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El verdadero nudo no son los expertos

por 30 septiembre, 2022

El verdadero nudo no son los expertos
Si bien es importante que el órgano constituyente cuente con personas expertas que puedan aportar a lo largo del proceso, las preguntas que los tomadores de decisión se debieran hacer, para no cometer los mismos errores de la reciente Convención, no son las relativas a la presencia de los técnicos sino, primero, qué diseño electoral, en un sistema multipartidista, obliga a que las fuerzas políticas dependan más del elector moderado por sobre el polarizado para alcanzar un escaño. El fracaso de la propuesta de nueva Constitución no se debió a la cualificación de los convencionales electos –muchos de ellos eran reconocidos académicos en diversas áreas–. Tampoco se explica por la pertenencia de los convencionales. La principal razón fue la desequilibrada distribución de fuerzas políticas y la ideología que finalmente hegemonizó los contenidos de la propuesta constitucional.
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Contrario al discurso populista –que plantea la existencia de un pueblo puro versus una élite corrupta, los escándalos de la Convención dieron cuenta de que en realidad “no todo el pueblo es puro ni toda la élite es mala” (Rovira, 2021). Sin embargo, sería un error que, a partir de esta constatación, se genere un diseño institucional elitista para el nuevo órgano constituyente, bajo el supuesto de que fue la falta de personas expertas y el exceso de ciudadanos comunes lo que derivó en una mala propuesta constitucional.

El elitismo se ubica en el polo opuesto del populismo. Supone que la élite es virtuosa y el pueblo corrupto y vicioso, por lo que el último debe subsumirse a la voluntad del primero. Aun así, ambos adolecen de problemas parecidos: establecen distinciones maniqueas según la pertenencia social, suponen que el “pueblo” o la “élite” son entidades singulares y sugieren que la sociedad debe ser dirigida por uno u otro, según el caso.

No obstante, el fracaso de la propuesta de nueva Constitución no se debió a la cualificación de los convencionales electos –muchos de ellos eran reconocidos académicos en diversas áreas–. Tampoco se explica por la pertenencia de los convencionales. La principal razón fue la desequilibrada distribución de fuerzas políticas y la ideología que finalmente hegemonizó los contenidos de la propuesta constitucional.

Así, si bien es importante que el órgano constituyente cuente con personas expertas que puedan aportar a lo largo del proceso, las preguntas que los tomadores de decisión se debieran hacer, para no cometer los mismos errores de la reciente Convención, no son las relativas a la presencia de los técnicos sino, primero, qué diseño electoral, en un sistema multipartidista, obliga a que las fuerzas políticas dependan más del elector moderado por sobre el polarizado para alcanzar un escaño.

La segunda es cómo evitar una fragmentación política como la que se observa en la Cámara de Diputadas y Diputados.

Y la tercera es de qué manera es posible que el contenido de la nueva Constitución no se construya sobre causas identitarias o corporativas, que busquen refundar al país, sino sobre un proyecto consensuado que nos una y reconozca la evolución constitucional de la nación.

Las primeras interrogantes pueden ser respondidas con el sistema electoral, pero la última depende no solo de las preferencias del electorado sino también de la capacidad que tengan los partidos para alcanzar un acuerdo previo sobre los “bordes” dentro de los que el nuevo órgano constituyente debiera trabajar, que proyecte una voluntad minimalista que, al representar a la mayoría del país, asegure el éxito del nuevo proceso.

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