fraude en las elecciones de Ciudadanos de 2018, la cual se realizó de manera digital y cuya investigación permanece abierta. El recurso, entre varios argumentos, indica que en la comuna de Peñaflor votaron 48 personas, todas desde la misma dirección IP y todas por la lista de Sichel. Según han señalado diversas fuentes de Ciudadanos, los dardos apuntarían directamente al actual precandidato presidencial. Una acusación grave en tiempos de transparencia, que tiene que ser despejada por la justicia.

Con todos estos antecedentes acerca de Sichel, que estarían siendo rastreados ni más ni menos que por Andrés Chadwick, La Moneda activó su plan B de inmediato. Por ahora, el Gobierno prefiere jugar las fichas a blanco y a negro, aunque es probable que la irrupción de Ignacio Briones signifique un giro hacia el ahora exministro de Hacienda. Por ahora, la cuidadosa puesta en escena diseñada por el Gobierno para despedir a Briones refleja que, al menos, se la jugaron por darle un empujón potente a su candidatura. Una salida en gloria y majestad, con aires de jefe de Estado. Sin duda, el escalerazo quedará en los anales de la política chilena.

Los perfiles de los dos candidatos elegidos por el piñerismo son bastante dispares, pese a que ambos se proyectan como cercanos al centro y la centroderecha, en un target en que podrían entrar Mario Desbordes (RN) e, incluso, Ximena Rincón (DC). Sin embargo, Briones –a diferencia de Sichel– es un hombre que podríamos calificar como un verdadero representante de la elite, pero con muy poca experiencia política. Estudió en un colegio prestigioso, hijo de padres profesionales, alumno de la PUC y con formación en París.

Aunque participó del Gobierno de Piñera en 2010, solo fue en cargos muy técnicos, como la Coordinación de las Finanzas Internacionales. Aunque Briones tuvo, en general, una buena performance en el manejo político durante la crisis del 18/0, la pandemia y es un hombre de diálogo, es muy difícil que pueda generar apoyos en la línea más dura de Chile Vamos. No le perdonan no haber sido capaz de anticiparse a los dos retiros del 10%.

Hoy Sichel tiene el camino difícil. Él mismo se quejó amargamente de la agresividad y los ataques que ha recibido de su propio sector. Tampoco ha logrado conquistar un apoyo más institucional de algún partido, porque la verdad es que el respaldo oficial que le entregó Mariana Aylwin parece restar más que sumar. Deberá, además, despejar las dudas y acusaciones que han surgido en las últimas semanas, las que claramente tienen su origen en gente de derecha. Y Piñera tendrá que decidir luego a quién apoyará, para tratar de darle un poco de continuidad a lo que él llama su legado.

Por ahora, quien durante años fue un hombre de poco ruido y muchas nueces, deberá ser capaz de levantar un apoyo en el grupo más moderado de una derecha que parece haberse desbalanceado con el ingreso de José Antonio Kast a Chile Vamos. Aunque tendrá que cuidarse del “fuego amigo”, el más peligroso de todos. Porque pasar a la primera línea tiene bastantes más riesgos que cuando Briones se escondía bajo el seudónimo de Eugenio de la Cruz para hacer sus agudas críticas gastronómicas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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