Opinión
Hans Scott/AgenciaUno
Cambios al paradigma de las aguas lluvias: desde la evacuación y drenaje a la gestión integral
Solo integrando el territorio, las instituciones y el ciclo del agua podremos construir ciudades más resilientes y evitar que en cada invierno se vuelvan a repetir los problemas a los que, desgraciadamente, estamos acostumbrados.
Cada invierno vemos cómo nuestras ciudades colapsan con la lluvia. Este ciclo repetitivo no es solo consecuencia de la naturaleza o del azar, sino el síntoma de un modelo de ocupación territorial y de gestión de las aguas lluvias que urge transformar.
Tenemos un desafío pendiente: hacer dialogar nuestra organización administrativa con el ciclo del agua. El drenaje urbano es un sistema integrado, donde las escalas domiciliarias, barrial y de cuenca interactúan permanentemente. Sin embargo, la normativa vigente (Ley 19.525) y la práctica tradicional fragmentan esa realidad.
La gestión de la red de drenaje se separa entre el MOP y el MINVU, mientras que los aportes de escorrentía desde los predios privados aguas arriba los impactos sobre los cauces y cuerpos receptores aguas abajo no son considerados explícitamente.
Esta separación, aunque pueda justificarse administrativamente, termina promoviendo soluciones parciales: los problemas se intentan resolver donde se manifiestan y no donde se generan; los nuevos desarrollos urbanos no necesariamente internalizan el aumento de caudales y volúmenes que producen; y los efectos sobre los ecosistemas receptores permanecen prácticamente ausentes de la planificación.
Pero incluso una institucionalidad mejor coordinada sería insuficiente si no cambiamos también el paradigma técnico. Nuestras soluciones siguen centradas en la evacuación de las aguas lluvias, tratándolas esencialmente como un residuo o peligro que debe conducirse rápidamente aguas abajo mediante colectores, generalmente cerrados.
Ese enfoque funcionó mientras las ciudades eran menos extensas e impermeables. Hoy, en cambio, la expansión urbana incrementa de manera sostenida los caudales y volúmenes de escorrentía, haciendo que la infraestructura quede obsoleta, que los episodios de anegamiento e inundación sean cada vez más frecuentes y que algunos alcantarillados con aguas servidas colapsen con el ingreso de aguas lluvias.
Por ello, el desafío ya no es evacuar, sino gestionar las aguas lluvias. Ello implica incorporar sistemáticamente la infiltración y el almacenamiento temporal. Soluciones como jardines infiltrantes, techos verdes y áreas verdes con capacidad de regulación permiten reducir los volúmenes y caudales que llegan a la red de drenaje, evitando que el crecimiento urbano se traduzca automáticamente en mayores riesgos de inundación.
Lejos de requerir una transformación radical de la ciudad, estas soluciones pueden incorporarse gradualmente aprovechando la permanente renovación del espacio urbano, desde proyectos inmobiliarios hasta la regeneración de barrios y el recambio de áreas verdes.
Para avanzar en esa dirección es indispensable fortalecer el rol de los gobiernos regionales y, especialmente, de las municipalidades. Con mayores atribuciones y financiamiento, los gobiernos locales podrían impulsar una gestión más integrada del drenaje urbano, articulando la planificación territorial, la infraestructura y las necesidades de la comunidad.
Solo integrando el territorio, las instituciones y el ciclo del agua podremos construir ciudades más resilientes y evitar que en cada invierno se vuelvan a repetir los problemas a los que, desgraciadamente, estamos acostumbrados.
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