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La Constitución única: Europa se debate ante el espejo de su propia historia

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De los 25 países que forman hoy la Unión, 15 de ellos lo han ratificado, lo que no es menor. Con todo, el que en 10 países se haya optado por el referéndum para refrendarla, tampoco es un dato menor tratándose de un instrumento que puede ser revisado y perfeccionado en el tiempo.


El Tratado Constitucional de la Unión Europea, cuya ratificación comenzó en los últimos meses, es el proceso más notable de unificación de un continente que ha marcado los destinos de prácticamente toda la humanidad y por más de 2000 años. Independientemente de los detalles de su contenido, que no satisfacen a legiones de izquierdistas ni derechistas, Europa tiene al frente la gran oportunidad de consolidar esa alianza de países que se transformó gradualmente en el sueño del eurócrata por excelencia hace más de 50 años: los Estados Unidos de Europa.



De los 25 países que forman la Unión hoy, 15 de ellos lo han ratificado, lo que no es menor. Con todo, el que en 10 países se haya optado por el referéndum para refrendarla, tampoco es un dato menor tratándose de un instrumento que puede ser revisado y perfeccionado en el tiempo.



Una vez más, como en los 500 años de equilibrios y confrontaciones que explotaron en la guerra de 1914, Europa para su creciente unidad es su propia enemiga, y la posibilidad de esa unión está amenazada. Es probable que a la larga, se ratifique la Constitución en todos los países, pero hoy la posibilidad está en duda, mientras peces gordos como Francia y el Reino Unido no la ratifiquen.



Por ser un país pivote en todo el proceso de creación y gestión de la comunidad europea, quizás el plebiscito más importante es el de Francia, proyectado para el próximo 29 de mayo. Aquí los sondeos no son alentadores para la ratificación. Las encuestas indican una persistente disminución del Sí a la Constitución, y los últimos resultados expresan un virtual empate con el No. En sondeos dados a conocer el 9 de mayo, TNS Sofres da un 52 % para el Sí y CSA un 51 %. El sondeo de EPSOS señala un 50% para cada opción.



La aprehensión mayor la puso Philippe Moreau del Instituto de Relaciones Internacionales de Paris. Para muchos detractores, "la Constitución es vista como un vehículo para la globalización". En el contexto del desempleo que no disminuye sostenidamente en Francia, se desprende que a mayor globalización, mayor complejidad en el tema laboral.



La poderosa Confederación General del Trabajo de Francia rechaza la Constitución y en otra encuesta, la parte más progresista de los socialistas, junto a los comunistas, la rechazan en un 71%. Según Eric Cheney de la firma Morgan Stanley, un triunfo del No en Francia afectaría al euro. Otros analistas que operan desde Bruselas, expresan que un triunfo del No en Francia afectaría el panorama político en toda Europa, a pesar del triunfo del Sí en Alemania.



El 12 de mayo reciente, Alemania le tendió una mano a Francia y por qué no a toda Europa, a través de una ratificación con una abrumadora mayoría en el Bundestag. Se habla ya de una alianza estratégica creada entre las cámaras de ambos países para darle impulso a una ratificación dual en Alemania y Francia, con pocos días de diferencia. Con Francia y Alemania ratificando la Constitución, (España la respaldó con un referéndum en febrero de este año), la consulta del Reino Unido estaría bajo una insólita presión al tener una implicancia directa en la sustentabilidad futura del proyecto de la Constitución única.



En el Reino Unido, la problemática del empleo es central en las aprehensiones. El probable sucesor de Blair, Gordon Brown, debido al énfasis en el tema de la justicia social puesto por su cartera de Hacienda, ha manifestado más reticencia a decisiones unilaterales para ratificar la Constitución.



Viaje hacia una nueva incertidumbre



Protección y expansión pos Segunda Guerra mundial, han sido los ejes del itinerario de una comunidad europea que surge como parte de la contención a la otra expansión: la soviética. La unidad europea, desde el fin de la ex URSS, no ha resuelto con claridad el tema de la alianza transatlántica con los EEUU, que es uno de los temas planteados por los escépticos a una Constitución única.



Llegar a la etapa actual significó un recorrido largo cuyos hitos primarios en los Tratados de París (1951) y de Roma (1957) apenas auguraban un pasaje hacia acuerdos de ductilidad fronteriza y pactos de reciprocidad económica, en medio de una aplastante bipolaridad con su estrategia central: la guerra fría. Desde 1957 en Roma hasta el siguiente peldaño sólido – el acuerdo de 1986- donde se consagra el concepto de Una Europa, debieron pasar 30 años. Los pasos siguientes -con el tratado de Maastricht de 1992 como pilar- comenzaron a apoyarse en un ambiente global más propicio para las negociaciones.



En un mundo a la vez transgresor y contradictorio respecto a los postulados que han posibilitado formar los estados-naciones o patrias, la posibilidad de una Constitución europea única, es un anatema y un rasgo de ultra modernidad al mismo tiempo. Los nacionalistas en Europa, que ven reducidas sus bases de lucha por la eventual pérdida de soberanía en una Constitución unitaria, la rechazan y forman millones. El grueso de la social democracia con visiones benignas de la globalización la defienden.



¿Eurocentrismo?



En un trabajo seminal, Scott Malcomson (Village Voice, marzo de 1991), planteaba la idea esencial detrás de la aspiración de Europa por la unión definitiva. Ella estaría forjada con el propósito de reforzar el corazón de la blancura "occidental" de Europa.. Basado en una revisión de un grupo de ensayos sobre nación y nacionalismos (Bhabha, Hobsbawn, Zeman, otros) publicados cuando concluía el proyecto de la ex URSS, señalaba que el acercamiento de la naciones europeas se habría sustentado principalmente como protección de la avalancha asiática.



Sin embargo el año 1996, en su influyente ensayo On Reflections on the Revolution in Europe, (Reflexiones sobre la revolución en Europa) Ralf Dahrendorf auguraba otro futuro para Europa. Anunció con cierta pompa que «queda tan sólo un mundo con opciones serias de desarrollo y hegemonía… El primer mundo y el segundo mundo se están uniendo, convirtiéndose en algo que aún no tiene nombre ni número; quizás será solamente el Mundo». De esta forma, un concepto que podría estar en retirada había regresado con una rapidez sorprendente: Europa, centro del Mundo. Ese concepto en algún sentido, está inserto en el debate interno, disperso y multifacético que ha generado la Constitución.



En todo este itinerario, las culturas nacionales no se limitan sencillamente a crear historias generativas acerca de sí mismas, o leyendas sobre los antepasados. También generan historias acerca del mundo externo, fuera de la nación, y las relaciones entre esos dos mundos. De esa forma, la tensión entre la nación y el mundo -que está al centro del debate sobre esta Constitución- se ha transformado en algo productivo, porque no se puede resolver.


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