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Juan Eduardo Vargas: “La IA obliga a reescribir el contrato entre capital y trabajo”

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Iván Weissman Senno
Por : Iván Weissman Senno Editor El Mostrador Semanal
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En este nuevo capítulo de Diálogos de El Mostrador, el rector de la Universidad Finis Terrae y ex socio de LarrainVial, sostiene que la mayor revolución tecnológica en un siglo exige repensar la educación, la inversión, el rol del Estado y la distribución de los costos sociales de la transición.


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La irrupción de la inteligencia artificial está reabriendo una vieja disputa del capitalismo: quién captura el valor, quién asume el riesgo y quién paga el costo social de la transformación. 

Para Juan Eduardo Vargas, rector de la Universidad Finis Terrae, exsubsecretario de Educación y exsocio de LarraínVial, la respuesta no pasa por enfrentar al capital y al trabajo como fuerzas necesariamente antagónicas, pero sí por reconocer que la tecnología tiene consecuencias económicas y morales que no pueden ser ignoradas.

  • “Si la tecnología genera externalidades negativas, como un desempleo generalizado, es económicamente justificable pensar en impuestos que permitan hacerse cargo de esos costos”, afirmó en una nueva edición de Diálogos de El Mostrador

Vargas planteó que un tributo específico podría financiar capacitación, reconversión laboral y medidas destinadas a amortiguar el impacto sobre los trabajadores desplazados.

El académico advirtió que el problema no puede reducirse a cuánto de la “torta” se lleva el capital.

  •  “La pregunta de fondo no es cuánto se lleva el trabajo, sino en qué condiciones viven y van a vivir los trabajadores”, sostuvo. A su juicio, la tecnología ha contribuido históricamente al aumento del bienestar, pero la velocidad del cambio actual amenaza con dejar atrás a grupos completos de trabajadores antes de que la economía sea capaz de absorberlos.

Ese escenario obliga a cambiar la manera en que se concibe la educación. “Formar a alguien para un puesto de trabajo que va a desempeñar durante toda su vida es absolutamente utópico. Eso no existe y no va a existir”, dijo.

En reemplazo de una formación excesivamente especializada, propone fortalecer habilidades como el pensamiento crítico, la creatividad, la capacidad analítica, la resiliencia, el liderazgo y el trabajo en equipo.

  • Vargas también asigna un papel central al Estado. “Hoy ya no se concibe que una persona se forme una sola vez en su vida”, señaló. El desafío, agregó, es construir mecanismos de capacitación permanente y apoyar la “reeducación” de quienes queden desplazados por la automatización. La reconversión de un profesional de 40 años, advirtió, es posible, pero se vuelve mucho más difícil cuando el mercado laboral está estancado.

Ahí aparece una de sus principales tesis: ni la educación ni la redistribución bastan sin crecimiento. 

  • “Las universidades podemos hacer maravillas en términos de formación, pero si la economía no está a la altura, esos egresados no van a encontrar espacio en el mercado laboral”. La clave, sostuvo, es crear una economía en que las empresas “se peleen al factor trabajo”, y no trabajadores que compitan por una cantidad cada vez menor de empleos.

La conversación también abordó la responsabilidad empresarial. Vargas llamó a las compañías a retener, reconvertir y postergar, cuando sea posible, la salida de trabajadores afectados por la tecnología. Pero reconoció que esa responsabilidad tiene límites económicos. “Lo que esperaría de los empresarios es que vuelvan a ser empresarios: que inviertan, que crean en Chile y que generen oportunidades laborales”, afirmó.

Pese a los riesgos, Vargas se declara moderadamente optimista. Cree que Chile está regresando desde la lógica de la confrontación hacia una mayor disposición al acuerdo. Pero advierte que la transición tecnológica exigirá conversaciones incómodas sobre impuestos, educación, gratuidad, capacitación y sostenibilidad fiscal. El costo de evitarlas, sugiere, podría ser una nueva clase de trabajadores profesionales frustrados, con consecuencias políticas y sociales difíciles de anticipar.


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