Mohamed El-Erian: el acuerdo griego fue la parte fácil para ambas partes
El acuerdo anunciado el lunes a la mañana ha evitado, al menos por ahora, la salida inmediata de Grecia de la zona euro –resultado que ningún dirigente europeo estaba aún dispuesto a llevar a su conclusión cada vez más lógica-. Grecia asumió importantes compromisos en materia de políticas a cambio de unos US$100.000 millones de financiamiento externo. Pero el acuerdo aún no ofrece el tipo de alivio de la deuda que el país necesita con urgencia.
Las negociaciones del fin de semana fueron sumamente duras y desprolijas y estuvieron muy cerca de desbarrancarse varias veces. La implementación será igualmente difícil e incierta… y no sólo debido a los desafíos económicos y financieros. Los aspectos institucionales, políticos y sociales son también espinosos.
Como reflejo de la triste historia reciente de la relación de Grecia con Europa, que ha debilitado la confianza y el respeto mutuos, el acuerdo impone una supervisión y una microgestión invasivas de las instituciones europeas y el Fondo Monetario Internacional. Y las condiciones no se limitan a una larga lista de medidas que deben tomarse antes de que se libere el dinero y a lo que probablemente sean revisiones frecuentes in situ. El gobierno griego también tiene que crear un fondo especial para recibir activos del Estado y el producto de las privatizaciones para destinar a actividades que los acreedores consideran importantes –como saldar deuda y recapitalizar a los bancos- y que requieren su estrecha participación.
Además de recapitalizar su sistema bancario, el gobierno griego debe asegurarse un financiamiento puente para cumplir con los pagos atrasados al FMI y hacer efectivo un pago inminente al BCE. Y esto debe hacerse de un modo que reconozca que el stock de deuda existente de Grecia ya es insostenible.
Implosión económica
Estos complejos pasos hacia la normalización financiera son una condición necesaria para revertir la implosión económica, pero distan de ser suficientes. La actividad económica enfrenta vientos en contra debido al considerable daño estructural que ya se ha infligido, así como la presión adicional que ejercerán los nuevos impuestos.
Entretanto, no se han elaborado medidas de reforma estructural creíbles para fomentar el crecimiento, y es probable que la porción del financiamiento externo que se vuelque a la economía para usos como reforzar las sobreexigidas redes de seguridad social sea demasiado pequeña.
Esta es la realidad que el agotado primer ministro Alexis Tsipras enfrentará al volver a Grecia después de las negociaciones en Bruselas con un acuerdo que contradice mucho de lo que sostuvo durante su campaña electoral. Es un acuerdo peor que el que los votantes griegos rechazaron en el referéndum de hace dos semanas. Puede que este haya evitado un destino más negro para la sociedad griega en el muy corto plazo. Pero eso no se traducirá en un alivio inmediato para esa sufrida población ni mucho menos en perspectivas significativamente mejores en el mediano plazo. El desempleo y la pobreza seguirán extendiéndose y la sensación genuina de que los griegos han perdido el control de su destino se intensificará.
Lo último que los líderes europeos querrán reconocer después de las maratónicas negociaciones de este fin de semana es que lo más difícil está por venir. Sin embargo, esa es la compleja realidad de esta muy enredada situación.