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Aporofobia

por 1 mayo, 2021

Aporofobia
La aporofobia cunde hoy de la mano de la xenofobia, el desdén o rechazo del extranjero que llega donde nosotros vivimos, salvo que se trate de un inversionista o de las multitudes de turistas que recibíamos en tiempos normales, cosa muy distinta de la que ocurre con el extranjero que además es pobre, necesitado, puesto que viene huyendo de la guerra o de la hambruna de su país.
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Las palabras. ¿Qué haríamos sin ellas? ¿Cómo podríamos pensar? ¿Cómo nos expresaríamos? ¿Cómo nos comunicaríamos unos con otros? De todo lo inventado por hombres y mujeres, ellas, las palabras, son de la mayor importancia.

A la filósofa española, Adela Cortina, valenciana, que ha estado varias veces en Santiago y en Valparaíso, le llevó varios años convencer a la Real Academia Española de que incluyera en el diccionario de nuestra lengua la palabra “aporofobia”, que quiere decir rechazo, aversión, temor o desprecio hacia el pobre, al desamparado, a aquel que si le damos algo no tiene nada que dar a cambio. Y aunque lo que esa palabra designa ha existido siempre, haberle dado un nombre, un nombre por lo demás tan preciso, hace más fácil reconocer el fenómeno de la aporofobia, de hacernos conscientes de él y de criticarlo como se merece.

“Siempre habrá pobres sobre la tierra”, certifica un libro del Antiguo Testamento y ojalá se equivoque. Pero ese mismo libro –el Eclesiastés– sigue diciendo de esta manera: “Por eso te doy este mandato: abrirás tu mano al pobre y al necesitado de tu tierra”.

Suelo decirme a mí mismo que, andando el tiempo, a futuras generaciones la pobreza en el mundo les parecerá tan condenable, como a nosotros nos parece que alguna vez haya existido la esclavitud. Y si la pobreza llegará algún día a ser considerada algo escandaloso o intolerable, el desprecio o la indiferencia ante ella, el rechazo o invisibilidad del pobre, lo será aún más.

La aporofobia cunde hoy de la mano de la xenofobia, el desdén o rechazo del extranjero que llega donde nosotros vivimos, salvo que se trate de un inversionista o de las multitudes de turistas que recibíamos en tiempos normales, cosa muy distinta de la que ocurre con el extranjero que además es pobre, necesitado, puesto que viene huyendo de la guerra o de la hambruna de su país.

Entonces, “xenofilia” con el extranjero que ingresa al país con dinero y xenofobia con aquel que lo hace carente de recursos, al que vemos como una amenaza laboral, social y cultural y que, por añadidura, ha debido muchas veces desprenderse del poco dinero que tenía para pagar a la pandilla de traficantes que lo introdujo en el país de destino.

Estos segundos extranjeros no traen recursos a nuestro país –dice Cortina–, “lo que traen son problemas”, especialmente de seguridad, porque casi siempre se los ve como potenciales delincuentes antes que como personas en busca de un refugio donde guarecerse del desamparo y volver a encontrar algo de esperanza.

“Siempre habrá pobres sobre la tierra”, certifica un libro del Antiguo Testamento y ojalá se equivoque. Pero ese mismo libro –el Eclesiastés– sigue diciendo de esta manera: “Por eso te doy este mandato: abrirás tu mano al pobre y al necesitado de tu tierra”.

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