martes, 31 de enero de 2023 Actualizado a las 05:57

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Nuestros liceos enseñan a no participar

Nuestros liceos enseñan a no participar
El mecanismo del bloqueo opera fundamentalmente en aquellos formatos en que, principalmente desde los mundos adultos, se evitan o niegan las posibilidades de diálogo y encuentro, a partir de la consideración de las y los jóvenes solo como estudiantes que van al liceo “a recibir educación”, y no como actores de los procesos educativos y sociales que están viviendo en tiempo presente. De esta forma, se organizan y despliegan los procesos cotidianos en el espacio escolar sin dar valor a la palabra y acción de los mundos juveniles ahí presentes y son estos(as) últimos(as) invalidados(as) como actores importantes en lo que ocurra. En el mismo movimiento, estos(as) aprehenden que las relaciones en la comunidad educativa están siempre signadas desde este no diálogo y que, si deciden activarse reivindicativamente, han de hacerlo desde la subordinación-conflicto en contra de los mundos adultos, a los que conciben como el enemigo a enfrentar.
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Las y los estudiantes secundarios están en movilización. Desde el día siguiente al plebiscito en que se rechazó el borrador constitucional, en diversos puntos del país, las protestas de estudiantes secundarios(as) han puesto nuevamente en debate el abandono hacia la educación pública de parte del Estado y la precarización de las condiciones de vida en el país. En continuidad con la activación ocurrida el primer semestre, en este mes de septiembre, diversas manifestaciones y movilizaciones estudiantiles han vuelto a ocupar las calles (Santiago, Antofagasta, Valparaíso, entre otros territorios), en algunos casos con tomas de establecimientos educacionales.

Las demandas insisten en cuestiones que desde hace meses están presentes en sus planteamientos y que no logran eco en las autoridades nacionales, locales y en sus liceos. Sobre este no diálogo, quisiera problematizar en torno a los puentes rotos entre las generaciones que coexisten en el ambiente de la educación media. Me ubico en una perspectiva generacional que como uno de los lentes posibles para la observación de lo social permite concebir el campo de la educación como uno que se constituye de las relaciones que ahí despliegan las generaciones jóvenes y adultas. Una de las dificultades permanentes en esas relaciones son los mecanismos que ahí se activan para producir mayormente bloqueos generacionales y en algunas ocasiones colaboraciones generacionales.

El mecanismo del bloqueo opera fundamentalmente en aquellos formatos en que, principalmente desde los mundos adultos, se evitan o niegan las posibilidades de diálogo y encuentro, a partir de la consideración de las y los jóvenes solo como estudiantes que van al liceo “a recibir educación”, y no como actores de los procesos educativos y sociales que están viviendo en tiempo presente. De esta forma, se organizan y despliegan los procesos cotidianos en el espacio escolar sin dar valor a la palabra y acción de los mundos juveniles ahí presentes y son estos(as) últimos(as) invalidados(as) como actores importantes en lo que ocurra. En el mismo movimiento, estos(as) aprehenden que las relaciones en la comunidad educativa están siempre signadas desde este no diálogo y que, si deciden activarse reivindicativamente, han de hacerlo desde la subordinación-conflicto en contra de los mundos adultos, a los que conciben como el enemigo a enfrentar.

También dentro del bloqueo, se evidencian estrategias que son estimuladas desde los mundos adultos, que tienden a producir lo que denominamos simulacros de participación. En este formato, se abren instancias o se utilizan las existentes por ejemplo, Consejos escolares, Centros de Estudiantes u otras, pero se les reducen sus capacidades de acción y no se les permite avanzar hacia un carácter resolutivo. Es decir, se niegan las posibilidades para que las y los diversos actores ahí presentes puedan tomar decisiones sobre lo que les afecta, y de esa manera hacerse parte activa de los procesos educativos y sociales que están experimentando. Se confunde asistencia a estas instancias con participación en las decisiones de la comunidad educativa.

Al reflexionar con personas adultas de los liceos sobre este formato, aseguran su carácter participativo y no necesariamente cuestionan la reducción que implica dejar fuera de las decisiones a las personas jóvenes. Cuestión que, en el caso de Consejos Escolares, también deja fuera a las personas adultas que tienen menor poder en el establecimiento docentes, asistentes de la educación y apoderados(as).

De esta manera, vemos que este bloqueo generacional actúa en un sentido intergeneracional y también intrageneracional. Lo que está en tensión entonces, son las posibilidades de ejercicio democrático al interior de las comunidades educativas. Sobre este bloqueo desde los mundos adultos, las movilizaciones estudiantiles han venido señalando la violencia que esto implica y cómo les afecta en su cotidianidad educativa. Por ello señalo, en el título de esta columna, que “Nuestros liceos enseñan a no participar”, como una tendencia principal que caracteriza a las relaciones entre generaciones de las comunidades educativas.

Por otra parte, las experiencias de colaboración generacional son una tendencia más bien de baja intensidad y mayormente es posible encontrarlas cuando en algunas comunidades educativas, ciertos(as) actores(as) singulares, asumen una disposición para construir modos de relación de distinto tipo. En algunos casos ha sido posible encontrarlas en el aula, mediante el uso de metodologías que promueven el aprendizaje colaborativo y que consideran a las y los estudiantes como actores que poseen saberes legítimos para contribuir en ese proceso; también en docentes que asesoran a Centros de Estudiantes y otras formas de organización estudiantil, que se involucran desde constituirse en un apoyo educativo que acompaña y provoca procesos reflexivos en dichas instancias: en ambos formatos, esta disposición adulta les permite construir confianza y en ella sostener su autoridad pedagógica. También hemos observado experiencias educativas donde, desde decretos de las autoridades institucionales locales sostenedores municipales, por ejemplo, se ha definido el carácter resolutivo de los Consejos Escolares y con ello se ha buscado promover que sean instancias de participación sustantiva y genuina.

Al relevar estas experiencias, quiero enfatizar que se puede hacer distinto, y que las posibilidades para diálogos intergeneracionales en el ámbito educativo y para que las comunidades se constituyan como experiencias de colaboración y cooperación entre generaciones, puede ser una alternativa a los puentes rotos que actualmente existen. Ello requiere personas adultas dispuestas a salir del bloqueo y aprehender a relacionarse desde la colaboración.

Que las y los jóvenes se constituyan en actores protagonistas de sus procesos educativos, implica que comiencen a experimentar participación como un modo de convivencia en sus liceos, que aprendan a desplegar sus capacidades en este ámbito, ensayando prácticas que se verifiquen en todos los ámbitos de sus cotidianidades educacionales.

¿Cuáles son entonces los desafíos para los mundos adultos en provocar avances en estos procesos? ¿Qué mecanismos actuales necesitan ser tensionados para promover relaciones generacionales democráticas en las comunidades educativas? ¿De qué manera relaciones generacionales solidarias permitirían que estos(as) distintos(as) actores(as) converjan en demandas comunes para comunidades educativas de buen vivir?

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