Dos visiones sobre el Brexit
El diario El Huffington Post publicó la reflexión de dos columnistas españoles sobre el resultado del referéndum del 23 de junio en el Reino Unido sobre la Unión Europea.
Se trata de las columnas de opinión de Timothy Appleton, Doctor en Filosofía y profesor de Lingüística en la Universidad Camilo José Cela, y de Carlos Carnero, Director gerente, Fundación Alternativas. Ambos españoles.
El primero, señala: «Lo que me ha sorprendido mucho más -y negativamente- ha sido la ausencia absoluta de ganas por gran parte de la izquierda británica de articular el enorme malestar obrero que parece que ha impulsado decisivamente el voto a favor del Brexit».
El segundo, en cambio, advierte: «El todavía Reino Unido se embarca en un proceso del que solamente puede salir perjudicado: política y económicamente, abandonar la Unión le debilitará dentro y fuera de sus fronteras. Lo más probable es que incluso deje de existir como lo conocemos ahora, porque tendría toda la lógica y mucha legitimidad que Escocia retomara el camino de la independencia».
Reflexiones sobre el Brexit
Si hubiera un concurso para encontrar la película histórica que más errores historiográficos tiene de todos los tiempos, ¿cuál ganaría? Una candidata obvia sería Braveheart, de Mel Gibson, una película que no sólo insinúa que su protagonista William Wallace era un pobre campesino que vivía en una tienda de campaña (cuando en realidad era un noble que, con bastante seguridad, creció en un castillo), en la que tenía una aventura con Isabela de Francia, que tenía siete años en aquel momento y en la que, para colmo, Wallace se viste con falda escocesa, una tecnología que, en realidad, se inventó en Inglaterra cuatro siglos más tarde.
Una de las muchas libertades dramáticas que se toma la peli se encuentra en la última escena, cuando William Wallace/Mel Gibson está siendo torturado de manera espantosa ante todo el mundo para que se arrepienta públicamente por su lucha contra los ingleses. En lugar de rendirse, y con su último aliento, grita: «Freeeeeeeedom! Es un momento muy divertido. Además, en un plus-de-populismo, la película hace un corte rápido a una imagen de la cara del rey Eduardo de Inglaterra, en su cama, angustiado porque le ha despertado repentinamente el grito de Wallace. La metáfora es obvia pero correcta: el grito de «libertad» es capaz de despertar hasta la conciencia de los opresores. Me parece que la pregunta de hoy es la siguiente: después del voto en el Reino Unido sobre la UE, ¿de qué sueño o pesadilla nos hemos despertado?
La respuesta derechista y ultraderechista a esta cuestión, por todo el continente, es predecible. Vamos a parafrasearlo: «Los británicos están hartos de la inmigración masiva. Sí, claro, también les preocupa la justicia económica, la falta de democracia, etc., pero fundamentalmente, a los británicos no les gustan los inmigrantes (y esto es algo que debe apoyarse).» Mucho más interesante, sin embargo, ha sido la respuesta de la izquierda en general, sobre todo en Gran Bretaña. Es curioso, porque replica casi palabra por palabra la conclusión de la derecha: «Los británicos han votado para salir porque no les gustan los inmigrantes». El único matiz que añade la izquierda es que esto no es algo que deba apoyarse. El rencor entre la izquierda cultural y mediática y las clases populares en Gran Bretaña hoy es palpable.
Debo confesar, sin embargo, que para mí, lo que más me ha deprimido en todo el proceso de este referéndum no han sido mis especulaciones sobre los deseos de los obreros británicos. Me ha preocupado más este paralelismo entre la izquierda y la derecha. Ya sé qué opinan los derechistas y ultraderechistas. No espero otra cosa de ellos. Siempre están allí, posados, listos para alimentarse del sufrimiento de la gente. Lo que me ha sorprendido mucho más -y negativamente- ha sido la ausencia absoluta de ganas por gran parte de la izquierda británica de articular el enorme malestar obrero que parece que ha impulsado decisivamente el voto a favor del Brexit.
Toda la izquierda mainstream en las islas británicas ha apoyado la opción de quedarse en la UE. Desde Owen Jones a Tony Blair. No sólo eso, sino que han dicho cosas extremadamente dudosas y llenas de especulaciones para justificar su posición. En parte, han ido replicando las mentiras catastrofistas del centro-derecha: que perderíamos industrias enteras si salíamos, que la economía se hundiría, que Escocia saldría del Reino Unido (a ver si Escocia prefiere cambiar Westminster por Bruselas, o la libra por el euro; yo no estoy tan seguro). Pero también han añadido algunas mentiras propias: que la UE protege los derechos de los trabajadores (algo que todo el mundo sabe intuitivamente que es falso; francamente, me parece un insulto a la inteligencia de los británicos presentar ese argumento) y, sobre todo, que la UE va a proteger a los británicos del neoliberalismo (una afirmación que es para echarse a reír). Y todo lo han empaquetado con un argumento humanista-sentimental que, en términos intelectuales y políticos, no tiene sentido alguno: «Estamos mejor juntos que separados». Hasta la persona menos formada del mundo sabe que decir esto no es decir absolutamente nada (¿podemos llamarlo la política de Coldplay?). ¿Cuál ha sido la posición del Partido Laborista?
El líder actual del Partido Laborista, Jeremy Corbyn, que es de la izquierda tradicional, siempre ha sido anti-UE. Todo el mundo lo sabe. Pero ha decidido hacer campaña para quedarse, probablemente por razones estratégicas. Ahora, el resto del Partido Laborista en el Parlamento – que odia a Corbyn, su líder, porque es genuinamente de izquierdas y le eligió el partido, no ellos – van a usar el resultado como excusa para dar un golpe contra él. ¿Su razonamiento? Precisamente, que Corbyn no es capaz de representar el malestar -las preocupaciones y problemas diarios- de la clase obrera británica que normalmente ha votado al Partido Laborista. Seguramente van a decir lo siguiente: Corbyn no representa los obreros porque es pro-inmigración.
Pero hay una gran ironía aquí. Es cierto que Corbyn fue el político más abiertamente pro-inmigración de todos (durante la campaña, por ejemplo, dijo que la inmigración no debería limitarse nada, porque si hay movimiento libre de capital, no puedes limitar el movimiento de gente; bien), pero una encuesta clave antes del voto mostró que Corbyn también fue el líder político en el que el público más confió durante la campaña (muchísimo más que en Cameron, por ejemplo). Yo elijo sacar la siguiente conclusión de este hecho.
Creo que lo que Corbyn ha sido capaz de articular, aunque sea indirectamente -con su ambivalencia evidente hacia la UE- es algo que una parte importante del resto de la izquierda ha preferido ignorar: que la gente está harta. No un poco harta, no más o menos harta, sino total y completamente harta. Y no solo en Gran Bretaña, sino en todo el continente, por no mencionar, en gran parte de Occidente (¿un socialista judío de 74 años ganando el 46% del voto en las primarias estadounidenses? ¡¿Trump como candidato republicano?!). En este continente, la gente está harta, por ejemplo, de imperialismo europeo (Ucrania), de la destrucción económica de un país europeo orgulloso en nombre de bancos franceses y alemanes (Grecia), de la arrogancia tecnocrática (Bruselas). Y además -¿por qué no decirlo?-, la gente está harta de ver a cuerpos de niños muertos en las playas del Mar Mediterráneo.
Pero sobre todo -porque esto en realidad afecta a todo lo demás-, la gente está harta de la ausencia absoluta de control democrático sobre sus propias vidas. La Unión Europea debe ser el ejemplo más evidente de eso en Occidente. Incorregiblemente antidemocrática, parece a veces que su única meta es servir a los intereses del capital financiero europeo. Si la izquierda se niega a representar esta preocupación, lo hará, encantada, la derecha, que tergiversará todo para servir a sus propios propósitos. Efectivamente, es hora de despertarse.
Referéndum británico: ni exagerar ni culpar a la víctima
La verdad es que lo siento como el más europeísta de los británicos, pero el resultado del referéndum del 23 de junio es claro: una mayoría de electores quiere a su país fuera de la Unión Europea. Y eso es malo por varias razones.
Primero, porque el todavía Reino Unido se embarca en un proceso del que solamente puede salir perjudicado: política y económicamente, abandonar la Unión le debilitará dentro y fuera de sus fronteras. Lo más probable es que incluso deje de existir como lo conocemos ahora, porque tendría toda la lógica y mucha legitimidad que Escocia retomara el camino de la independencia.
Segundo, porque la mayoría alcanzada beneficiará sobre todo a quienes la han liderado, es decir, la ultraderecha xenófoba y racista y lo más retardatario e irresponsable de los Conservadores. Si algún votante por la salida se ha llegado a creer que vivirá en un país más libre y democrático, no tardará mucho en desengañarse.
Tercero, porque mete en un lío a la Unión Europea, que ahora se verá obligada a activar el ya famoso artículo 50 del Tratado de Lisboa, que procede directamente del que introdujimos en la Constitución Europea que elaboramos en la Convención.
Veremos cómo termina todo dentro de meses o años, pero creo que conviene no exagerar y, sobre todo, no echar la culpa a la víctima.
No exagerar porque ni el mundo ni la Europa unida se hunden con la decisión del referéndum británico. Por ejemplo, a primera hora del viernes, al ver que el Ibex bajaba más de un 11 % y la Bolsa de Londres la mitad, me preguntaba si me había equivocado y en realidad se había votado en España. La exageración puede servir para especular o para escribir artículos o crónicas alarmistas, pero no para solucionar los problemas.
Lo más grave se hubiera producido si Londres fuera miembros del euro, pero no es el caso. Así que el Reino Unido sigue siendo hoy por hoy miembro de la Unión y, con toda seguridad, al final del proceso de divorcio, si este se culmina, seguirá perteneciendo a muchos de sus ámbitos (mercado único, por ejemplo, pero sin participar en las normas que lo gobiernan: ¿se habrán dado cuenta del negocio?) aunque ya no sea formalmente miembro de la Europa comunitaria.
¿Por qué descartar incluso que haya un nuevo referéndum sobre la permanencia a la vista de la catástrofe creada y con un nuevo acuerdo mediante entre Bruselas y Londres? Hay quien pensará que lo conveniente ahora es ser inflexible, pero quizás convendría ser más pragmático que otra cosa.
Lo segundo que evitar es terminar culpando a la UE. Ya he leído algunas opiniones señalando con el dedo a Bruselas, a la burocracia europea, a lo incomprensible de la Unión para la mayoría favorable al abandono en la consulta británica. No, amigos, no: la responsabilidad recae en quien con argumentos populistas y demagógicos atacaba a la inmigración o quería golpear a su sistema político en el trasero de Europa.
Conviene no engañarse: la batalla por Europa va a librarse contra los Farage, Johnson, Le Pen, De Wilders y otros tantos populistas, demagogos, racistas y fascistas que desean la desaparición de la UE y algo más. Ese algo más que comparten con Donald Trump, por poner un caso. En esa batalla, lo primero será abrir los ojos a quienes han nublado la vista con su discurso, y no será sencillo.
Tranquilidad, pues la UE tiene los medios para afrontar esta crisis. Lo hará profundizándose políticamente, como siempre. Y saldrá adelante. A pesar de todo. Tenemos que conseguirlo, al menos, en memoria de Jo Cox, asesinada vilmente hace poco más de una semana.
Por cierto, no seamos paletos y dejemos de utilizar la maldita palabreja que no he nombrado en todo el artículo hasta ahora: Brexit.