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Puerto Montt: imágenes de un carnaval desatado por el título

Puerto Montt: imágenes de un carnaval desatado por el título

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Tras purgar dos años y medio en la tercera categoría de nuestro fútbol, Deportes Puerto Montt, que hoy cumple 32 años de vida deportiva, se liberó de todos los fantasmas que le acosaban y en una actuación inolvidable destrozó los sueños de ascenso de San Antonio Unido, que llegó a la última fecha con la primerísima opción de triunfar y subir a la B.


La jornada comenzó con una positiva señal: el bus de los jugadores locales recorrió la costanera de la ciudad en su ruta al estadio, momento en que recibió el apoyo de una ciudad que se paralizó y que se volcó en número cercano a los diez mil espectadores al reducto ubicado frente al canal de Tenglo.

En mi condición de espectador neutral, me conmoví al ver el compromiso de los hinchas puertomontinos: micros llenas, autos compartidos, caravanas a pie, todo sirvió para poder llegar a la hora a un estadio que a las siete de la tarde, sesenta minutos antes del pitazo inicial, estaba copado en un 75 por ciento. La espera de la afición fue tensa, casi en silencio y sólo se rompió cuando los jugadores salieron a realizar sus ejercicios previos: pifias para el SAU y gritos de apoyo y aplausos al calentamiento de Puerto Montt.

Así, poco importó el frío (que lentamente fue dando paso a una agradable noche de otoño) que amenazó con instalarse en el estadio. La fiesta, transmitida por el CDF para todo el mundo, fue total, y creo que esa convicción la sintieron los jugadores visitantes, que no lograron desenredarse de los nervios una vez iniciado el partido.

A las 20 horas, en punto, como rezan los cánones televisivos se dio el pitazo inicial. Nunca antes había visto tanta efervescencia. El tradicional público exitista y apático de la capital de la Décima Región (salvo los incondicionales de la barra, hay que decirlo) dio paso a una caldera humana que en todo momento alentó, que estuvo pendiente de todos los detalles (como manos casuales o faltas que merecían tarjeta) y supo de una ventaja de dos goles en el primer tiempo, a pesar de que llegaron por discutidos cobros de faltas penales, pareció justa.

Ni un gol más ni uno menos. El 2-0 reflejó las ansias de un equipo por buscar el protagonismo del encuentro, atacando sin piedad a un rival que estuvo «knock out» desde el minuto uno, y que salvo dos jugadas que tengo aun dibujadas en la mente (un disparo que contuvo el arquero local y un rechazo que podría haber terminado en autogol) no propuso absolutamente nada más en el período inicial. ¿Mérito de Puerto Montt? ¿Impericia de San Antonio? Quizás un poco de las dos cosas (como solía decir el recordado Julio Martínez).

El entretiempo se hizo breve, con las típicas idas a comprar algún refresco (la noche daba para una bebida, incluso), al baño, a disfrutar del espectáculo con niños o a ponerse de pie un rato y estirar las piernas. El complemento invitó a dos cosas: evitar el rápido descuento de la visita o confirmar el triunfo con un gol antes de la hora de juego. Felizmente, para los locales, pasaron ambas cosas. Primero, San Antonio renovó su falta de profundidad e irregularidad en mediocampo y luego, vinieron dos estocadas, seguidas, de los «salmoneros».

Lo cierto es que tras el cuarto gol se vivió una montaña rusa de emociones. Vi gente llorando, abrazos entre desconocidos y, por un momento, me di cuenta de que las personas podemos olvidar nuestros problemas cuando su equipo hace un gol. Pero no todo era fiesta en Chinquihue. En el costado opuesto, casi acorralados contra una esquina del estadio, los cerca de 200 hinchas visitantes mascullaban su frustración, con la tristeza de haber viajado por un título casi mil kilómetros y volver con las manos vacías.

Para el final, la hora de los festejos totales. Eran más de las 22 y llegó la ceremonia esperada por todos desde aquella aciaga tarde de noviembre de 2012, cuando se confirmó el descenso en Maipú, tras no poder romper el cero ante Magallanes.

Los más aplaudidos, Parraguez y el técnico Durán. En las tribunas, ya no se hablaba de Ovalle, Mejillones, Naval o Valdivia. Era hora de pensar en las visitas de Cobreloa, Everton, Ñublense o San Felipe. Sin embargo, lo inmediato era celebrar. La ruta triunfal cubrió los casi diez kilómetros que separan el estadio del centro de la ciudad. Me retiré en medio de una tranquila euforia. Fue mucho más fácil la salida que la llegada y me tocó ver a personas de todas las edades fundidas en la alegría de la celebración.

La tarea que asoma para Puerto Montt (la ciudad y el club) es grande. Reencantar a la hinchada con una campaña que permita mantenerse y aspirar a retornar a Primera es un objetivo primario y para nada descabellado. Habrá que esperar que termine el receso, se juegue la Copa América y aparezca el fixture del torneo de Primera B, que volverá a los bolsillos de la afición puertomontina, 912 días después de haberlo visto por última vez.

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