Devolver el espacio público a los ciudadanos
Chile no puede acostumbrarse a vivir sin plaza pública. Recuperar estos espacios también significa recuperar confianza.
La reciente columna de Claudio Fuentes y Sergio España en El Mostrador, titulada Chile sin plaza pública, pone sobre la mesa una preocupación que cuesta ignorar. A partir de los datos de la Encuesta Clima Social ICSOH UDP, los autores muestran algo que notamos hace tiempo. Hay menos confianza entre las personas, menos confianza en las autoridades y también menos espacios comunes donde podamos encontrarnos, convivir y procesar nuestras diferencias. Esa discusión tiene hoy una expresión muy concreta en Santiago. El futuro de Plaza Italia o Plaza Baquedano.
La transformación del eje Alameda Providencia es una de las intervenciones urbanas más importantes de los últimos años. Cambió una rotonda pensada principalmente para los autos por una plaza cívica de más de 14 mil metros cuadrados, caminable, arborizada, accesible y conectada con los parques Forestal, Bustamante y Balmaceda. Y eso importa porque una plaza no es solamente un espacio bonito o bien diseñado. Es uno de los lugares donde una ciudad se encuentra consigo misma. Ahí conviven personas distintas, se celebran momentos importantes, se expresan demandas sociales y se comparte la ciudad sin pedir permiso para entrar.
Por eso la idea de mantener este espacio enrejado de manera permanente merece una discusión seria. Es totalmente legítimo que exista preocupación por la seguridad, el orden público y el cuidado del patrimonio. Nadie puede desconocer lo que vivieron vecinos, comerciantes y usuarios del sector durante los últimos años. Pero otra cosa muy distinta es transformar una medida excepcional en una solución permanente. Si dejamos la plaza cerrada de manera indefinida, el mensaje que damos es bastante duro. Que no confiamos en que las personas puedan convivir en el espacio público y que para proteger un lugar común tenemos que impedir que la gente lo use.
Y una plaza detrás de rejas deja, en buena medida, de cumplir su función. Se transforma en un monumento que se mira desde afuera, en un espacio protegido pero vacío, en una ciudad que termina castigando a la enorme mayoría que quiere usarla bien por temor a lo que pueda hacer una minoría. La seguridad del espacio público tampoco depende solamente de rejas y controles. También se construye con vida, iluminación, actividad, comercio formal, cultura, familias, trabajadores y presencia permanente de las instituciones. Las ciudades que han recuperado con éxito sus espacios públicos lo han hecho precisamente llenándolos de vida. El abandono y el vacío, en cambio, casi siempre terminan facilitando el deterioro.
No deberíamos perder de vista lo que inspiró esta transformación. El éxito del eje Alameda Providencia no se va a medir por la altura de las rejas que protejan un monumento ni por la velocidad con que circulen los autos alrededor de la plaza. Se va a medir por algo mucho más sencillo. Por la cantidad de personas que puedan caminarla, usarla, encontrarse y volver a sentirla como parte de la ciudad.
Chile no puede acostumbrarse a vivir sin plaza pública. Recuperar estos espacios también significa recuperar confianza. Confianza en las instituciones, pero también confianza entre nosotros. Porque una ciudad más segura no es solamente una ciudad donde evitamos que ocurran problemas. También es una ciudad donde podemos volver a encontrarnos. Y defender el espacio público es, finalmente, defender algo bastante básico. El derecho de todos a habitar juntos la ciudad.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.