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La bitácora de Juan Fernández y los ríos atmosféricos que se convierten en tormentas

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El Mostrador Fuente Preferida

 

¡Hola! Hace algunas horas amaneció en Juan Fernández con un sol radiante, pero solo unas horas antes pensaba que el cielo se iba a venir abajo por la intensidad de la lluvia. Así es el clima en esta isla oceánica de Chile, la segunda comuna —después de la Antártica— de más difícil acceso del país.

Llevamos varios días en Robinson Crusoe como parte de una investigación periodística para El Mostrador, con el apoyo de una beca financiada por Earth Journalism Network. Conocer las áreas marinas protegidas y la Reserva Mundial de la Biósfera, junto con el parque nacional en tierra, ya es de por sí un premio.

El resultado de la investigación lo daremos a conocer en agosto, pero la bitácora del viaje la iremos publicando por entregas en Juego Limpio.

Para no perder el propósito de Juego Limpio, en esta edición les quiero comentar, además, dos interesantes estudios. El primero de ellos fue dado a conocer públicamente unos días antes del viaje y es el resultado de un intenso diálogo científico desarrollado en Chile durante los últimos años, impulsado por el Ministerio de Ciencia y el Comité Científico Asesor de Cambio Climático (C4).

Pero antes quiero transmitirles mi sorpresa al ver, en el lanzamiento de los informes sobre evidencia científica del cambio climático, a la ministra del Medio Ambiente, Francisca Toledo, la misma que hace algunas semanas afirmó que existían discrepancias científicas sobre el papel del ser humano en esta crisis, relativizando con ello el cambio climático.

Sin retractarse hasta hoy de esas declaraciones, en esa ocasión pronunció un discurso plagado de elogios en el que destacó el trabajo del Comité Científico Asesor de Cambio Climático. La sorpresa podía verse reflejada en el rostro de muchos de los asistentes. La ministra, eso sí, se retiró rápidamente del lugar sin atender a la prensa ni responder preguntas sobre la polémica que habían generado sus propios dichos.

  • El informe sobre el deterioro del océano forma parte de cuatro estudios elaborados por el C4 con la participación de más de 500 investigadores de todo el país. En conjunto, entregan evidencia científica actualizada sobre los impactos del cambio climático en la salud, la economía circular, el nexo agua-energía-alimentos y la relación entre océanos, clima y biodiversidad.
  • Los estudios advierten, entre otros aspectos, sobre el aumento de la mortalidad asociada a temperaturas extremas, la expansión de enfermedades transmitidas por vectores, la profundización de la megasequía, el potencial de la economía circular para reducir emisiones y generar empleos, y el acelerado deterioro del océano chileno. Además de presentar diagnósticos, los informes incluyen recomendaciones para fortalecer las políticas públicas y servirán de base para la actualización de la Estrategia Climática de Largo Plazo de Chile.
  • El segundo estudio busca responder una pregunta surgida a propósito de los ríos atmosféricos que golpearon con fuerza la zona centro-norte y centro-sur del país.
  • ¿Por qué algunos sistemas frontales descargan precipitaciones capaces de provocar inundaciones, desbordes y remociones en masa, mientras otros, aparentemente similares, pasan casi inadvertidos?
  • La respuesta comienza a emerger desde la ciencia. Un estudio publicado en julio en Geophysical Research Letters revela que la intensidad de un río atmosférico no depende únicamente de la cantidad de humedad que transporta, sino también de la forma en que esa humedad interactúa con la cordillera de los Andes.

¡Listo! Hecho el resumen, ahora vamos a lo nuestro. Aseguren sus cinturones, que Juego Limpio parte en 4, 3, 2, 1… ¡Arrancamos!

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Bitácora Robinson Crusoe: una comunidad oceánica que defiende su mar

Han pasado varios días desde que desembarqué en la isla Robinson Crusoe. Ahora mismo llueve con gran intensidad, como si el cielo se fuera a caer de golpe o, al menos, el techo del hostal de donde me estoy quedando. Hace apenas cinco minutos, sin embargo, estaba parcialmente despejado. Rayos de sol iluminaban el verdor del Yunque, el monte más alto de la isla, y la mitad del cielo estaba decorado por nubarrones grises entre un azul muy vivo; tal vez el más vivo que he visto.

Así es la isla, me dicen. “Puede llover, salir el sol, llover y salir el sol nuevamente, todo en un mismo día”.

Antes de entrar en los detalles de la isla principal del archipiélago, que fue descubierta por el navegante español Juan Fernández en 1574, conviene regresar al punto en que habíamos quedado:

…tras 54 horas de navegación a bordo del buque de carga Antonio, llegamos a la isla. Pero no pudimos desembarcar. Para capear las marejadas que trajo el frente de mal tiempo que acabábamos de atravesar en alta mar —el mismo que días más tarde azotó con fuerza el centro, norte y sur del continente— debimos guarecernos en el sector de Tierras Blancas, donde la nave podía protegerse de los vientos.

Fue en este sector, que está detrás de la bahía de Cumberland, donde se levanta el pueblo San Juan Bautista, en el que en septiembre de 2011 capotó el Casa 212 de la Fuerza Aérea de Chile.

Después de varios días de náuseas por el movimiento incesante del barco, sentir que dejara de moverse fue un gran alivio. Antes de que despuntara el sol, un pescador artesanal que viajaba conmigo me instó a subir a cubierta. Afuera podían verse ya las siluetas del archipiélago: la isla Robinson Crusoe y Santa Clara.

Pero lo que más impresionó fue el recibimiento.

El foco de luz de la popa iluminaba el mar y, bajo él, podían verse cientos de peces atraídos por la claridad. Parecían ansiosos y despreocupados. Perseguían a unos pequeñitos peces voladores que saltaban sobre el agua, y con ese frenesí se cruzaban entre ellos a distintas profundidades. La transparencia de las aguas me permitía ver con una nitidez sorprendente. Había llegado a Juan Fernández.

Esa bienvenida comenzó, desde el primer día, a darle sentido al propósito del viaje: conocer una biodiversidad cuya tasa de endemismo supera el 65 % de las especies marinas y comprender las razones del compromiso de sus habitantes —fundamentalmente pescadores artesanales— por proteger el corredor biológico único que une los parques marinos que van desde las islas Desventuradas, por el norte, hasta Robinson Crusoe, por el sur.

Un corredor que hoy corre peligro, porque el decreto supremo que le dio protección a esta área marina que conecta ambos parques y sus montes submarinos, fue retirado desde Contraloría por el gobierno de José Antonio Kast, sin ninguna explicación pública ni criterio científico.

Los pescadores temen que responda a por presiones de la pesca industrial y la flota bacaladera. Razones para sospechar no les faltan. Alberto Vergara, pescador artesanal de la langosta, y a quien seguiremos durante esta historia, me lanza de entrada un recuerdo que mantiene muy fresco.

“Antes que la comunidad lograra que se protegiera la primera área marina, la pesca industrial de arrastre arrasaba con todo el fondo marino, capturando todo lo que hubiera en la columna de agua. Y lo que no le servía, los votaban al mar. Eran cientos sino miles de pescados flotando muertos en el océanoNo queremos que esa historia vuelva a repetirse”.

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El océano que protegía a Chile está perdiendo su capacidad de hacerlo

Durante mucho tiempo pensamos que el océano era un amortiguador. Mientras la atmósfera se calentaba, el mar absorbía parte del exceso de calor, capturaba dióxido de carbono y mantenía en funcionamiento uno de los ecosistemas más productivos del planeta. Esa capacidad sigue existiendo, aunque ya muestra señales de agotamiento.

El nuevo informe “Nexo Océanos-Clima-Biodiversidad”, elaborado por el Comité Científico Asesor de Cambio Climático, plantea una advertencia que cambia la manera de mirar la crisis ambiental: el problema ya no es solo el aumento de la temperatura. Lo realmente preocupante es que el océano, el clima y la biodiversidad están cambiando al mismo tiempo y cada transformación acelera a las demás.

  • Chile ocupa una posición privilegiada y, al mismo tiempo, extremadamente vulnerable. Su costa continental supera los 6.400 kilómetros, el Sistema de la Corriente de Humboldt sostiene hasta el 10% de la pesca mundial y sus ecosistemas marinos conectan desiertos, glaciares, bosques templados, fiordos y la Antártica. Esa diversidad convierte al país en un laboratorio natural único para estudiar el cambio climático. También significa que cualquier alteración tiene consecuencias económicas, ecológicas y sociales de enorme magnitud.

Lo que los científicos describen no corresponde a amenazas futuras. Está ocurriendo.

Las aguas del océano chileno se están calentando, aumentan su acidez, disminuye el oxígeno disponible y se modifican patrones fundamentales de circulación oceánica. A eso se suma el acelerado retroceso de los glaciares y una mayor frecuencia de eventos extremos como El Niño, La Niña y las olas de calor marinas y terrestres.

El informe insiste en que ninguno de estos fenómenos opera de manera aislada.

Mientras el cambio climático intensifica estas transformaciones, la contaminación, la sobrepesca, el cambio de uso de suelo y la expansión urbana siguen ejerciendo presión sobre ecosistemas que ya llegan debilitados. El resultado es una especie de reacción en cadena: especies que migran hacia mayores latitudes o profundidades, bosques de macroalgas que desaparecen, humedales costeros degradados y una mayor ocurrencia de floraciones algales nocivas.

Los investigadores llaman a este fenómeno riesgos compuestos. La diferencia es importante. Ya no se trata de enfrentar una sequía o una ola de calor por separado. Hoy ambos eventos pueden ocurrir simultáneamente, junto con incendios forestales, pérdida de biodiversidad o alteraciones en el océano, multiplicando sus efectos sobre personas y ecosistemas.

El informe sostiene que precisamente esa acumulación de impactos es uno de los mayores desafíos para las políticas públicas, porque las instituciones siguen respondiendo como si cada problema existiera por separado.

Las cifras que entrega el documento muestran que esa interacción ya tiene consecuencias visibles.

  • En la cuenca del río Aconcagua, la megasequía ha provocado un déficit de precipitaciones cercano al 45% y reducciones de caudal que en algunos períodos alcanzan el 90%. En las cuencas del Maipo y el Maule, la disponibilidad de agua superficial ha disminuido más de un 30%, mientras cerca del 70% de la población vive en zonas con creciente estrés hídrico. Aunque estos procesos ocurren tierra adentro, el informe demuestra que forman parte del mismo sistema que conecta océano, clima y biodiversidad.

Las comunidades costeras aparecen entre las más expuestas. Pescadores artesanales, pueblos originarios y localidades que dependen del mar enfrentan una vulnerabilidad creciente porque los ecosistemas cambian al mismo tiempo que aumentan las presiones económicas y sociales. Para los investigadores, adaptarse al cambio climático requiere mucho más que infraestructura: implica reducir desigualdades, incorporar el conocimiento indígena y fortalecer la participación de las comunidades.

El informe identifica además a los propios ecosistemas como parte de la solución. Humedales, turberas, bosques nativos, praderas marinas y bosques de macroalgas capturan carbono, regulan el agua, amortiguan marejadas y sostienen la biodiversidad. Los científicos proponen ampliar el uso de Soluciones Basadas en la Naturaleza y convertir la restauración de estos ambientes en una política climática de largo plazo.

Otro desafío está en la información. Aunque Chile cuenta con iniciativas de monitoreo oceánico —como una red de 15 boyas oceanográficas en los fiordos patagónicos—, estas operan de manera fragmentada y sin financiamiento estable. El informe advierte que el país aún carece de un sistema integrado capaz de anticipar los efectos del cambio climático y orientar la toma de decisiones.

La paradoja es que Chile posee condiciones para liderar esta agenda. Fue pionero en la creación de la Zona Económica Exclusiva, ratificó el Tratado Global de los Océanos (BBNJ) y cuenta con instrumentos como la Ley Marco de Cambio Climático y el SBAP. El desafío ya no pasa por crear nuevas normas, sino por articular las existentes bajo una visión común.

Al final, las más de cien páginas del informe dejan una idea clara: el océano no es el escenario donde ocurre la crisis climática. Es uno de sus protagonistas. Si pierde la capacidad de regular el clima y sostener la biodiversidad, las consecuencias alcanzarán mucho más que la costa.

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Cuando la cordillera decide si un río atmosférico será una tormenta histórica

Las intensas lluvias que durante los últimos días han golpeado desde Coquimbo hasta el sur del país dejaron una pregunta inevitable: ¿por qué algunos sistemas frontales descargan precipitaciones capaces de provocar inundaciones, desbordes y remociones en masa, mientras otros, aparentemente similares, pasan casi inadvertidos?

La respuesta comienza a emerger desde la ciencia. Un estudio publicado en julio en Geophysical Research Letters revela que la intensidad de un río atmosférico no depende únicamente de la cantidad de humedad que transporta, sino también de cómo esa humedad interactúa con la cordillera de los Andes.

  • La investigación cobra especial relevancia mientras Chile enfrenta uno de los temporales más severos de los últimos años, asociado precisamente a un río atmosférico que ha afectado gran parte del centro y norte del país.

El equipo, liderado por el investigador Dipjyoti Mudiar durante su postdoctorado en la Universidad Adolfo Ibáñez, analizó 50 ríos atmosféricos que impactaron los Andes extratropicales entre 1980 y 2023.

  • Utilizando datos de reanálisis atmosférico, observaciones satelitales y registros de descargas eléctricas, los científicos descubrieron que las lluvias más intensas se concentran en las laderas occidentales de los Andes, donde el relieve obliga al aire húmedo a ascender. Ese ascenso no solo enfría el aire y favorece la condensación; también puede desencadenar nubes convectivas de gran desarrollo vertical capaces de multiplicar las precipitaciones.

El hallazgo más importante del estudio es que dos ríos atmosféricos con un transporte de vapor de agua muy similar pueden producir lluvias completamente diferentes. La clave está en el estado de la atmósfera cuando el sistema llega a la cordillera. Si el aire cercano a la superficie ya se encuentra casi saturado de humedad, la montaña facilita la liberación de la inestabilidad atmosférica, aumenta la energía disponible para formar nubes profundas y fortalece las corrientes ascendentes.

El resultado son precipitaciones mucho más intensas de las que podría anticiparse observando únicamente la cantidad de humedad transportada por el río atmosférico.

  • Esta conclusión también ayuda a entender por qué los modelos meteorológicos todavía enfrentan dificultades para anticipar algunos de los eventos más extremos. Hasta ahora, gran parte de los pronósticos se apoyaban en indicadores como el transporte integrado de vapor de agua (IVT), ampliamente utilizado para estimar la intensidad de un río atmosférico.

El nuevo trabajo demuestra que ese parámetro explica solo una parte del fenómeno. La interacción entre el transporte de humedad, el transporte de calor y la compleja topografía andina resulta igualmente determinante para anticipar dónde y con qué intensidad caerá la lluvia. Comprender estos procesos permitirá mejorar las alertas tempranas frente a inundaciones, crecidas de ríos y deslizamientos de tierra, riesgos que vuelven a estar presentes durante los sistemas frontales que hoy afectan al país.

  • Chile recibe entre cinco y quince ríos atmosféricos cada año, responsables de más de la mitad de la precipitación anual en la zona centro-sur. Son esenciales para recargar embalses, glaciares y acuíferos, aunque también pueden convertirse en los principales generadores de desastres cuando coinciden condiciones atmosféricas favorables para intensificar la lluvia.

El estudio sugiere que, en un clima cambiante, comprender esa interacción entre océano, atmósfera y cordillera será tan importante como medir cuánta humedad transporta una tormenta. Porque, al final, la diferencia entre un invierno beneficioso y una emergencia climática puede definirse en los pocos kilómetros donde el aire del Pacífico comienza a escalar los Andes.


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