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El presidente electo de EE.UU. profundiza el proceso de desafección política

Populismo, exitismo y desprestigio de su propia élite: las claves del triunfo de Trump

por 10 noviembre, 2016

Populismo, exitismo y desprestigio de su propia élite: las claves del triunfo de Trump
En el marco de una profunda crisis de la democracia, la deslegitimación y desconfianza en las élites que han detentado el poder en las últimas décadas, el agresivo y rupturista discurso de Donald Trump logró cautivar a un sector de la sociedad que había sido marginado y precarizado por el apogeo del neoliberalismo. La clase media cesante –o “los blancos empobrecidos de Estados Unidos”, como los califica el escritor José Andrés Rojo– salió a votar en masa por el candidato que parece prometerle una receta para “El Sueño Americano” de los propios americanos.
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El triunfo de Donald Trump parece haber remecido al mundo globalizado. Algunas bolsas de comercio se congelaron, las protestas en EE.UU. proliferaron en los estados mayoritariamente demócratas y el mundo parece haber caído en una condición de alerta, ante un personaje que anunció la construcción de un muro para dividir la frontera con México y aislar a posibles inmigrantes, al tiempo que aseguró que el capitalismo y el libre mercado han dañado en profundidad a los estadounidenses de clase media, que han sido abandonados por los políticos tradicionales y el sistema.

El editorial de El País refleja el grado de angustia. “La victoria del candidato republicano Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos representa una pésima noticia para todos los demócratas del mundo. Y se convierte, al mismo tiempo, en una fuente de satisfacción y oportunidades para los enemigos de la democracia”, señalan desde el diario español.

Agregan que “el electorado estadounidense ha demostrado que ninguna sociedad, por próspera que sea y por más tradición democrática que tenga a sus espaldas, es inmune a la demagogia, que promete soluciones rápidas y sencillas a problemas complicados –como los efectos de la crisis económica o la gestión de la inmigración– a la vez que apunta su discurso de odio hacia cualquier minoría o colectivo que pueda servir de chivo expiatorio”.

Los resultados de una de las elecciones más esperadas de este año se dan en el marco de un proceso de desafección política y crisis de la democracia neoliberal generalizada a nivel mundial, lo que no significa que dicho sistema esté en proceso de descomposición total, pero sí que se aproxima a cambios constantes en el statu quo imperante.

Según el académico de la Universidad Alberto Hurtado, Francesco Penaglia, han pasado más de 20 años, “con crecientes crisis de representación y es a partir de la inestabilidad económica por las crisis, sumada al agotamiento del vaciamiento político, que se ha propiciado la emergencia de caudillos y proyectos políticos desde la extrema derecha en países de Europa como Alemania, Inglaterra, Francia, Holanda, entre otros, hasta proyectos de Izquierda como Syriza y Podemos”.

Penaglia asevera que “es la ausencia de sentido la que propicia la búsqueda, la experimentación”. Que así como la misma sociedad norteamericana eligió a Trump, “estuvo cerca de elegir como candidato en las primarias demócratas a Sanders, un socialdemócrata avanzado, que para el canon estadounidense es un ultraizquierdista. El fenómeno de la experimentación es la sanción al statu quo y a seguir con más de lo mismo. Es la desilusión sobre las expectativas también, de esos sectores que pensaban que con Obama se solucionarían todos los males”.

Para el académico, “en este contexto internacional, la victoria de Trump es un antecedente más para constatar que el mundo en general está en la búsqueda de cualquier cosa, ante la imposibilidad de la democracia de entregar soluciones”.

De la élite contra las élites

En el marco de una profunda crisis de la democracia, la deslegitimación y desconfianza en las élites que han detentado el poder en las últimas décadas, el agresivo y rupturista discurso de Donald Trump logró cautivar a un sector de la sociedad que había sido marginado y precarizado por el apogeo del neoliberalismo. La clase media cesante –o “los blancos empobrecidos de Estados Unidos”, como los califica el escritor José Andrés Rojo en su columna  “Cuando la humillación sirve de combustible”, de El País– salió a votar en masa por el candidato que parece prometerle una receta para “El Sueño Americano” de los propios americanos.

Trump, con su rubia cabellera y discurso incisivo, logró que estas capas de la sociedad se identificaran con su proyecto, que además de apuntar hacia los inmigrantes, minorías sexuales y a la globalización, logró constituir un antagonismo entre su figura, proveniente del mundo empresarial, y la de la élite conformada por los políticos tradicionales, representados por su contendora, la demócrata Hillary Clinton.

El editor de The New Yorker, David Remnick, resalta el hecho de que a pesar de la trayectoria como trabajadora del sector público de Clinton, el peso de pertenecer a una de las principales familias que han dirigido al país fue mayor. “Ella era menos confiable que Trump, un hombre que engañó a sus clientes, inversores y contratistas; un hombre hueco cuyas declaraciones innumerables y comportamiento reflejan a un ser humano codicioso”, señala.

José Andrés Rojo ahonda en esta idea y agrega que, en un contexto de crisis, la constitución de la élite, de los afortunados del sistema como el “enemigo”, fue fundamental. “Les ha bastado con que Donald Trump les dijera que la culpa es del establishment para levantarlos de su postración y que corrieran a santificarlo como el auténtico salvador de todos sus males (...). Trump ha obedecido la recomendación y la ha aplicado con bastante talento. Convirtió rápidamente a Hillary Clinton en el peor de todos los males y en parte fundamental de la cuadrilla de responsables de tu humillación”.

El discurso en extremo patriota y nacionalista de Trump ataca un statu quo que se ha proyectado desde EE.UU. para el resto del mundo desde hace décadas. El mundo globalizado se ha desarrollado, según el filósofo Noam Chomsky, bajo un fuerte control de las grandes corporaciones, que basan su poder en el sistema neoliberal de EE.UU.: el centro financiero mundial.

Según James Petras, doctor en Filosofía en la Universidad de California y académico de la Universidad de Nueva York en Binghamton, “la ascensión histórica de Trump al protagonismo de la política nacional tiene sus raíces en las ideas y los valores de la mayoría de la población trabajadora, marginada por los magnates mediáticos y la gentuza de Wall Street”. Esa parte de EE.UU. que se vio reflejada en el caso del condado de McDowell, relatado por El País en su reportaje “La muerte de la América blanca”.

El texto narra la historia de un pueblo de Virginia Occidental, sumido en el círculo de pobreza, que alcanza el 13% de desempleo y casi un 35% de tasa de pobreza. Un pueblo que en algún momento fue centro de producción agrícola, batalla contra las drogas, altas tasas de mortalidad y hasta el cierre de uno de los estandartes del progreso  y del neoliberalismo: Walmart. Un panorama que se constituye en la otra cara de la desafección política, la ignorancia de aquellos que detentan el poder y el abandono del Estado. Previo a las elecciones, en esta zona las votaciones parecían estar claras y la balanza ya se inclinaba en favor de Donald Trump.

El filósofo James Petras señala, en su texto “Clinton y Trump: ¿Nuclearizados o lobotomizados?”, que uno de los mensajes que resultó más atractivo para la mayor parte de la población estadounidense fue “el elocuente ataque de Trump contra las élites de Washington y de Wall Street y sus apologistas intelectuales y de los medios de comunicación. Hay millones de estadounidenses indignados con los Bush, Clintons y Obamas, así como con los Morgans, Goldman Sachs y Paulsons, cuyas políticas han exacerbado las desigualdades de clase mediante múltiples estafas bancarias y caídas financieras, todas ellas 'rescatadas' con el dinero de los contribuyentes estadounidenses”.

El doctor en sociología de la Universidad de Ginebra, Jorge Galindo, resume el panorama de la siguiente manera: “Parece que la guerra de 'clase trabajadora blanca' vs. minorías + clase media-alta urbana no les ha salido bien a los demócratas, y sí a Trump, quien ha ganado en lugares donde Obama hizo lo propio en 2008 y 2012. A falta de estudios postelectorales, parece que el apoyo del segundo grupo ha sido menor que el primero. En palabras de Octavio Medina o de Nate Cohn, los votantes blancos de clase obrera se habrían comportado como una minoría, siendo en realidad más del 40% del total. Con ello, Trump ha ganado donde Obama logró darle la vuelta a la tortilla”.

Para Franceso Penaglia, el discurso del presidente electo estadounidense se da desde la misma vereda de aquellos que critica, ya que pertenece al bloque en el poder. “Evidentemente Trump representa a un empresario celebridad televisiva. Este último fenómeno, si bien no es algo nuevo en la historia de Estados Unidos, ya que han tenido políticos acaudalados y celebridades como presidentes (por ejemplo, Reagan), sí es alguien que efectivamente no viene de 'la familia de la política', por lo que se posicionó como caudillo fuera del bipartidismo, forzando desde afuera el apoyo de los republicanos”, señala a El Mostrador. 

A juicio de Penaglia, es posible leer lo ocurrido como parte de la crisis de élites, principalmente en “las formas de construir y hacer política, valorando a un político considerado bufón que incluso va a la lucha libre, que dice cosas aberrantes y que no tiene siquiera proyecto claro. Sin embargo, líderes caudillistas y demagógicos han existido siempre, tal vez lo más relevante tiene que ver con la pérdida de sentido, con el agotamiento o ausencia de los partidos tradicionales y una sanción a ellos”.

¿Tiembla el statu quo?

Junto con el triunfo de Trump, las bolsas de comercio se vinieron abajo, el dólar se congeló y los magnates del mundo empresarial comenzaron a ver con preocupación un triunfo que incomodaría su posición como “controladores de la humanidad”. El mismo presidente en ejercicio, Barack Obama, salió a poner paños fríos y aseguró que “la transición pacífica del poder es uno de los sellos distintivos de nuestra democracia y, durante los próximos meses, vamos a demostrárselo al mundo”.

El discurso en extremo patriota y nacionalista de Trump ataca un statu quo que se ha proyectado desde EE.UU. para el resto del mundo desde hace décadas. El mundo globalizado se ha desarrollado, según el filósofo Noam Chomsky, bajo un fuerte control de las grandes corporaciones, que basan su poder en el sistema neoliberal de EE.UU.: el centro financiero mundial.

Un sistema que no solo iguala en materia de derechos a las personas y las empresas, sino que genera una profunda concentración de poder,  a través de una desigual distribución de los recursos. Datos que se ven reflejados en la investigación la ONG Oxfam, que indica que el próximo año las 85 personas más ricas del mundo concentrarán el 50% de los recursos. Esto equivale a la riqueza que concentran los 3.500 millones de personas más pobres del mundo.

Es en este contexto que –de acuerdo al doctor en filosofía James Petras– el ascenso de Trump a la presidencia podría generar “una oposición económica global sin precedentes por parte del establishment empresarial, que llevaría a la economía de EE.UU. a una profunda depresión”.

“Molesto por décadas de generosidad del Tesoro estadounidense con sus aliados militares, Trump promete, si llega a la presidencia, cerrar bases militares en Asia y Europa y exigir que los aliados extranjeros 'apoquinen' con su propia defensa”, a la vez que también propuso invertir el dinero destinado a las misiones y las bases militares en el extranjero en "proyectos de infraestructuras y creación de empleos ‘reales’ en el propio país”.

Su política de “America First” rechaza la globalización, el libre comercio, elimina la posibilidad de nuevas guerras y ahonda en políticas proteccionistas que  “se enfrentarían directamente con el 'capitalismo financiero y monopolista' estadounidense y global, y probablemente llevarían a desinversiones sistemáticas y a un desastroso colapso económico o más bien a una capitulación del presidente-empresario ante el statu quo”, agrega Petras.

En una sociedad en donde desde los años 70 el poder económico ha establecido una relación que ha determinado como dependiente al mundo político, ya que los grandes empresarios son los principales financistas de campañas electorales, el cambio en las reglas del denominado “Consenso de Washington” podría significar un fuerte golpe para la economía, ya que el mundo empresarial –reconocido como constituido por “los dueños de la humanidad”–, en opinión de Chomsky, perdería su poder cimentado en el neoliberalismo y la globalización.

Para Penaglia, un real quiebre del sistema está lejos de ocurrir. “El sistema democrático en un régimen capitalista opera tan bien que posee cientos de mecanismos para mantener el proyecto independientemente de quien gobierne, posee un cierto piloto automático y límites. Estados Unidos debe seguir comprando petróleo, importando productos de China, manteniendo tratados de libre comercio, realizando 'intervenciones' militares para fortalecer el motor de la industria armamentista. Si bien la historia no es lineal y hay casos en que todo se desordena, se cierran Congresos y se realizan acciones que escapan a lo común, probablemente Trump hará lo que cualquier presidente de ese país está llamado a hacer, con sus énfasis de derechista nacionalista”, sostiene el académico.

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